“Me marcó como a los animales”: testimonio por el que cayó el excapitán Raúl Romero

El excapitán de la Armada Raúl Romero será condenado por abusar de niñas pobres y vírgenes en Cartagena y luego obligarlas a tatuarse su nombre en el cuerpo. Andrea, una de sus víctimas de 12 años, le contó a El Espectador el drama que vivió. Por este testimonio, las autoridades lograron su captura.

Marcela denunció que su hija fue víctima del excapitán Raúl Romero Pabón. / Óscar Güesguán S. - Enviado especial

Andrea tiene 12 años, pero lo que ha vivido la hace parecer de 16. Es la mayor de cuatro hermanos y en las mañanas ayuda en los oficios de su casa que, como en el 95,4 % de los barrios rurales de Cartagena, no tiene servicio de acueducto ni alcantarillado. Ella es uno más de los 276 mil cartageneros que viven en condición de pobreza. Su vivienda es una habitación para seis personas, pero ella juega con sus hermanas a que viven solas y que tienden sus camas como si tuvieran sábanas nuevas. A ese mundo infantil de ilusiones intactas entre dificultades se asomó hace unos meses el excapitán de la Armada Raúl Romero Pabón, que le prometió “vivir mejor” y lo que hizo de su vida fue un calvario. (Lea aquí: La empresa fachada que une a la "Madame", una exreina e israelíes)

Raúl Romero Pabón era un oficial de la Armada muy sociable, que además vestía con orgullo su uniforme de infante de Marina. Hasta días antes de su captura lideró las charlas de seguridad que se impartieron a personal de los buques participantes del evento SAIL Cartagena 2018. Lo que nunca supieron sus compañeros era que Raúl Romero llevaba una vida paralela. Que en su privacidad contactaba por redes sociales a menores pobres de la ciudad heroica, preferiblemente vírgenes, sostenía relaciones sexuales con ellas, las grababa y luego las chanteajaba con divulgar sus imágenes si no se tatuaban su nombre en el cuerpo. Después las obligaba a reclutarle más niñas. (Lea aquí: Así era "Chicas Lindas", uno de los tres burdeles allanados en Cartagena)

El excapitán de la Armada Raúl Danilo Romero Pabón. / Archivo particular

Durante años Romero pasó inadvertido e impune frente a unas 20 víctimas, hasta que hace algunos meses Andrea se atrevió a denunciarlo. Su testimonio empieza el día en que ella conoció a Vanessa, una vecina de 16 años con graves problemas familiares, por los que incluso tuvo que ser atendida por cortarse el cuerpo con cuchillas, en una práctica conocida como Cutting. Rápidamente ambas se volvieron amigas en la calle e intercambiaron decenas de cartas en las que conversaron libremente sobre las cosas que ambas las afligían. El último mensaje de Andrea fue sobre Marcela, su mamá, quien le pegó porque no quería que se relacionara más con Vanessa. (Lea aquí: El peligro de criminalizar la prostitución en Cartagena)

“Escribí en un papelito: ‘Vanessa, mi mamá no me deja salir más contigo’. Ella respondió: ‘¿Ah, sí? Si no quieres estar en tu casa y no soportas a tu mamá, vámonos, yo sé dónde dormir, tengo una casa, hablo con Óscar. ¿Estás lista para entrar al negocio?’”. Óscar González era el nombre con el que Raúl Romero se presentaba ante sus víctimas a través de su perfil falso en Facebook. Al día siguiente las jóvenes salieron de sus casas fingiendo ir al colegio y huyeron. “Vanessa tenía teléfono y hablaba con Óscar (Raúl) todo el tiempo. En un chat él escribió: ‘tiene que tatuarse. Si entra a la casa no hay vuelta atrás. Vanessa respondió que ella se encargaba’”. Andrea solo quería un techo donde pasar la noche.

El excapitán Romero estaba ese día en Medellín, pero les indicó cómo llegar a una vivienda ubicada en el sector de la Bomba del Amparo, cerca del tradicional restaurante Piko Riko. Allí las esperaba John Padilla, el tatuador que se encargaba de las marcas a las víctimas. Solo que en el caso de Andrea el modus operandi se invirtió porque Romero no estaba en la ciudad, y primero fue el tatuaje como forma de asegurarse su virginidad. “John me metió a un cuartico y me puso el nombre del infante de Marina en la pelvis, junto a tres corazones y una coronita. Supe que eso iba a suceder cuando iba en el taxi y Vanessa comentó que Romero hasta incluso podía comprarnos una casa”.

Lo que Andrea no sabía era que, además del tatuaje, tenía que dejarse tomar unas fotos, desnuda, para que John Padilla se las enviara al capitán Raúl Romero. “Vanessa me preguntó si era virgen y le contesté que sí. Luego me advirtió: ‘Dime la verdad, porque si no se nos daña todo el plan’. Después Raúl Romero preguntó por chat que cuánto dinero queríamos para buscar un sitio donde pasar la noche y John Padilla nos dijo que le pidiéramos un millón de pesos. Finalmente, Romero mandó $450.000 y John Padilla se fue a retirar la plata hasta el sector de Ronda Real. Él se quedó con $150.000 y a mi amiga Vanessa le pagó $250.000”, relató Andrea a este diario.

