Dos caras, una sola tragedia

Los dramas de las familias Vives y Beltrán Franco. Uno era civil, el otro es militar. Uno estuvo en poder del Eln, el otro permanece con las Farc. Uno murió en cautiverio, el otro sigue con vida. Y aunque sus familias nunca se han conocido, el secuestro cruzó para siempre  las vidas de todos.

El drama de la familia Vives

“Han sido golpes durísimos para todos, en especial para mi mamá. El primero   fue el 14 de junio de 1997, cuando asesinaron a mi hermano Pepe por oponerse a un secuestro. Ese día salí para el lugar, en el camino me crucé con Mauricio, quien venía de allí porque se encontraba trabajando  cerca de donde ocurrió el asesinato. Nos detuvimos y él me dijo ‘súbete y vamos que no hay nada que hacer’. Yo dejé el carro en la vía y nos fuimos  rápido a la casa de mi mamá, a darle la trágica la noticia”.

Así narra el arquitecto Juan Ignacio Vives Lacouture apartes de la tragedia que desde hace más de una década los ha perseguido. Han sido situaciones adversas que hoy los tienen en la búsqueda de la libertad de Luis Eduardo, detenido por supuesto favorecimiento electoral de los paramilitares, así como del conocimiento de la verdad del asesinato de Mauricio.

El 8 de noviembre de 2005, un día después de haber cumplido 40 años de edad, Mauricio Vives fue secuestrado por el Eln en el corregimiento de Matita, en La Guajira, cuando salía temprano a atender asuntos agropecuarios. La familia, en cabeza del entonces congresista Luis Eduardo Vives Lacouture, inició gestiones para rescatarlo, pero en un combate entre el Ejército Nacional y el grupo subversivo, el 22 de mayo de 2007, murió de un disparo en la cabeza.

“Ese día salimos en compañía de mis hermanos Raúl, Roberto y Álvaro para la casa de mi mamá, a darle la  noticia. Nos  enteramos de la muerte porque los guerrilleros del frente Gustavo Parmesano del Eln nos llamaron y dijeron que el Ejército lo había matado y se habían llevado el cuerpo”.

Más unida que nunca, la familia Vives no deja de seguir adelante en la búsqueda del esclarecimiento de la forma cómo murió Mauricio Ernesto. Hoy esperan esclarecerla, justo en momentos cuando la Procuraduría abrió investigación disciplinaria contra nueve servidores públicos vinculados al Ejército Nacional por este hecho. Situación que contrasta con la gran popularidad de la que gozan las Fuerzas Militares por el rescate de 15 secuestrados en poder de las Farc.

“Nosotros no sindicamos a ninguno, lo único que pedimos es que si fueron los militares, si fueron los guerrilleros, que el país sepa lo que sucedió con la muerte de Mauricio y lo que hicieron después de que lo mataron”. Con la esperanza de que el crimen de su hermano se aclare y Luis Eduardo recobre su libertad, Juan Vives se marcha a Santa Marta para seguir al frente de las obras que edifica, sabiendo que otra vez debe regresar a Bogotá. “A pesar de lo que nos sucede, seguimos para adelante porque hay que continuar. Nosotros esperamos que esto se resuelva pronto, aunque la vida está llena de problemas y presiones, pero esperamos que muy pronto salgamos de esta crisis”.


Una lucha hasta el final

Cuando las Farc asaltaron el Batallón de Contraguerrillas N° 52 en El Billar (Caquetá) —ataque que comenzó el 2 de marzo con la muerte de uno de los soldados por el disparo de un centinela guerrillero— los padres del entonces cabo primero Luis Alfonso Beltrán no sabían que su hijo hacía parte del grupo de militares emboscados por los subversivos. De hecho, ni siquiera sabían que él había sido trasladado para esa región.

Llevaban seis meses sin hablar con él, desde septiembre de 1997. Lo único que sabían de su hijo era que iba a ser ascendido de rango, y que para hacerlo, debía viajar a Bogotá, en donde lo estaban esperando. Pero cuando sucedió el ataque, una amiga de Luis Alfonso, a quien él le había dicho que quería sorprender a sus padres con su presencia, fue quien alertó a doña Viriginia, su madre, sobre el riesgo que corría el cabo.

Doña Virginia Franco y don Eufrasio Beltrán, una pareja de septuagenarios padres del soldado, no se despegaron del radio ni del televisor mientras éstos transmitieron las noticias sobre los sucesos en Caquetá. En su humilde casa de piso de cemento y paredes color aguamarina, localizada en el sur de Bogotá, esperaban recoger cualquier dato que les indicara qué había pasado con “Alfonso”, como le dicen en su casa.

Pero durante cuatro días, el mutismo  en cuanto a la suerte de su hijo fue absoluto.  “Fuimos a la Escuela de Artillería, al Hospital Militar a ver si era uno de los heridos, pero nadie me daba razón. Hasta que, a la cuarta noche de combates, una vecina llegó corriendo a la casa a decirnos que en los medios había salido una lista de secuestrados y que mi hijo hacía parte”, recuerda doña Virginia.

Para ese entonces, ella trabajaba con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar como madre comunitaria. Pero la toma le cambió por completo el panorama. Al año siguiente del incidente se conformó Asfamipaz (Asociación Colombiana de Familiares de miembros de la Fuerza Pública retenidos y liberados por grupos guerrilleros), de la que ella hace parte. Y las actividades de esta organización, sumadas a otras gestiones personales, empezaron a trastocar su rutina.

Las ausencias de doña Virginia en su trabajo comenzaron a hacerse más frecuentes. Ella, junto con su esposo, vivía en la Fiscalía, en el Ministerio de Defensa, en el Comando del Ejército; en cualquier lugar donde les pudieran dar razón de Luis Alfonso. “Mis compañeras decían que yo dejaba a los niños solos, que estaba incumpliendo con mis labores. Entonces me tocó dejar de ser madre comunitaria”, cuenta doña Virginia.

Los padres del sargento Beltrán creen que es una ironía que su hijo esté en poder de la guerrilla. Cuando él era un niño, su familia se fue de su finca en Puerto Boyacá para evitar que cualquiera de sus cuatro hijos cayera en manos de los guerrilleros. Y hoy en día, precisamente, de esas manos de depende su destino. 

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