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hace 1 hora

Cuando El Placer fue un infierno

El Centro de Memoria Histórica presentará cinco informes. Uno de ellos deja plasmada la violencia absurda que absorbió el Bajo Putumayo.

Los ‘paras’, como era lo usual, llenaron El Placer de grafitis. /Jesús Abad Colorado
Los ‘paras’, como era lo usual, llenaron El Placer de grafitis. /Jesús Abad Colorado

Se llama El Placer, pero de 1999 a 2006 fue el infierno. Durante esos años, los pobladores de esta inspección de La Hormiga (Putumayo), a orillas del río Guamuez, fueron víctimas de una crueldad inimaginable. Todo comenzó el 7 de noviembre de 1999, cuando los paramilitares llegaron al pueblo. En ese momento, El Placer era controlado por el frente 48 de las Farc, aunque ya las AUC se movían por la región. Habían pasado por el corregimiento El Tigre, zona rural de La Hormiga, donde el 9 de enero de ese año asesinaron a 26 personas, según reportes oficiales.

Se llama El Placer, pero de 1999 a 2006 fue el infierno. Durante esos años, los pobladores de esta inspección de La Hormiga (Putumayo), a orillas del río Guamuez, fueron víctimas de una crueldad inimaginable. Todo comenzó el 7 de noviembre de 1999, cuando los paramilitares llegaron al pueblo. En ese momento, El Placer era controlado por el frente 48 de las Farc, aunque ya las AUC se movían por la región. Habían pasado por el corregimiento El Tigre, zona rural de La Hormiga, donde el 9 de enero de ese año asesinaron a 26 personas, según reportes oficiales.

Putumayo, por su condición de región fronteriza con el Ecuador y su aislamiento había atraído al M-19, el Epl, ejércitos privados de narcotraficantes de los carteles de Cali y Medellín y el frente 48 de las Farc. A finales de los 90, la Casa Castaño puso sus ojos en la zona y se estableció una meta: erradicar a las Farc de allí y quedarse con el negocio del narcotráfico. Curiosamente, las Farc facilitaron que esto sucediera. A mediados de los 90, comenzaron a cobrarles más a los campesinos por producir pasta de coca. Además, creció el número de milicianos y algunos de ellos cometieron abusos contra los pobladores, quienes hasta ese momento habían ‘tolerado’ al frente 48.

Estas condiciones ambientaron la llegada de los paramilitares. Ese 7 de noviembre era día de mercado. El lugar estaba repleto de gente cuando 36 miembros del Bloque Sur Putumayo de las AUC arribaron al pueblo, se bajaron de los camiones en los que se movilizaban y empezaron a disparar indiscriminadamente. Ese día, los ‘paras’ asesinaron a 11 personas a las que dejaron botadas para atemorizar. Luego los paramilitares del Bloque Sur Putumayo, que después sería reemplazado por el Central Bolívar, sacaron al frente 48 del pueblo y lo convirtieron en su base militar, un enclave rodeado de guerrilla.

En algunas veredas los combates eran el pan de cada día. En una ocasión, las Farc y los ‘paras’ combatieron durante dos semanas seguidas. “A las seis de la tarde se encontraban y decían ‘bueno, nos vemos mañana en la mañana y seguimos”, declaró el excomandante de las AUC Alberto Romero, alias El Médico, en el programa de Justicia y Paz de la Fiscalía. Los campesinos se acostumbraron a ello e ingeniaron estrategias de supervivencia, como cavar huecos en sus casas para esconderse. En la cabecera era diferente. Allí, con las Farc acechándolos, a los paramilitares los invadió la paranoia.

Acribillaban a los campesinos porque tenían el pelo largo, porque no se metían la camisa dentro del pantalón, porque eran pálidos, porque tenían callos en las manos y cicatrices en la espalda, porque usaban botas, porque vestían camisetas de color negro o de color rojo. Estos rasgos eran, para ellos, indicios de que eran colaboradores de las Farc y que debían morir. En el caso de las mujeres, las asesinaban si hablaban duro o si caminaban rápido. A las embarazadas las obligaban a desnudarse para que demostraran que sus panzas no eran de mentiras y que bajo sus camisetas no guardaban armas para las Farc. “Eran como caníbales, como demonios”, indicó un sobreviviente de la época.

A la gente la torturaban para que confesara sus supuestos vínculos con las Farc. Les enterraban agujas en las uñas, les cortaban las orejas o los dedos. En una casa del lugar a los heridos los usaban como conejillos de indias, los abrían y cerraban para ‘educar’ a los enfermeros de las AUC. Luego los dejaban morir. “En esos cursos se hacían prácticas directamente con personas víctimas del Sur Putumayo. Eso se hizo por un video que vieron una vez de Afganistán. Cuando sabían que iban a ejecutar una persona, con ella enseñábamos a suturar y (hacer) necropsias”, señaló alias El Médico, quien dirigía las clases.

