La violencia que afecta la transición birmana

Los ataques en contra de la población rohingya musulmana (aproximadamente el 5% sobre un total de 60 millones) inquieta a la comunidad internacional.

Un niño de la minoría rojinha en un campo de desplazados en Rakhine. / AFP

Los numerosos ataques en lo corrido del año en contra de la población musulmana a manos de budistas radicales en Birmania, hacen pensar que la transición hacia la democracia emprendida desde hace unos años corre serios peligros. La actualidad contrasta con la situación de 2012, cuando Barack Obama visitó ese Estado del sudeste asiático partiendo en dos la historia de las relaciones entre ambas naciones, entorpecidas durante décadas por la conducta represiva de los militares.

Vale recordar que en las elecciones parlamentarias de 1990, la Liga Nacional para la Democracia en cabeza de la emblemática líder Aung San Suu Kyi obtuvo una importante mayoría, pero la junta militar se abstuvo de reconocer esos resultados. Esto allanó el camino para dos décadas de dura represión, que terminaron en el aislamiento de Birmania matizado por dos hechos. El ingreso a la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ANSEA) en 1997 y la dependencia económica con China.
En 2011, el gobierno militar anunció una serie de reformas hacia la democracia. La presidencia del exmilitar Thein Sein ha dado pasos en esa transición, siendo uno de los más representativos la liberación de Aung San Suu Kyi (y de 63 prisioneros más) y el llamado a elecciones libres para 2015. Lo anterior ha abierto las posibilidades para una apertura real, que exceda el plano de la retórica.

Sin embargo, la violencia en contra de la población rohingya musulmana (aproximadamente el 5% sobre un total de 60 millones) inquieta a la comunidad internacional, y se presume que el gobierno de Sein hace muy poco por detenerla. En marzo de este año y para efectos del censo nacional se prohibió a este grupo autodenominarse como rohingya. A esto se suma un control de natalidad para que no puedan tener más de dos hijos, por lo que se han confinado en el estado de Rakhine al norte del país. Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) se trata de unos los grupos más perseguidos del mundo.
Los ataques no sólo han sido perpetrados contra esa minoría, sino que ahora algunos budistas han ampliado sus acciones a organizaciones no gubernamentales de ayuda humanitaria, a las que acusan de encauzar toda la cooperación hacia esa minoría, desatendiendo a otros segmentos birmanos.

En este contexto en el que han muerto 280 personas y 140 000 han sido desplazadas, el Departamento de Estado ha sido enfático al señalar que la violencia contra esta etnia debe detenerse, para que esto no afecte la reinserción de Birmania en el sistema internacional. No obstante, dos hipótesis explican la poca probabilidad de que esto ocurra. O bien el gobierno de Sein simplemente no desea detener la violencia por el miedo injustificado a la islamización del norte, o el Estado birmano no cuenta con el control efectivo en esa zona del país. Cualquiera de las dos explicaciones daría cuenta de una transición birmana en grave riesgo.


Profesor U. del Rosario