Así es Eduardo Montealegre, el nuevo fiscal

Este ibaguereño, de 55 años de edad, fue elegido con 16 votos en la Corte Suprema.

El paradigma de su padre Argilio, quien siempre ejerció como abogado y nunca tuvo título, pero acertó en los estrados judiciales, en la cosecha cafetera y en la política, perfiló el destino del expresidente de la Corte Constitucional y nuevo fiscal general de la Nación, Eduardo Montealegre Lynett, un penalista ibaguereño de 55 años, uno de los mejores abogados del país que por cuenta de su asesoría a la controvertida e intervenida EPS Saludcoop fue objeto de polémicas por los dineros que recibió en su ejercicio como asesor legal, casi $5.000 millones en los últimos cinco años.

Más allá de la controversia, Montealegre cursó su bachillerato en el centenario colegio de San Simón, en la capital del Tolima, y se dejó seducir por el influjo del movimiento estudiantil de los años 60, pero su primordial derrotero adolescente fue aprenderle a su padre: a trasegar entre los arbustos de caturra, en su finca de Frías, a negociar con caña en el valle de Armero, a ejercer el debate en el foro judicial, o en el discurso de la política liberal de su agobiado departamento.

“Tengo grabadas en mi memoria dos imágenes: a los 7 años, de la mano de mi padre, en el conservatorio de música del Tolima, escuchando a Carlos Lleras Restrepo en campaña electoral en 1965; y en la catedral de Ibagué, un domingo en que conocí personalmente al expresidente Darío Echandía”, recordó en su momento Montealegre, un hombre rodeado de libros, curtido en expedientes y cuyas oficinas siempre están ambientadas por portarretratos con primeros planos de sus tres hijos y su tercera esposa.

Retazos de tiempo que conserva intactos, con fragmentos de los discursos de Jorge Eliécer Gaitán, ortodoxia marxista con el fantasma del comunismo que recorrió el mundo en su Manifiesto, o diatribas contra el stalinismo y homenajes a Tito. Cruce ideológico de todas las vertientes y revoluciones que entonces moldearon a Montealegre como un liberal de izquierda, afecto al MRL, en la primera fila de las protestas contra el Estado de Sitio. Pero en 1975 concluyó el ciclo del colegio y como su hermano médico de la Universidad de Manizales, o su hermana bacterióloga de la Javeriana, dejó Ibagué y se matriculó en la Universidad Externado para estudiar Derecho. Atrás quedó la finca La Florida con su trapiche y sus cafetos, o sus octogenarios abuelos, como el viejo Lynett que a principios del siglo XX llegó a Mariquita como auxiliar de ingeniería de la compañía inglesa que construyó el cable a Manizales.

Promedio de 4,2

Pagó $10.000 por el primer año, pero logró las mejores calificaciones y el Externado le otorgó Beca de Honor y le devolvió el dinero. Entonces Montealegre sembró tres hectáreas de caña y se benefició con la molienda de panela. Pero también concluyó su historia como empresario agrícola. Desde entonces, sin toga de abogado pero con promedio académico entre 4,2 y 4,5, el estudiante de leyes empezó a vivir de la jurisprudencia.

Sustanciador de juzgados de circuito y superior, auxiliar en el Tribunal de Bogotá y la Relatoría de la Corte Suprema, monitor dela cátedra de Derecho Penal del inmolado magistrado Alfonso Reyes Echandía o auxiliar de cátedra del penalista y exprocurador Jaime Bernal Cuéllar, entre otros, fueron los retos que asumió Montealegre antes de graduarse con tesis aclamada, con un trabajo sobre los aspectos procesales del jurado de conciencia.

Se graduó en marzo de 1982 y de inmediato, con su profesor y amigo Bernal Cuéllar, escribió a cuatro manos una obra de Derecho Procesal Penal que dos décadas después se sigue editando. Luego emigró a España con otra beca del Externado y se capacitó con el ex magistrado del Tribunal Supremo Español, Enrique Basigalupo. En 1984 retornó a Colombia y empezó a litigar como penalista independiente.

Hasta que sobrevino el holocausto del Palacio de Justicia en noviembre de 1985, que Montealegre así recuerda: "Para nuestra generación fue un hecho traumático. Colombia sacrificó a su intelectualidad jurídica. Esa tragedia significó un salto atrás de 50 años. Alfonso Reyes, Carlos Medellín, Manuel Gaona, todos eran mis amigos y maestros. Un verdadero colapso para la administración de justicia".

Pero había que recoger las enseñanzas y seguir adelante. Y Eduardo Montealegre persistió en lo suyo: cátedras universitarias, publicaciones en revistas y libros extranjeros, conferencias y prólogos en Colombia y Europa, conjuez de tribunales, corredactor de códigos. Hasta que en 1990 formalizó su sociedad jurídica con Bernal Cuéllar y compraron una oficina en la calle 72 de Bogotá que les produjo dividendos.

Procuraduría y Corte

Sin embargo el destino le tenía preservados nuevos retos. Como asesor de la Asamblea Constituyente, en calidad de becario de la Fundación Humboldt en Alemania entre 1992 y 1994, y como escritor de Derecho Penal en 1995. Al año siguiente se disponía a regresar a Alemania, pero a Bernal Cuéllar lo nombraron procurador y Eduardo Montealegre entró a secundarlo.

Desde la Viceprocuraduría entendió aún más el laberinto de la justicia colombiana. "La hipertrofia legislativa que tornó inestable la aplicación de tantas normas, la indescifrable cantidad de códigos y recetas judiciales, la avalancha de reformas que homologan nuestra legislación penal con ‘El Proceso’ de Kafka”, le confesó una vez a El Espectador. Apreciaciones de un jurista que de 2001 a 2004 ofició como guardián de la Constitución, pero que súbitamente se retiró a buscar mejores destinos en el litigio. Entonces se rumoró que buscaba ser ternado para la Fiscalía, en la que finalmente fue elegido Mario Iguarán Arana en el año 2005.

Un abogado laborioso, que empieza su jornada a las 6:30 a.m. y la concluye casi a medianoche. Que no fuma ni bebe, y que prefiere su afición por el fútbol brasilero o ilusionarse cada año con su Deportes Tolima. Que se extasía con la música cubana, que difícilmente llora, que le repugna la deslealtad, y que nunca le falta en casa un paquete de achiras. Estilo y carácter de Eduardo Montealegre, un penalista y catedrático que califica la Constitución del 91 como la obra jurídica más importante de nuestra historia republicana, pero que en el año 2003 por poco es modificada sustancialmente, luego de que el gobierno Uribe presentara un referendo y que él, como magistrado ponente, tuvo que revisar en desarrollo del control de constitucionalidad.

Un externadista que lleva con rigor su cátedra y con el entusiasmo con que se hizo abogado para defender la causa de los derechos fundamentales. Ése precisamente fue el centro de su discurso de hoy en la Corte Suprema de Justicia, que lo eligió al filo de las 3:30 de la tarde, luego de 11 rondas de votaciones. Montealegre ha sido representante del Estado ante el sistema interamericano de Derechos Humanos y tendrá la difícil tarea de continuar dándole curso a trascendentales procesos judiciales que aún no concluyen.