Yahya Jammeh: el presidente que no quiere entregar el poder

Aunque en principio aceptó su derrota en las elecciones ante Adama Barrow, Jammeh se niega a ceder su mandato en Gambia. La historia tiene ahora ribetes novelescos: el líder de la Comisión Electoral huyó del país por amenazas y el jefe del Ejército asegura que debe lealtad al mandatario.

El presidente saliente de Gambia, Yahya Jammeh, sonríe durante su llegada a una promoción de campaña en Brikama. / AFP

El 2 de diciembre del año pasado, Gambia se convirtió por unos días en un claro en el fértil bosque dictatorial de África: Yahya Jammeh, que lleva 22 años en una silla presidencial que por cuestiones de longevidad se ha convertido en un trono, aceptó sin protesta su derrota en las elecciones presidenciales ante Adama Barrow. La sorpresa fue general, puesto que la tradición reciente de buena parte de los presidentes del continente es refutar su fracaso electoral incluso cuando las urnas dictan lo contrario. Jammeh apareció entonces como un líder democrático, respetuoso de los procesos populares: aunque en sus cuatro mandatos ha alentado dos leyes contra la prensa, formulado una invitación impúdica al infierno a Amnistía Internacional y a Naciones Unidas y fustigado a los defensores de derechos humanos, Jammeh parecía entrar en una etapa inédita de lucidez.

Sin embargo, cierta costumbre del poder, cierto añejamiento visceral, debió de haberle dictado una nueva resolución: una semana después, arguyendo que a cientos de gambianos les fue vedado el derecho al voto, se negó a aceptar los resultados electorales, demandó y pidió nuevas elecciones. Desde entonces, se ha mantenido pertinaz en esa posición aunque el 19 de enero debe entregar el poder. “Nadie puede privarme de la victoria, salvo Alá el Todopoderoso”, dijo. “Pido a todos los gambianos que hagan su vida normal”, replicó hace cuatro días el presidente electo, Adama Barrow. “El presidente Jammeh es el presidente saliente. Debe cederme los poderes ejecutivos”. Poco antes, Jammeh se había reafirmado en televisión abierta: “Así como lealmente había aceptado los resultados, creyendo que la Comisión electoral era independiente, honesta y fiable, los rechazo ahora en su totalidad”.

Jammeh ha perdido sus acentos presidenciales por varias causas: su dedicada persecución de la oposición y de las minorías sexuales y el retiro del país de la Commonwealth y de la Corte Penal Internacional (que en algún momento tendría razones para juzgarlo, como hicieron con otro presidente africano, Omar al Bashir, al mando de Sudán) le granjearon cierta impopularidad. Su desdeño del laicismo le ha permitido una cercanía peligrosa con el islam: cuando se presentó a votar tenía en la mano una copia del Corán y su decisión de cambiar el idioma oficial del inglés al árabe fue interpretado como un impulso para convertirse en una república islámica.

Hasta ahora el país parece tranquilo. Hay operativos de seguridad en Banjul, la capital, pero ningún reporte de desórdenes mayores. Pese a ello, los temores de un enfrentamiento civil siguen intactos, dado que el jefe del Ejército de Gambia, Ousman Bargie, aseguró ayer lealtad al presidente. Bargie transitó por una metamorfosis similar a la de Jammeh: en principio extendió su apoyo al presidente electo y cuando Jammeh refutó su victoria, Bargie se hizo de su lado. Ante la prensa local, el teniente general habría dicho que “debe lealtad a quien le paga el sueldo”. La Comunidad Económica de Estados de África Occidental —compuesta, entre otros, por Nigeria, Ghana, Liberia y Sierra Leona— ha estado contemplando todo cuanto sucede en Gambia y está dispuesta a intervenir con tropas para forzar el cambio de poder. “Para restablecer la voluntad del pueblo”, dijeron en un comunicado.

Lea sobre por qué la derrota de Jammeh es el fin de una era en Gambia

Anunciar “la voluntad del pueblo” recayó, tras las elecciones, en el líder de la Comisión Electoral, Alieu Momar Njie. En una rueda de prensa breve, donde expuso la certeza de los 50.000 votos que separaron a uno y otro candidato, Momar declaró como ganador a Barrow. Esta semana tuvo que abandonar el país, atemorizado por amenazas, sin rumbo conocido. El mismo temor se extendió entre los trabajadores de la emisora Teranga FM, conocida por sus críticas a Jammeh y que el 2 de enero fue cerrada, a fuerza de invasión militar, por razones que sus directores ignoran. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas exigió a Jammeh que ceda su puesto. Estados Unidos —basado en cierta costumbre de reproches diplomáticos— lo criticó por desconocer los resultados. Jammeh es terco: ha dicho que querer enviar tropas africanas para restablecer el orden democrático “es una declaratoria de guerra”. Que aquello es un “insulto a la Constitución” y que defenderá la soberanía general de su pueblo y, por extensión y sin voluntad aparente, la de su dominio veinteañero.

 

últimas noticias

Ecuador expulsó a embajadora de Venezuela

Se cumplen seis meses de crisis en Nicaragua

¿Por qué ocurrió la masacre de Crimea?