Así se desvió el expediente de Jaime Garzón

El Espectador revela un documento de 91 páginas que detalla paso a paso cómo se torció la investigación sobre el asesinato del reconocido humorista político, ocurrido en agosto de 1999.

El humorista Jaime Garzón fue asesinado el 13 de agosto de 1999. Archivo - El Espectador
Tan solo unas horas después de que sicarios asesinaran al humorista Jaime Garzón, el 13 de agosto de 1999, ya el DAS había elaborado un sofisticado complot para desviar el expediente, plantar testigos falsos, obstruir a la justicia e impedir que a la vuelta de los años Colombia conociera el rostro de los homicidas. Un expediente con múltiples cabos sueltos, innumerables hipótesis jamás investigadas, varios militares bajo sospecha y un único condenado —ya muerto, Carlos Castaño Gil—. Un crimen impune.
 
Sin embargo, en los últimos años la Fiscalía ha intentado enderezar este caso y esta semana pidió la condena del exsubdirector del DAS José Miguel Narváez, acusado de instigar la muerte de Garzón por considerarlo auxiliador de la guerrilla. Un señalamiento que se suma a otros expedientes en los que Narváez resultó como protagonista: el crimen del senador Manuel Cepeda (9 de agosto de 1994), el secuestro de Piedad Córdoba (21 de mayo de 1999), una supuesta “cátedra” que dictó en campamentos de las autodefensas bajo el título de “¿Por qué es lícito matar comunistas?”, y hasta las chuzadas del DAS entre 2003 y 2005.
 
Mientras la justicia determina la responsabilidad de Narváez, la Fiscalía acaba de producir un documento que advierte sin rodeos que se urdió un montaje al más alto nivel del DAS, que no pudo haberse desarrollado exitosamente sin la colaboración del mismo ente investigador, con el objetivo de impedir el hallazgo de los máximos responsables. Un escrito de 91 páginas que reconstruye paso a paso los yerros del expediente, los testigos embuchados y las pistas falsas, y que al mismo tiempo se pregunta por qué más de 50 hipótesis o informaciones sueltas sobre los autores del homicidio del reconocido humorista fueron descartadas sin mayores pesquisas.
 
De acuerdo con este documento, conocido por El Espectador, la obsesión del DAS por imponer una serie de testigos falsos en Medellín y Bogotá derivó en que la justicia procesara durante años a Juan Pablo Ortiz, alias Bochas, y Edilberto Sierra, alias Toño, finalmente absueltos en 2004, mientras la tesis de que altos mandos militares estuvieron detrás del crimen fue desechada de plano. Lo peor es que el montaje hasta burdo fue. La testigo María Amparo Arroyave apareció en el DAS ese mismo 13 de agosto de 1999 para dar un retrato hablado de los sicarios de Garzón. La llevaron los detectives Alfonso Guarnizo y Fernando Parga. Después, el DAS salió con otros dos testigos: Maribel Jiménez y Wilson Raúl Ramírez.
 
Sus mentiras llevaron a la cárcel al Bochas y a Toño, mientras la Fiscalía maniobraba para encontrarles un nexo con Carlos Castaño. Los errores en las descripciones físicas, las múltiples incongruencias, entre otro largo etcétera de errores advertidos por la parte civil del caso y el procurador Leonardo Martínez, fueron desoídos por el fiscal de turno. El informe de la Fiscalía sostiene que hábilmente los detectives de la agencia de inteligencia que participaron en el montaje no incluyeron sus nombres en los informes que debían reposar en el expediente y, en cambio, sólo dejaban sus números de carné. Hoy se rastrean once de esos nombres.
 
El documento constituye una especie de mea culpa de la Fiscalía por todo lo que no se investigó mientras el DAS le metió los dedos a la boca. El organismo de inteligencia estructuró testigos y pistas para desviar el proceso mientras posaba como una entidad efectiva en la lucha contra los violentos. Y no tuvo empacho en amedrentar a la periodista Claudia Julieta Duque cuando comenzó a investigar este caso. Al punto que crearon un manual para amenazarla, le dejaron quesos podridos a su casa, la siguieron en taxis oficiales y le advirtieron que iban a desmembrar a su hija. Tuvo que salir al exilio, destrozada, y hoy la Fiscalía tiene claro el nombre de sus verdugos: José Miguel Narváez y siete detectives más, acusados de tortura sicológica.
 
De vuelta sobre la desviación del caso Garzón, el documento de la Fiscalía asegura que fue evidente el montaje y que es urgente determinar qué funcionarios lo ejecutaron desde Medellín y Bogotá. En aquel entonces el director seccional del DAS en Antioquia era Emiro Rojas, quien fue nombrado subdirector del DAS en los tiempos de Jorge Noguera Cotes, condenado a 25 años de prisión ni más ni menos que por homicidio. Dicho nombramiento se dio por orden del presidente Álvaro Uribe, quien trabajó con Rojas cuando fue gobernador de Antioquia, entre 1995 y 1997. Asimismo, se identifica a Pablo González como director de investigaciones del DAS. Ambos tuvieron roles esenciales en los devenires de este expediente.
 
“El montaje y su éxito en el momento de la investigación vinculan los esfuerzos de todo el DAS como entidad”, sostiene este informe de contexto, que además detalla que Emiro Rojas estuvo entre septiembre de 2002 y mayo de 2005 en la Subdirección del organismo de inteligencia, cargo que le entregó a José Miguel Narváez, capturado en agosto de 2009. Rojas, quien participó en la comisión creada por el gobierno Uribe en noviembre de 2005 que buscó amainar el escándalo por la infiltración del paramilitarismo al DAS ha desmentido una y otra vez ser el responsable del montaje de ese organismo para desviar el caso Jaime Garzón, pero hay dudas.
 
