Peligros del 'fracking' o exploración no convencional de hidrocarburos

La comunidad científica de Estados Unidos, país líder en esta técnica, resalta que sus efectos sobre el medio ambiente y la salud no han sido investigados en profundidad.

No hay marcha atrás: en muy poco tiempo Colombia pasará a engrosar la lista de los países que permiten y alientan la controversial práctica del fracking (o estimulación hidráulica) para aumentar sus reservas de petróleo y gas. Según el cronograma oficial, el próximo 11 de agosto —cuatro días después de que comience el segundo período de Juan Manuel Santos o el primero de su sucesor—, el país conocerá la lista definitiva de las empresas a las que se les adjudicaron áreas de exploración “no convencional”. Y mientras los números y la economía serán usados como un elemento a favor en el debate, el impacto ambiental que aún no termina de calcular ni el país líder en esta práctica, Estados Unidos, será el segundo factor determinante para establecer cómo se hará el fracking aquí.

No es una discusión fácil de zanjar. Apenas hace dos meses el diario británico The Independent reportaba que esta técnica para sacar hidrocarburos atrapados en rocas estaba llevando a EE.UU. a producir más barriles de petróleo que el mayor productor de oro negro en el mundo, Arabia Saudita, y que estaba aumentando su producción de gas a un ritmo tan disparado que pronto podría dejar de depender de las reservas de países como Rusia. Es decir que, por cuenta del fracking, hasta el orden mundial podría cambiar. Pero en Estados Unidos la investigación científica para estimar el impacto del fracking sobre la salud de las personas y el medio ambiente se ha quedado rezagada ante el ritmo galopante de los beneficios económicos que esta práctica está dejando.

Que causa cáncer y hasta temblores. Que deja el agua infestada de elementos radiactivos o tóxicos. Que contamina el aire. Que contribuye al calentamiento global. Son muchos los temores que el fracking despierta —sus defensores los llaman “mitos”— y que el Gobierno tendrá que resolver antes de que se practique por primera vez en territorio colombiano, que según cálculos estatales podría ser a principios del próximo año. El viceministro de Energía, Orlando Cabrales, le aseguró a este diario que se están tomando medidas de prevención extremas: “Tuvimos el mejor conocimiento científico disponible. Me siento tranquilísimo con la forma como lo estamos haciendo”. Pero en EE.UU. el único consenso que parece haber entre la comunidad académica es que sobre esta manera de explotar hidrocarburos hay más preguntas que respuestas.

El Espectador habló con dos autoridades del tema, los profesores Kevin Schug y Robert Jackson. El primero formó parte de un grupo de la Universidad de Texas, en Arlington, que tomó muestras de 100 pozos de hidrocarburos en el yacimiento de Barnett (norte de Texas), que es justamente la cuna del fracking. Schug y sus colegas hallaron un vínculo “indirecto” entre la cuestionada técnica y la presencia de elementos como arsénico que excedía los límites establecidos por la Agencia de Protección Ambiental (EPA, sigla en inglés). Una exposición al arsénico a largo plazo, por ejemplo, puede causar cáncer. “Este tema genera una polarización extrema, pero la verdad es que no hay suficiente información científica para calcular sus riesgos. Siempre nos sorprende ver que no haya más grupos investigando”.

El estudio en el que participó Schug se publicó hace 10 meses y, según le dijo el investigador a este diario, falta poco para que su equipo divulgue un segundo estudio hecho con base en las muestras de unos 700 pozos, que se tomaron antes, durante y después de la estimulación hidráulica (fracking). “Ese análisis comparativo podría ser un importante punto de referencia”. Schug aclaró que el arsénico no proviene de los químicos que se mezclan con el agua que se inyecta en tierra adentro para expulsar los hidrocarburos, lo que lleva a un punto importante en la discusión con respecto a Colombia: ¿se sabrá qué químicos se están mezclando con el agua para conseguir la estimulación hidráulica y, posteriormente, el petróleo o el gas? En Estados Unidos algunos de esos materiales se mantienen en reserva por cuestión de competencia.

