Retratos del desarraigo

El municipio de cabrera, Cundinamarca, legendario por las luchas agrarias de izquierda, se está convirtiendo en un receptor de desplazados del país. ¿La razón? Tierras económicas y cultivables, según el Gobierno.

No le pidieron su consentimiento para crear la llamada “Zona de despeje”. No le preguntaron señor, ¿nos permite utilizar sus predios para que la guerrilla transite libremente por ellos? No le informaron que luego del anuncio del entonces presidente Andrés Pastrana —1999— habría uniformados día y noche patrullando su finca y sus cultivos, pisando sus pasos. Que sus sembrados se mezclarían con matas de coca. Que el miedo lo haría abandonar sus tierras. Que se convertiría en desplazado. A Nelson Olaya Ramírez nadie lo consultó.

Salió de San Vicente del Caguán en 2002 con mujer, suegro y cuatro hijos. Llegó a Neiva. Consiguió trabajo en una fábrica y al poco tiempo, semanas apenas, lo despidieron por sindicalista. Por agitador. Viajó a Cabrera, Cundinamarca, a buscar ayuda, a buscar a la suegra. En Cabrera está hoy, representando a 62 familias de desplazados de todo el país que también arribaron a ese municipio después del destierro.

¿Volvería? Dice que retornar no es fácil. Dice póngase en mis zapatos  y piense que si hubiera sido a usted a quien hubieran sacado a palo y bala de sus tierras, ¿querría volver? Él sabe que hoy, en sus tierras, vive un vecino. Siguen siendo suyas, aclara. ¿Volvería? Quizá.

Procedencia: Costa rica, Valle del Cauca

Nació en un corregimiento del Valle del Cauca, que sería consumido por el fuego, por las balas, por la guerra. En un corregimiento que ardería en llamas y arrasaría con las escrituras de sus tierras y las de su familia. Nació en una región que lo desterraría en 2001, porque ya estaban muy encima los grupos armados, porque uno intenta poner resistencia, pero llega el momento en el que no aguantas más. Don Orlando Grajales Ramírez nació en Costa Rica, Valle, un lugar muy alejado, que así no me crea señorita periodista, no aparece en el mapa.

Soacha, Cundinamarca. Llegó hasta allá porque decían que en Bogotá se podía encontrar casa y trabajo fácil, y casa y trabajo era lo que necesitaban don Orlando y su mamá y sus hermanos. Llegó a Soacha, a Altos de Cazucá, y negoció un rancho de palos y plástico a cambio de vigilar el barrio que estaba naciendo. De vigilar que ni la policía ni ningún uniformado los desalojara, que porque estaban en un suburbio de invasión, que porque no tenían ni escrituras ni facturas de esos predios.

Fue líder. Fue amenazado por reclamar vida digna para los desplazados. Fue víctima de atentados en su casa. Fue otra vez desterrado. Tuvimos que salir de Soacha y siempre buscando el campo decidí que nos fuéramos para Silvania. Y de allá también lo desplazaron. Tercera vez.

Hoy habla desde Cabrera, Cundinamarca, desde un predio que compró el Incoder para ubicar a 12 familias en su misma situación. Las 12 familias llegaron hasta allí. Once de ellas no pudieron cultivar. No pudieron acostumbrarse a esa región y pidieron nuevamente un traslado. Ya todos fueron reubicados, faltan él, su esposa y sus dos hijos. Nosotros somos de tierra calentana. Desde que llegamos supimos que no pertenecíamos a este lugar.

Procedencia: Trujillo, Valle

Las 12 familias llegaron hasta Cabrera, a un predio que el Gobierno les cedió porque tenían un documento que los certificaba como desplazados, porque reclamaban ayuda oficial. Y sólo una cultivó la tierra y obtuvo frutos. Tomates de árbol, lulo, mora. Sólo la familia Londoño, desterrada de Trujillo, Valle, cuando Jason Steven, el hijo, no había nacido, adoptó ese predio como su nuevo hogar. Sé que cuando mis papás salieron del Valle se fueron para Bogotá, luego para Silvania y ahora para acá.

Habla Jason, de 13 años. Habla el niño enfermo de sinusitis porque el frío y la lluvia le han hecho daño. Dice que su papá, que hoy no está, sí le ha hablado de volver al Valle. Algún día. Pero se perderían los cultivos que tienen hoy. No se puede correr ese riesgo.

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