La transición de Cayetano a Michelle

Economista de la Universidad de los Andes, especialista en finanzas y a punto de culminar una maestría en políticas públicas, Michelle Barliza empezó su transformación de hombre a mujer. Una decisión de vida con satisfacciones y tropiezos.

Michelle Alejandra Barliza Cotes, en proceso de transformación.  / Óscar Pérez
Michelle Alejandra Barliza Cotes, en proceso de transformación. / Óscar Pérez

Hace 15 meses, el economista guajiro de 29 años Cayetano Barliza Cotes tomó la decisión más trascendental de su vida: reconocer de una vez por todas que es una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Por eso, luego de un proceso legal, físico, psicológico y médico, comenzó formalmente su transición. Cambió su nombre en la Notaría 65 de Bogotá. Desde entonces se llama Michelle Alejandra Barliza Cotes, una transexual que considera su decisión como el acto más hermoso de amor propio que una persona puede tener.

Un acto con varias etapas. El 28 de marzo del año pasado empezó a aplicarse a diario un tratamiento hormonal. Y desde ya se prepara emocionalmente con el fin de decidir cuándo será el momento adecuado para hacerse la cirugía que la convierta físicamente en mujer. Por ahora, reparte su tiempo trabajando en la Dirección de Financiamiento del Ministerio de Salud, en donde vigila y apoya el adecuado manejo de los millonarios recursos del sector en cuatro departamentos. Una actividad que complementa con la terminación de su tesis de grado: “Retos que enfrentan las mujeres transgénero y transexuales al hacer su transición en una organización pública o privada”, la cual le permitirá, en pocas semanas, obtener el título de magíster en políticas públicas de la Universidad de los Andes, junto con la Nacional, ranqueadas como las mejores del país.

Para dar el paso, Michelle ha tenido que hacer movidas de ajedrecista. No por ella, sino por el entorno que la rodea. Nació en Riohacha el 13 de junio de 1987. En una región conservadora y que sufre por la pobreza y la corrupción. Su padre es también un destacado economista y docente universitario. Su madre es administradora de empresas. Tiene dos hermanos menores, son profesionales en psicología y finanzas. Una familia de estudiosos que la entienden y apoyan, pero que a su vez la ponen nerviosa porque sabe que al hacerse tan visible su caso a nivel nacional, en la región, se va a generar debate.

Cayetano fue un niño ejemplar. En el colegio Sagrado Corazón de Jesús de Riohacha fue el mejor. Allí cursó preescolar, primaria y bachillerato con notas sobresalientes, en una institución privada con altos estándares de calidad. De infancia y adolescencia tranquila, tenía pocos amigos, era tímido, pero decidido cuando de matemáticas, física, historia o de español le hablaban. Por eso, en el año 2003, obtuvo un destacado puntaje en el Icfes que al año siguiente le abrió las puertas de los Andes, cuando aún era un menor de edad.

Un primer semestre difícil. Pasar de los 35 grados de Riohacha al frío bogotano lo desgastaba. El sistema y la economía, basadas en modelos matemáticos y estadística, inquietaban. Y el cambio cultural también le hacía mella. Un alto nivel académico con los mejores estudiantes lo pusieron a prueba. Pero Cayetano no se dejó vencer, a fuerza de las circunstancias dejó la timidez y su promedio de notas llegó a 4,0 sobre 5,0.

La adaptación fue dura, pero de allí en adelante creció y las notas volvieron a ser tan altas como las de su colegio en Riohacha. Llegó entonces su fascinación por la economía y por lo público. De la mano de sus profesores top, Leonardo Villar, Sergio Clavijo y Juan Carlos Echeverry, aprendió teoría monetaria, pobreza, riqueza y política cambiaria, materias que contribuyeron a su designación como monitor de economía latinoamericana. Luego llegó como pasante a la Dirección de Política Macroeconómica del Ministerio de Hacienda y, al graduarse de 22 años y en 2009, Cayetano, quien aún no pensaba en su transición, entendió que trabajar en el sector público era el primer escalón para construir país.