El viceministro Cabrales asevera que en el país las empresas que recurran al fracking estarán legalmente obligadas a revelar los químicos que ponen en el agua, lo que quiere decir las medidas que se tomen para mitigar su impacto. Por ahora, asegura el alto funcionario, el país ya cuenta con el reglamento que expidió el Ministerio de Minas y Energía el pasado 27 de marzo, que estableció “los requerimientos técnicos y procedimientos para la exploración y explotación de hidrocarburos en yacimientos no convencionales”. El siguiente paso es el reglamento que expedirá la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA), sin el cual no es posible que compañía alguna empiece labores de exploración a través de la cuestionada técnica.

Cabrales insiste en un aspecto en el que coinciden también los científicos estadounidenses: la seguridad de los pozos es un factor esencial para evitar que el agua se contamine. “Por eso estamos aumentando los requisitos para su construcción”, indicó el viceministro. Robert Jackson, profesor de las prestigiosas universidades de Duke y Stanford, le explicó a este diario que si los pozos no son asegurados apropiadamente, existe un serio riesgo de que los ríos o el agua potable resulten contaminados. Jackson ha encontrado “una minoría de casos” en la que el metano, producto del proceso, resulta presente en el agua potable “por la seguridad precaria de los pozos”. Propública, un medio digital estadounidense ganador del Premio Pulitzer, ha denunciado incluso que por cuenta del fracking se han encontrado en el agua elementos radiactivos.

¿Qué hacer, además, con las aguas residuales que deja este proceso? Lo más común es que una parte se recicle y lo que no se puede reusar (más o menos el 30% del agua utilizada) se reinyecta en la tierra. El lío es que, de acuerdo con las primeras indagaciones que se han hecho, esa reinyección de aguas residuales podría ser causa de temblores. El Departamento Geológico de Estados Unidos (USGS, en inglés) reveló en enero de este año que en el centro y este de ese país los temblores de 3,0 puntos (promedio) han aumentado dramáticamente en los últimos años: pasaron de ser 20 a 100 anuales. “Científicos del USGS han encontrado que en algunas locaciones el aumento de actividad sísmica coincide con la inyección de aguas residuales en pozos profundos de eliminación de residuos”.

El viceministro Cabrales asegura que en Colombia las empresas que recurran al fracking tendrán la obligación de medir la actividad sísmica desde el primer día. Esa condición, se espera, hará parte de las reglas de juego que expedirá la ANLA. “En Estados Unidos empezaron sin marco regulatorio, nosotros estamos haciendo lo contrario”, expresa Cabrales. “Se necesitan normas fuertes y controles igual de fuertes”, manifiesta el profesor Robert Jackson, quien explica de paso que esas aguas residuales deberían, principalmente, ser recicladas en otros pozos para disminuir la cantidad de líquido vital que se necesita en este proceso. En Colombia, según cifras del Ministerio de Minas y Energía, el sector petrolero consume el 0,3% del agua del país. El fracking requiere casi el doble de la cantidad de agua que necesita un pozo petrolero convencional.

La discusión alrededor de esta controversial técnica llegó a Colombia desde el Plan Nacional de Desarrollo del gobierno Santos. Para elaborar los reglamentos técnicos y ambientales, la Agencia Nacional de Hidrocarburos trajo a expertos de todo el mundo durante dos años; no obstante, es evidente que si la explotación convencional de hidrocarburos debe ser fuertemente controlada, la no convencional lo debe ser aún más. Grupos como Environment America Research & Policy Center consideran que el fracking es tan dañino que los Estados “deberían prohibirlo”. Esa, sin embargo, no es la tendencia mundial ni a la que piensa acogerse Colombia, que en unos meses podría adjudicar los primeros 19 bloques de yacimientos no convencionales que tiene identificados.

 

“Como era de esperarse, la investigación científica se ha quedado atrasada frente a esta actividad económica. Todavía hay mucho qué estudiar sobre el impacto del fracking en la salud humana. Es urgente que el tema se investigue cada vez más”, concluye Jackson. 

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