Volver a Al-Qaeda

La guerra contra EI en Siria e Irak ha demostrado que no basta con bombardear a este grupo.

Miembros del Estado Islámico. EFE

El Estado Islámico superó a su maestro, Al-Qaeda, al apropiarse de un territorio para hacer realidad su pretendido califato. A pesar de su control territorial por más de dos años en zonas de Irak y Siria, hoy cambia un poco su táctica.

La recuperación de la ciudad kurda de Kobane por sus milicias, muy cerca de la frontera turco-siria, las duras batallas en Dilaya (Irak) contra las milicias chiíes y, recientemente, la pérdida de Faluya a manos del ejército iraquí, muestran que el modelo de acumulación militar y expansión sostenida del también llamado Daesh está en crisis.

Si bien es cierto parte de su crecimiento era más por errores ajenos que por méritos propios, Daesh logró sacarle el mejor provecho a la corrupción del ejército de Irak, la guerra interna de Siria, el sentimiento anti-estadounidense, la división entre las muchas milicias de la región y el auge del islamismo.

Ahora, el mérito ajeno se impone. La capacidad militar kurda y chií, el fortalecimiento del ejército iraquí y las mismas dificultades de mantener un ejército, le pasan factura a los radicales. La caída de Faluya, por ejemplo, es un retroceso en la primera zona que consolidó el Daesh, en diciembre de 2013: la región de Ánbar, en el occidente de Irak y este retroceso podría ser la puerta de entrada para un ataque a Mosul, ciudad de dos millones de habitantes (aunque casi la mitad ya ha huido).

Pero eso no significa de ninguna manera que el Estado Islámico se acerque a su fin. Los ataques en tres países diferentes: Estambul (Turquía), Daca (Bangladesh) y Bagdad (Irak), muestran que el Daesh sigue teniendo bajo la manga la opción del terrorismo suicida a nivel internacional.

Golpear para mostrar superioridad es una táctica tan vieja como la guerra, pero no significa que sea automáticamente un signo de inferioridad. El Estado Islámico, desafortunadamente, seguirá siendo una realidad; el cambio reciente es simplemente un retorno a sus raíces: sembrar el terror por fuera de casa, algo que heredó de Al-Qaeda.

Si el terror logra su cometido, el Daesh gana; y si solo logra represión por parte de las autoridades, especialmente contra comunidades musulmanas y extranjeras, también gana el Daesh, al conseguir aumentar cierta popularidad (o por lo menos el rechazo a sus enemigos) entre la población que es objeto de su mensaje y fuente de reclutamiento. Ataques en Turquía, Bangladesh e Irak muestran que seguimos sin entender exactamente qué es el Estado Islámico y que simplemente bombardearlo no sirve.

 

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