En El Edificio, otra construcción del pueblo que aún permanece de pie, torturaban a campesinos y guerrilleros por igual. Para los habitantes de El Placer era usual escuchar los gemidos, gritos y alaridos de las víctimas. Aún hoy, los campesinos dicen que alrededor de la construcción hay una mala energía que nadie ha podido eliminar. La misma que se quedó estancada en Puerto Amor, un sector a orillas del río Guamuez que debe su nombre a que, en un tiempo lejano, las parejas iban allí a besarse. Los paramilitares hicieron de él un lugar de muerte.

Desde el puente que cruza el río lanzaban a sus víctimas. En ocasiones, los pobladores encontraban sobre la estructura la ropa de los asesinados, casi siempre ensangrentada. Allí ajusticiaban a las mujeres enfermas de sida. Por un tiempo, en el pueblo se creyó que sus cuerpos contaminaban el agua y que los peces se contagiaban de este mal. Las familias de El Placer no volvieron a bañarse en el río, que se convirtió en un gigantesco camposanto. También la violencia sexual fue un arma del día a día, y a las sospechosas las violaban, mutilaban sus genitales o las empalaban. A las prostitutas del pueblo las condenaron porque, decían, habían trabajado con guerrilleros y, por ello, estaban sucias.

Una de ellas le narró al Centro de Memoria Histórica, su violación: “Una noche que íbamos con mi novio para mi casa, nos salió un grupo de nueve paramilitares. A él lo amarraron y a mí me empezaron a desnudar a la fuerza y a golpearme muy duro […] me decían que siempre iba a ser una prostituta de la guerrilla y me insultaban. A él también le decían que era guerrillero, que por eso andaba conmigo. Después empezaron uno por uno a penetrarme, me golpeaban la cara, arrancaron mi cabello, me metieron sus penes por la boca y en un momento empezaron a meterme sus pistolas en mi vagina. Luego me llenaron de arena y piedras en mi vagina y me dijeron que yo nunca me iba a olvidar de ellos. Que me iban a dejar viva solo para que recordara que nunca debía meterme con guerrilleros”.

Los ‘paras’ le dijeron que eso le pasaba “por guerrillera, por ser una prostituta cochina”. Y agregó la mujer: “Después de esa noche mi vida cambió mucho, yo como mujer quedé inservible. Durante meses yo no quise ver a nadie. La violación me dejó fracturada el lado derecho de mi cadera. Perdí a mi bebé, me sacaron el útero y mi rostro quedó desfigurado. No continué con mis estudios y por muchos años no pude estar con nadie. Ahora sigo sola, sin la posibilidad de ser madre, sin ejercer la prostitución. Supe que mi novio, después de mi violación, se convirtió en un sicario, dicen que para vengar lo que me hicieron a mí, nunca más lo volví a ver y supe también que lo mataron. Él no era guerrillero, y yo tampoco”.

A las mujeres las obligaban a ser ‘decentes’ y dóciles. No podían levantar la cara ni reprochar. Aquellas que por decisión propia se relacionaron afectivamente con los ‘paras’ fueron tildadas de degeneradas. Otras mujeres se convirtieron en los guardaespaldas de sus maridos: sabían que si los veían con sus familias les respetaban la vida. “Nos convertíamos en sus sombras”, contó una de ellas. Las mujeres fueron parte esencial de la supervivencia de la población: “Nosotros aguantamos todo, no nos fuimos, nos quedamos, qué íbamos a irnos, éramos gente inocente. Aquí había hartísimos trabajadores, y para coger y dejar botada la finca. Eso no. Entonces dijimos: ‘que sea lo que Dios quiera’ y nos quedamos aquí”, le dijo al Centro de Memoria Histórica una de ellas.

Hubo esfuerzos como el de las profesoras de la escuela que, en medio de la guerra, instruyeron a los niños de El Placer. Frente a la escuela se producían gran parte de los fusilamientos. Además, los pequeños habían desarrollado una suerte de admiración por los paramilitares. Las profesoras tuvieron que luchar contra todo esto y aún hoy, que la presencia de grupos armados ilegales en la zona continúa, lo siguen haciendo. También el del padre Nelson Cruz que, junto a la comunidad, construyó un Museo de la Memoria, que permaneció hasta que el clérigo fue trasladado de parroquia.

La violencia en El Placer no ha cesado, el frente 48 de las Farc sigue por la zona. No obstante, la desmovilización de las AUC en 2006 le dio un respiro a la población. “La historia de Putumayo es la historia del conflicto armado pero también de la resistencia”, asevera Memoria Histórica en la introducción del libro El Placer: mujeres, coca y guerra en el Bajo Putumayo, que presentará el próximo miércoles junto con otros cuatro informes. La historia de El Placer sintetiza la de Colombia: narcotráfico, guerrilla, paramilitares, un Estado ausente y una sociedad en resistencia.

Las escenas que allí se vivieron parecen sacadas de una historia de terror, de la peor de ellas. La crueldad, la sevicia se ensañó con esta comunidad que cruzó la cordillera con un futuro mejor en mente. Si en El Placer sigue viviendo gente es porque, seguramente, sus habitantes continúan con la idea de un futuro mejor en la cabeza.

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