Persistió en su formación y se especializó en la Escuela Superior de Administración Pública (Esap), al tiempo que asumió como economista asistente un proyecto técnico de subsidios de servicios públicos en Ecuador. En julio de 2011, los frutos de su especialización en finanzas públicas de la Esap llegaron. A través de un compañero fue contratado en el ICBF para consolidar metas financieras de las regiones a nivel central durante la administración del hoy concejal Diego Molano.

La cosa pública siguió al lado de Cayetano. En abril de 2012, el senador de La Guajira Jorge Ballesteros lo contactó cuando conformó un equipo de jóvenes profesionales para trabajar en su Unidad Legislativa, elaborando proyectos de ley y preparando debates en la Comisión Séptima, encargada de temas sociales, entre otros, del sector salud. Allí su relacionamiento era frecuente con el Ministerio de Salud, por eso a través de la hoy viceministra Carmen Eugenia Dávila confió en su trabajo y actualmente es encargada de apoyar, revisar y vigilar el manejo de los planes financieros de salud de los departamentos de Tolima, Quindío, Caquetá y Vichada.

Al mismo tiempo, Cayetano retornó a la Universidad de los Andes para comenzar una maestría en políticas públicas. Una azarosa vida en lo laboral y lo académico que quizás ocultaba que su historia personal permanecía en stand by. “Desde 2011 me empecé a preguntar muchas cosas, en temas de género, no me sentía cómoda con mi cuerpo masculino, con mi rol de hombre, pese a que durante dos años fui al gimnasio, físicamente no me identificaba como un varón y además era demasiado sensible”, relata en una pequeña sala del piso 16 del Ministerio de Salud.

Desde entonces empezó un conflicto interior y una lucha personal. En lo profesional y lo académico era muy feliz, pero empezó a entender que le causaba mucha atracción todo lo femenino, especialmente el maquillaje y la ropa. No se sentía como un hombre gay, más bien como una mujer transgénero, y la inconformidad era el sentimiento recurrente. Y como buena académica empezó a ver experiencias similares a la suya. Se documentó del caso de Brigitte Baptiste y siguió revisando, paso a paso, la historia de Ophelia Pastrana. Observó decenas de documentales internacionales que han mostrado la transición de hombre a mujer.

Lo pensó varios años. Fue un proceso y una decisión que estuvieron madurando durante al menos cuatro años. Tenía demasiados miedos en la cabeza, en el cuerpo, por su familia, su trabajo, su estudio, su entorno. Cayetano lo analizaba todo. Quería hacerlo, asumir un nuevo rol, otra imagen, otro cuerpo, interactuar de otra forma. Su mayor inquietud radicaba al pensar en la estigmatización que aún existe en el país, en donde los trans aún son asociados con prostitución, robos, drogas, desorden o sinónimo de delincuencia. Todo la hizo reflexionar, pero al final no soportó más vivir en un cuerpo diferente y dijo: “Sí se puede”.

Era lo sociológico y lo judicial, pero faltaba lo médico. A comienzos de 2015 empezaron los chequeos. Un destacado equipo interdisciplinario del hospital San José inició el proceso. Endocrinólogos, psicólogos y psiquiatras, entre otros facultativos, comenzaron el tratamiento. Después de múltiples exámenes exitosos, desde marzo de ese año Cayetano empezó su transformación. “Fui la persona más feliz cuando empecé a tomar las hormonas”, recuerda. Un tratamiento que obliga a tomar a diario estrógenos en pastilla, bloqueadores de testosterona y aspirina.

A una semana de iniciado empezaron los efectos. Hubo cambios de su estado de ánimo, sensibilidad y ganas de llorar. Después un leve crecimiento y dolor de sus senos, más cabello. Reacciones que lo obligaron a retirarse temporalmente del gimnasio en donde entrenaba dos años atrás. En junio de 2015 tuvo un nuevo control y los médicos vieron que todo marchaba dentro de lo previsto.