Durante dos días Andrea y Vanessa estuvieron desaparecidas, hasta que un conocido de las niñas las vio deambulando por uno de los barrios retirados de la ciudad y dio aviso a sus padres. “El papá de Andrea fue a buscarla y la trajo de regreso a casa. Pero ella volvió con la mirada perdida, un mochito cortico y una blusa nueva. Según ella, Raúl le había mandado plata. De inmediato salí a la Fiscalía a poner la denuncia. Cuando regresé encontré a Andrea dando gritos, porque le ardía mucho. Entonces vi que tenía el short y la panty pegados a sus partes. Y me mostró el tatuaje. Enseguida fuimos al Caivas y le hicieron exámenes de Medicina Legal”, cuenta Marcela.

Como muchas mujeres madres de familia en sectores deprimidos de Cartagena, Marcela no tiene empleo ni título alguno, ni siquiera de bachiller. Su meta diaria es conseguir las tres comidas para alimentar a sus hijos. Cuando estaba en noveno grado quedó embarazada y se retiró del colegio. Aunque no sabe nada de derechos, desde que escuchó la historia de Andrea no dudó en denunciarlo ante las autoridades. “Mi hija se encerraba y decía que se quería matar, que no quería vivir. Por eso me propuse seguir el caso hasta las últimas consecuencias. Tuve miedo porque uno sabe cuándo nace, pero no cuándo va a morir, y quería que el sufrimiento de Andrea y el mío propio se acabaran”.

La mujer se propuso recolectar pruebas, que resultó fácil obtener porque el propio Raúl Romero Pabón (conocido hasta ese momento como Óscar González) se encargó de contactarla. Marcela cuenta que, en una de esas llamadas, el excapitán de la Armada manifestó: “Mi doña, no vaya a poner denuncia en la Fiscalía. Yo tengo bastante plata y lo que usted vaya a hacer se va a echar para abajo porque voy a comprar al mundo entero. Eso sí, usted me responde por Andrea, porque ella me pertenece. Voy a ir por estos días a Cartagena y me la voy a llevar a usted y a ella a una residencia para hacerle el amor. A ella se lo voy a penetrar porque es mía, porque ya tiene mi nombre”.

En cada conversación que Marcela grabó tuvo que contener las lágrimas para evitar sospechas en su interlocutor. Uno de esos diálogos fue especialmente difícil y se dio luego de que el exuniformado llamó y ella estaba fuera de la casa. Su segunda hija, Patricia, de 10 años, contestó el celular. “En la tarde volvió a marcar Raúl Romero y dijo: ‘Ay mi doña, yo no sabía que usted tenía otra más, me tiene una de 10 años, así es como me gustan, bichecitas, para chuparles los corocitos y tocarle sus partecitas. No se lo voy a penetrar, pero también me la va a llevar a la residencia. Les mando su platica para que coman, porque tengo entendido que están necesitados de hacer un mercadito’”. (Lea aquí: Cartagena: la pobreza que no cesa)

Raúl Romero buscaba a sus víctimas en los barrios más pobres de Cartagena aprovechandose de sus necesidades básicas. / Óscar Güesguán S.

El anunciado encuentro entre Marcela y el excapitán, que además se autocalificó varias veces como “un ángel de Dios que le cambiaría la vida”, se dio a comienzos de julio en el sector de la Bomba del Amparo. Romero prometió pagar el taxi con tal de que llegara a una bomba de gasolina a “entregarle” las dos niñas. Lo que no sabía el exuniformado era que los vendedores de frutas, helados y butifarra a su alrededor eran investigadores encubiertos que lo identificaron apenas se bajó de su camioneta para cancelar el taxi. Su vehículo llevaba una calcomanía de la Armada Nacional. En ese momento confirmaron que se trataba de Raúl Romero Pabón, el capitán de Infantería de Marina.

Para ayudar a los investigadores y llevarle la idea a Raúl Romero, Marcela se excusó de que sus hijas no podían asistir a la cita. Ese día la justicia terminó de atar los cabos sueltos del caso. El 28 de julio de 2018, Raúl Romero Pabón fue capturado en desarrollo de la “Operación Vesta”, liderada por la Fiscalía, la Policía y Migración Colombia, y apoyada por la agencia estadounidense ICE/HSI y la Armada Nacional. En total, junto al infante de Marina Raúl Romero fueron capturadas 18 personas por la comisión de delitos sexuales en Cartagena. Ese mismo día, en medio del ruido mediático, también fue aprehendida alias Madame, sindicada como la mayor proxeneta de la ciudad.

