Yo estuve en los funerales de García Márquez

El Palacio de Bellas Artes, en Ciudad de México, fue el lugar del último adiós al escritor. Esta vez un pequeño cofre lo guardaba como se protege un tesoro y miles de personas hacían fila para despedirse de él como del amigo que interpretó su ser latinoamericano.

El lunes 21 de abril se le realizó el homenaje póstumo a García Márquez, en el Palacio de Bellas Artes (México D.F.), con la presencia de sus seres queridos. / EFE

Me pasé media vida buscando a Gabo y terminé encontrándolo en la muerte. Nunca apreté su mano, pero sus libros supieron abrazarme, me enseñaron una extraña forma de aproximación a través de las palabras como solo lo hacen los maestros con sus escritos a lo largo de los siglos.

Llegué a Ciudad de México el Jueves Santo del año que acaba, el mismo día en que las agencias de noticias informaron que Gabriel García Márquez había dejado este mundo sin que yo le apretara la mano para darle las gracias por el regalo grande de su literatura.

Parado frente a su casa, con todos mis compañeros de noticias, pensaba que la vida me había regalado ese instante para entender que mi destino en relación con él había sido el de seguirlo sin tocarlo, el de verlo sin darle la mano, el de admirarlo en el silencio de la lectura o el de hablarle sin respuestas leyendo en voz alta esa prosa suya tan cercana a la poesía.

Pasamos tres días frente a su casa de puertas cerradas, sin noticias, como si no hubiera pasado nada, como si el colombiano más importante de la historia pidiera silencio para volver a escribir en 18 meses de alucinación Cien años de soledad, la obra que nació en México pero en otra casa de una calle llamada La Loma en San Ángel.

Vi a sus hijos cuando salían en carro, enmudecidos ante una nube de periodistas que buscaban una palabra y no encontraban nada. Vi a los espontáneos que llevaban cartas y flores amarillas para dejar en la puerta, vi a varios de sus amigos y a su hermano Jaime, pero Mercedes nunca se dejó ver.

Me pasé media vida buscando hablar con Gabo, pero sólo pude verlo dos veces sin hablarle, ambas intensas, una antes del Nobel y otra en la madurez de su fama y su grandeza. La primera vez yo era un empleado del archivo de El Tiempo. Lo vi pasar al fondo de la sala de redacción rumbo a la oficina de su gran amigo Enrique Santos Calderón. Luego supe que esa visita era el preámbulo de su exilio a México, el lugar que eligió para vivir gran parte de su vida.

Volví a verlo, muchos años después, cuando el mundo celebró sus ochenta años en Cartagena y los cuarenta de Cien años de soledad. Los periodistas estábamos apostados en la parte alta del teatro y cuando vimos la ocasión, corrimos para hablarle. A duras penas logré poner el micrófono entre una lluvia de grabadoras y cámaras pero no alcancé a escuchar nada en medio de la algarabía.

Finalmente, la noche del domingo de resurrección la familia dio una señal. El majestuoso Palacio de Bellas Artes sería el lugar del último adiós a García Márquez. Esta vez un pequeño cofre lo guardaba como se protege un tesoro y miles de personas hacían fila para despedirse de él como del amigo que interpretó su ser latinoamericano.

Cuando cayó la noche de ese frío lunes de Pascua, las afueras del Palacio se llenaron de miles de papeles que revoloteaban como mariposas amarillas. Sentí agotadas las posibilidades de conversar con él y de verlo una vez más, pero de tanto buscarlo me había quedado la certeza de que esta vez no lo vi porque Gabo jamás se murió. Desde entonces lo encuentro en su obra y converso con él.

* Director de información de Noticias Caracol.