Y ahora, ¿quién podrá defenderlos?

Desde 2006, cuando comenzó la guerra contra los carteles, 73 reporteros han muerto.

El domingo, por un par de horas, la avenida Reforma dejó de ser uno de los sellos más monstruosos del paralizante tráfico del Distrito Federal. Debían ser unos 300 periodistas marchando con sus pancartas sobre la calle, gritando para no callar, porque las violencia no sólo pretende taparles la boca, también dejarles las caras hinchadas, destrozarles los oídos a fuerza de insultos, asfixiarlos.

Marcela Yarce y Rocío González murieron asfixiadas y fueron encontradas desnudas el 1 de septiembre pasado en Iztapalapa, uno de los sectores más deprimidos de Ciudad de México, a su vez, uno de los muy pocos sectores de México en los que todavía se puede andar tranquilo por la noche, sin toques de queda.

No cubrían noticias de orden público, ni denunciaban las extravagancias de los narcos con escritos. No ejercían cuando las mataron, pero no importa, están muertas y en México cuando asesinan a un periodista sus colegas marchan y cantan por la libertad de expresión. Eran unos 300 pero bien podrían haber sido 373, sumando el número de periodistas asesinados desde 2006, cuando Felipe Calderón asumió la presidencia. Podrían haber sido también 387 si se incluyeran además los 14 que aún permanecen desaparecidos. Eso dicen los colectivos del gremio, “sin embargo, si le preguntas a las autoridades te van a decir que son menos”, comenta Miguel Badillo, marchante, director de la revista Contralínea, a la que pertenecía Marcela Yarce, y un hombre a quien hace dos años le dijeron por última vez que lo iban a matar.

Por el trazado de Reforma también caminaba Marcela Turati, reportera de la revista Proceso. Con sus colegas del D. F. puede conversar tranquila, pero si se va a hacer una cobertura al estado de Tamaulipas, por ejemplo, no logra confiar ni en sus apuntes. Es una zona siniestra. “Es raro, pero tú sientes cuándo te debes ir. Después de dos días, ya tienes que irte porque comienzas a darte cuenta de que te vigilan”. La situación es tan dura, que las grandes empresas de la información, como CNN, Fox News o Al Jazeera, envían a los reporteros de guerra que otrora anduvieron por Irak y Afganistán para cubrir la frontera.

En Tamaulipas, el control de ‘Los Zetas’ y el ‘Cartel del Golfo’ es la peste. “Cualquiera —comenta Turati— puede ser un informante: el taxista, el vendedor de helados, de tacos callejeros”. Reciben pago por rendir cuentas o rinden cuentas para que su cabeza no corra riesgos. Ni hablar de cuando aparecen camionetas con calcomanías grandes que las identifican con cualquiera de los dos grupos, “a un colega —continúa— lo raptaron y le dieron una paliza porque en una plaza de Reinosa tenía una cámara en su mano. Los criminales terminan siendo los editores de los diarios; pagan a los periodistas para que escriban lo que quieren y hay diarios que tienen que mostrarles sus contenidos antes publicarlos”.

Quienes usan twitter o redes sociales para informar de tiroteos o hechos violentos también son víctimas de los criminales. El martes aparecieron un hombre y una mujer colgados en un puente peatonal en Nuevo Laredo con el siguiente mensaje: “Esto les va a pasar a todos los relajes del internet”, Firman ‘Los Zetas’.

¿Y la ley? En las regiones violentas de la periferia del D. F. los narcos son la ley. Claudia Solera, del diario Excélsior, cuenta que investigar un tema en estas zonas es casi una labor de espionaje, como cuando recorrió muerta de miedo las carreteras de Nuevo Laredo escondida en un camión, averiguando sobre los asaltos que ‘Los Zetas’ cometían contra los transportadores.

Y Badillo explica: “Ahora ni adquirir un seguro de vida porque las aseguradoras te dirán que el riesgo es demasiado alto. Hoy lo tenemos porque llegamos a un trato con una empresa que nos exigió asegurar a cada uno de nuestros empleados”. Ser periodista en México está cabrón, la marcha acabó pero sus participantes lo saben: la realidad sigue ahí y mucho más allá de las protestas.

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