Y tras las elecciones, ¿qué?

La actitud en campaña del presidente encargado, Nicolás Maduro, pone en evidencia que carece del talento suficiente para transmitir un mensaje que le llegue al electorado.

El presidente encargado de Venezuela y candidato presidencial, Nicolás Maduro (izq.), toca percusión en San Juan de los Morros.  / EFE
El presidente encargado de Venezuela y candidato presidencial, Nicolás Maduro (izq.), toca percusión en San Juan de los Morros. / EFE

Mañana se cierra oficialmente la campaña electoral en Venezuela con este panorama: el margen del presidente encargado y candidato, Nicolás Maduro, se ha reducido en ocho puntos desde el fallecimiento de Hugo Chávez. Aun así, el 55,3% del electorado lo elegiría para que dé continuidad al legado del comandante Chávez, según los sondeos.

De hecho, si Maduro logra potenciar su estrecha relación esotérica con el santificado líder Chávez y la transición al socialismo, posiblemente el margen supere un prometedor 57%. Obviando las criticadas excentricidades de Maduro —los pajaritos chiquiticos que acaban de protagonizar su reciente visita a Barinas— y su paroxismo con el culto chavista, se debe reconocer que el chavismo se ha posicionado como la identidad política dominante en Venezuela, cargado de realismo mágico, héroes míticos y simbología febril. Como apunta el expresidente brasileño Lula da Silva, afín a la causa chavista, “Maduro no tiene el carisma de Chávez, pero se encuentra en condiciones de continuar con su gobierno”.

Si el próximo domingo se cumplen los pronósticos y Maduro se queda en el poder, su equipo de gobierno tendrá que aplicar medidas con carácter de urgencia en tres frentes claves para afrontar eficazmente la crisis económica del país:

Primero, el petróleo, para promover nuevas inversiones que resultan vitales en el sector —Venezuela es el quinto país exportador de petróleo del mundo y tiene la primera reserva de crudo pesado—. De fomentar la inversión privada foránea (coexistiendo con la China), se podrían alcanzar los objetivos del plan estratégico de Petróleos de Venezuela (PDVSA) para obtener 5 millones de barriles diarios en 2015 y 6,5 en 2020.

Segundo, un sistema cambiario que permita agilizar la concesión de divisas. El rígido control de cambio/s existente en Venezuela desde 2003 sitúa el coste oficial del dólar estadounidense en 6,3 bolívares, desde su reciente devaluación en febrero de 2013. No obstante, en el mercado paralelo, el cambiario puja hacia un valor neto de 25 bolívares. Analistas internacionales auguran una “devaluación encubierta” al cierre de la campaña electoral. El nuevo mecanismo otorgará dólares a un precio más alto que el oficial, lo cual incrementaría la corrosiva devaluación.

Y tercero, el déficit fiscal, que podría generar la implantación de nuevos impuestos, sumidos en la incipiente austeridad económica. Abordar el déficit con pragmatismo presenta dos opciones: solicitar financiación a los bancos nacionales e internacionales o emitir bonos del Banco Central de Venezuela (BCV) y la omnipresente PDVSA, algo que, a mediano plazo, resulta un modo alternativo de endeudar al Estado.

Dentro del contexto del inminente resultado electoral del 14, y respaldado por la sombra de 14 años de autocracia del idolatrado expresidente Hugo Chávez, la actitud de Maduro durante la actual campaña pone en evidencia que carece de talento suficiente para transmitir un mensaje coherente con el que el electorado pueda empatizar. Sin la figura polarizante de Chávez, y habiendo consumido parte de la esencia histriónica de su particular “revolución bolivariana”, el pueblo venezolano tendrá que asumir una renovada agenda, con instituciones emancipadas del gobierno central, en la cual los líderes electos rindan cuentas a sus ciudadanos.

[email protected]