Tras la captura de Romero se fueron sumando otras revelaciones. La Fiscalía describió el caso ante un juez como “aberrante” y resaltó que, por ser miembro de la Infantería de Marina, el personaje gozaba de una posición privilegiada. La Armada Nacional emitió un comunicado para manifestar que Raúl Romero ya había sido retirado de la institución por hechos que no estaban relacionados con su aprehensión y que sus conductas delictivas “eran individuales y ajenas a la función militar”. El Espectador contactó a la Armada para conocer la fecha exacta de la resolución de retiro de Romero Pabón y los motivos disciplinarios de su salida, pero la institución se negó a ampliar el tema.

Cartagena es la cuarta ciudad más pobre de las principales ciudades capitales de Colombia. / Óscar Güesguán S

Romero tiene 35 años. Nació en Chinavita (Boyacá) y su vida siempre ha estado dedicada a la actividad militar. Fue bachiller técnico y profesional en ciencias navales, con especialización en gestión humana y socorrista de combate. Al momento de su captura, vivía en una casa de la Escuela de Cadetes Almirante Padilla, ubicada en el barrio Bosque de Cartagena. Tras las imputaciones de la Fiscalía, aceptó cargos por concierto para delinquir, estímulo a la prostitución de menores de edad, demanda y explotación sexual comercial de persona menor de edad, utilización de medios de comunicación para facilitar la explotación sexual y uso de menores en la comisión de delitos.

Ahora está recluido en la cárcel de Sabanalarga (Atlántico), en espera de que en la última semana de septiembre un juez determine cuál será su condena. Junto a él fue capturado el tatuador John Padilla. Según la Fiscalía, él también agredió sexualmente a menores de edad. En la misma redada cayó Hillary Patricia Madero, de 19 años, que ubicaba a las niñas de las que abusaba Romero. La joven tiene tatuadas las iniciales RDRP en el costado derecho del tronco y en el costado izquierdo el nombre del excapitán en árabe. Ella declaró que, a sus 16 años, Romero la grabó manteniendo relaciones sexuales y la chantajeó con divulgarlas si no se marcaba con las iniciales de su nombre.

Hillary Patricia se encuentra recluida en la cárcel de San Diego porque además Vanessa, la amiga de Andrea, la acusó también de haberla puesto en contacto con el excapitán. Tanto Hillary Madero como John Padilla son defendidos por el abogado Hugo Guzmán Fonseca, quien aseguró a este diario que demostrará la inocencia de sus clientes. “Estoy trabajando con peritos forenses privados. Solicité entrevistas a varios testigos y los acusados romperán su silencio para contar su versión de lo sucedido”. Guzmán precisó que fue contactado por la madre de Romero para que lo defendiera, pero rechazó la oferta porque el exoficial aceptó cargos y ya no hay nada que hacer en su defensa.

Entretanto, Marcela y Andrea esperan que se conozca cuanto antes la sentencia contra Romero y siguen a diario este y otros casos similares en Cartagena, que periódicos populares como El Teso y Q’hubo han abordado con su habitual toque sensacionalista. También continúan a la espera de ingresar al programa de protección de testigos que les fue prometido. “Me siento mal porque me marcaron como a un animal. Ahora quiero que se conozca mi historia para que a otras niñas de la ciudad no les pase lo mismo”, dice Andrea. Asegura que tiene pesadillas, que imagina al excapitán llegando en un tanque de guerra a su colegio y a diario debe lidiar con los chismosos que le preguntan por Facebook si está tatuada.

A su vez, Marcela manifiesta que intenta ser buena madre y recalca que al menos mejor de la que ella tuvo. Luego recuerda que durante su infancia nunca recibió un “te amo” o una felicitación de cumpleaños. “Ahora quiero lo mejor para mis hijos y dialogo con ellos. Trato de que estemos unidos”. Hace una pausa mientras los mira y luego puntualiza: “Este caso no puede quedar impune. La gente se ha enfrascado en el tema de la Madame, pero pocos hablan del capitán que tatuaba a niñas como su ganado. No me interesa lo que le vayan a dar a Andrea como reparación, porque solo Dios puede remendar el daño causado. Siento un dolor muy grande porque la vida nos cambió. Ahora Andrea no se deja ver de mí cuando se baña”.

* Nombres cambiados por protección de las fuentes.

La pobreza de Cartagena en cifras

72 por ciento de las viviendas en Cartagena pertenecen a los estratos 1 y 2, como la casa donde viven Andrea y su familia.

4 es el puesto que ocupa Cartagena en el listado de ciudades capitales más pobres de Colombia. La anteceden Quibdó, Cúcuta y Santa Marta.

460 casos de presuntos delitos sexuales a menores de 0 a 17 años se presentaron en la ciudad en 2017.

12 años hasta 17 años es el rango de edad donde está la tasa más alta de presuntos delitos sexuales en la Heroica.