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Adiós a un hombre que hizo respetar a la Corte Suprema de Justicia

Augusto Ibáñez, expresidente del alto tribunal, partió el pasado miércoles de manera sorpresiva. Sus amigos y allegados recuerdan al jurista que defendió sin temor a la Corte en la época de las chuzadas y los primeros casos de parapolítica.

Augusto Ibáñez, expresidente de la Corte Suprema de Justicia.Óscar Pérez - El Espectador

“El juez es el garante de la democracia. En días de tormenta la magistratura es contención y en momentos de reposo es luz y faro del Estado, pero siempre es referente, modulador y reestructurador social”. Estas fueron las palabras de despedida de Augusto Ibáñez el 12 de abril de 2012 ante la Sala Plena de la Corte Suprema de Justicia. Es, tal vez, una descripción de lo que fue su vida como jurista: un tunjano, que cuando el momento lo demandó, defendió a la Rama Judicial de las críticas del Ejecutivo, sin temor, con firmeza y siempre ceñido a la institucionalidad, recuerdan colegas.

“Me acuerdo de una entrevista radial en la época dura (del presidente Álvaro) Uribe que estaba bastante exaltado y Augusto le dijo, con mucho carácter y dignidad, que no se le olvidara que en Colombia hay tres poderes públicos, que él era el presidente de la rama ejecutiva, e Ibáñez presidente de la Rama Judicial. Le dijo, en otras palabras, que en un Estado de Derecho no hay un solo presidente”. 

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El recuerdo lo hace el abogado Ramiro Bejarano, quien, durante más de 10 años, compartió oficina con Ibáñez en el mismo edificio al norte de Bogotá. Fue una de las épocas más difíciles que ha enfrentado la justicia colombiana. Corría 2009. Ya era de público conocimiento que el DAS, el organismo de inteligencia del Estado, había “chuzado” a los magistrados de las altas cortes, con especial énfasis a los de la Sala Penal. Las investigaciones por parapolítica, además, tomaban vuelo y el entonces presidente Uribe y la Corte habían entrado en una disputa por la elección del fiscal general.

“Era un valiente. Durante toda una mañana, la Sala Plena discutió la primera terna que mandó Uribe (que integraban Juan Ángel Palacio, Camilo Ospina y Virginia Uribe). Ya llevaban varias salas votando. Pero él se encerró en su despacho para interpretar el pensamiento de la Corte y cuando salió, después de varias horas, soltó la famosa frase de que la “terna no era viable”. Así recordó este episodio un trabajador del alto tribunal. El 21 de noviembre Ibáñez dijo en entrevista con El Espectador: “En el Estado Social de Derecho actual, la Corte no es una tramitadora de postulaciones”.

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Su vicepresidente fue Jaime Arrubla, con quien había compartido en años anteriores cuando Arrubla fue secretario jurídico de la presidencia de Andrés Pastrana, e Ibáñez hizo la representación de Colombia en la reglamentación del Estatuto de Roma que dio vida a la Corte Penal Internacional. “Fue un excelente magistrado, fue la columna de hierro de la Sala Penal para todo ese momento difícil de la parapolítica y la extradición de los paramilitares. Aparecieron los temas de las chuzadas y nos tocó hacer frente a todo, siempre buscando la independencia judicial y el respeto por los demás poderes públicos”, recuerda.

Tenía 59 años. Estudió derecho en la Universidad Externado de Colombia, de donde fue profesor. También enseñó en la Universidad Javeriana y allí era actualmente el director del Departamento de Derecho Penal, a donde llegó de la mano de su gran amigo Julio Andrés Sampedro, quien lo recuerda como “un hermano, como el mejor de los amigos, como un gran ser humano, que era feliz con su familia y en su finca en Moniquirá”. Doctor en derecho de la Universidad Alfonso X El Sabio de Madrid, especialista en Derecho Penal y Criminología, Ibáñez era ante todo un académico, un jurista respetado, de aquellos que se recuerdan y se citan.

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“Era un hombre de un humor entrañable. Un gran amigo. Estaba con uno en las buenas y en las malas. Desde los 15 de mi hija, se vino hasta Medellín a acompañarme, hasta la muerte de mi esposa. Siempre encontrabas a Augusto. Tenía un humor a flor de piel que siempre lo caracterizó”, agrega Arrubla. Ibáñez tenía cuatro hijos, tres mujeres y un hombre. Era, además, un abuelo feliz que buscaba el espacio para abrazar a sus nietos, añade su amigo de la Corte. Su compañera de vida fue María Cristina Mosquera, a quien conoció en la universidad y con quien se casó muy joven. Esa promoción todavía se reúne una o dos veces al año.

“Los compañeros nos reunimos con cierta frecuencia. Era muy alegre, jovial y siempre tenía un apunte simpático. Le gustaba cantar. Era el hombre de la gracia”, recuerda su amigo, Carlos Medellín, exministro de Justicia. “Le gustaba la música colombiana. Era un boyacense auténtico y sin actitudes postizas”, dice Medellín. Precisamente, la ausencia de Ibáñez a una de esas reuniones recientemente les hizo pensar a sus amigos que de verdad tenía que sentirse muy mal.

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Pero era una afección respiratoria, una gripe que se volvió neumonía y no cedió al tratamiento médico. Apenas la semana pasada supo que era un cáncer y, cuando estaba preparándose para enfrentar la enfermedad, falleció. María del Rosario González, compañera de Ibáñez en la Sala Penal, recopiló lo que los grandes amigos de Ibáñez, sus alumnos y colegas, han querido transmitir desde que se conoció la noticia de su muerte: “Fue un hombre de convicciones, con el don de transmitir su pensamiento con calma y delicadeza. Amigo de sus amigos, comprometido con sus causas y conciliador. Excelente esposo y padre. Amante de su familia. Perdimos un gran hombre”.