Cayetano sabía que el paso hormonal fue grande y que le correspondía seguir reorganizando todo en su vida. Y como su sensibilidad se afectó tanto, también empezó a sentir disgusto con la ropa masculina. De hecho, frecuentemente acudía a su trabajo en el Ministerio de Salud de corbata, pero se cansó y, sobre la base de que su cambio de vida no afectaba su profesión, decidió contar su nueva realidad en el trabajo.

Entonces pidió una cita con quien le había dado la oportunidad, la viceministra Carmen Eugencia Dávila. De inmediato le ofreció apoyo. Ahora la misión consistía en contarles a sus cerca de 30 compañeros de trabajo lo que estaba pasando. Hubo reunión extraordinaria, todos estaban entre nerviosos y preocupados. Cayetano se llenó de valor y les relató su historia. La sorpresa fue mayor, no faltaron las caras de asombro, pero en general fueron generosos y solidarios.

Les contó que ahora se llamaba Michelle Alejandra: “Estuve buscando un nombre que fuera acorde con mi personalidad, con el que me sintiera identificada y sabía que ese me transmitía mucha fuerza”. En pocos días sus compañeros así la empezaron a llamar. Luego vendría el cambio de vestuario. Dos amigas la acompañaron a recorrer tiendas. El 19 de agosto pasado se visitó sutilmente de blusa, pantalón, zapatos bajos y un gabán. Muy nerviosa, en la calle, el taxi, las escaleras, el ascensor acudió tanto a la oficina como a la universidad. No faltaron las miradas, los cuchicheos y el asombro, pero desde entonces todos se acostumbraron, hasta el ministro de Salud, Alejandro Gaviria, quien también le brindó su respaldo. Al igual que el equipo docente y algunos compañeros de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes.

El pasado 28 de marzo cumplió su primer año de transición. Está tranquila, conviviendo con su nuevo cuerpo que lentamente se transforma. Al hablar con ella se percibe que es mujer. No es ruidosa ni exagerada, es natural. “Soy una mujer y he aprendido a quererme. Voy a seguir mi propio modelo como lo voy construyendo”. Un futuro que tiene claro. Quiere tener una familia, sabe que las hormonas serán de por vida, señala que cuando decida operarse será planificado, sigue aprendiendo a caminar con tacones, desea seguir estudiando fuera del país y dentro de poco dirigir una entidad pública del sector salud.

El Día Internacional del Orgullo LGBTI

El Día Internacional del Orgullo LGBTI (lesbiana, gay, bisexual, transexual e intersexual) es una serie de actos que anualmente celebran las diferentes agrupaciones para instar a la sociedad por la preservación de la tolerancia y la igualdad de derechos de esa población. Esta fiesta se realiza generalmente el día 28 de junio, en conmemoración a los disturbios de Stonewall (Nueva York, EE. UU.). Éstos marcan el inicio del movimiento de liberación homosexual. Los disturbios fueron manifestaciones espontáneas y violentas contra una redada policial que tuvo lugar en la madrugada del 28 de junio de 1969, en el pub conocido como el Stonewall Inn, del barrio neoyorquino de Greenwich Village. Estos hechos son el referente en la historia de Estados Unidos, en que la comunidad luchó contra un sistema que perseguía a los homosexuales con el beneplácito del gobierno. En el caso de Cayetano Barliza (en la foto), ahora en proceso de transición para convertirse en Michelle Alejandra, se considera transexual.

Los costos del cambio de sexo

Aunque en el caso de Michelle Alejandra Barliza Cotes el tema financiero no es tan relevante en la medida en que todo su proceso ha sido planeado y organizado por ella misma y ya que tiene un ingreso económico como profesional, se estima que un tratamiento para cambio de sexo podría costar alrededor de $50 millones.

Este estimativo fue realizado por una EPS a la que por orden de un juez tuvo que efectuar un procedimiento a un paciente para garantizar el cambio de sexo. El caso fue conocido en noviembre de 2014 por la justicia, que señaló en un pronunciamiento que: “La salud no equivale únicamente a un estado de bienestar físico o funcional. Incluye también el bienestar psíquico, emocional y social de las personas”.

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