En documentos remitidos por él a su jefe, Pablo González, pocos días después del crimen de Garzón, consta la aparición de los testigos falaces, muchos de los cuales, después de dar una primera versión no pudieran ser ubicados, o resultó que en el caso del testigo Wilson Raúl Ramírez se determinó que era un probado extorsionista que oficiaba como informante del DAS en Medellín, a cambio de obtener beneficios personales. En esas vueltas para torcer las pesquisas fue fundamental Wilson Javier Llano, alias el Profe, quien le presentó el testigo Wilson Ramírez al director Rojas.
 
Lo dijo sin ambages el juez especializado de Bogotá Julio Roberto Ballén, en marzo de 2004, cuando absolvió al Bochas y Toño y sólo condenó a Carlos Castaño Gil: en el caso Garzón “hubo un burdo montaje”. Por eso ordenó investigar a los funcionarios del DAS que presuntamente manipularon a los testigos, entre ellos Emiro Rojas.
 
Lo increíble es que dicha orden al parecer no se cumplió y el caso quedó en manos del director de la Oficina de Control Interno del DAS, Carlos Arzayús, quien archivó los procesos. Hoy Arzayús purga una condena por el caso de las chuzadas. Y, tal como asegura el documento de la Fiscalía, quienes pudieron haber cohonestado este complot para desviar el proceso resultaron ascendidos: Rojas como subdirector y el detective Guarnizo —quien llevó al proceso a María Amparo Arroyave— como director seccional en el Meta. Lo grave de María Amparo Arroyave es que fue sobre su testimonio que se articuló parte del andamiaje del engaño.
 
Ella declaró que vio desde el cuarto piso de su apartamento, ubicado en el sector de Corferias en Bogotá, los rostros de los sicarios que ese 13 de agosto de 1999 a las 5:45 de la madrugada asesinaron a Jaime Garzón. Lo hizo a decenas de metros de distancia y cuando la moto estaba en movimiento. Aun así tuvo la desfachatez de asegurar que uno de los asesinos no tenía lunares en la cara. Fue la testigo estelar que presentó el DAS. No obstante, durante dos años se escabulló para evitar que las autoridades hicieran una inspección judicial a su apartamento con el ánimo de advertir la distancia y la perspectiva que tuvo el día del crimen. Después de muchas vueltas, dicha diligencia se hizo en el apartamento del tercer piso del edificio, pues Arroyave jamás apareció. La tramoya quedó en evidencia.
 
“Debido a la calidad del montaje, su nivel de complejidad, así como la coordinación entre dos dependencias que jerárquicamente no la tenían (la Dirección Seccional de Antioquia y la Dirección General de Investigaciones), se puede evidenciar que la labor que se emprendió al interior del DAS para desviar la investigación no dependía únicamente de los detectives que participaron en ella. Para lograr la adecuada ejecución del montaje se hacía necesario el involucramiento de altos directivos de la institución”, señala la Fiscalía. Y, además, enumera los problemas que no vio en su momento el fiscal Eduardo Meza, como darle relevancia a la tesis que le metió por los ojos el DAS y obviar otras, como que el móvil de la muerte de Jaime fue su intermediación humanitaria en la liberación de secuestrados por parte de las Farc.
 
Fue la insistencia del procurador Leonardo Martínez y del abogado Alirio Uribe, hoy congresista, la que develó todos los entuertos y lagunas del expediente. No se valoraron a tiempo las dilaciones injustificadas de muchos testigos embuchados, ni las retractaciones que les siguieron. Aún más grave, según el documento en poder de este diario: entre 1999 y 2002 la Fiscalía pasó por alto cerca de 50 informaciones que llegaron al expediente sobre los posibles autores del crimen y, en contraste, sólo compró la tesis fabricada por el DAS. En algunas de estas líneas de investigación aparecieron los nombres de militares como el general (r) Rito Alejo del Río, condenado a 26 años de prisión, o incluso el del general (r) Jorge Enrique Mora Rangel, hoy negociador en Cuba.
 
Múltiples teorías del caso que fueron pasadas de largo, descartadas de plano o ni siquiera consideradas. Llegó información de fuentes en Bogotá, en Medellín, incluso de posibles testigos en la cárcel, reportes de policía en los alrededores de la residencia de Jaime Garzón; se dieron los nombres de presuntos sicarios, placas de vehículos y de motos y apareció un informante, conocido con el alias de Manguera, que salpicó a un general del que dijo lo visitó en la cárcel de Manizales. Cuando la Fiscalía intentó verificar su relato, no encontró los registros de entrada y salida de los visitantes precisamente el día en que ese alto oficial supuestamente habló con Manguera. 
 
Demasiada información que, a juicio de la Fiscalía de hoy, fue desechada muy pronto. Sobre todo la que direccionaba el caso en el contexto de una presunta animadversión de altos integrantes de la Fuerza Pública con las gestiones humanitarias de Garzón al ayudar a liberar secuestrados en Cundinamarca. El humorista sabía de una orden para asesinarlo e incluso gestionó un encuentro con Carlos Castaño para el 14 de agosto de 1999, a través del capo Ángel Gaitán Mahecha, detenido en La Modelo. Pero fue asesinado el 13. “La Fiscalía no profundizó en un gran número de hipótesis, pero particularmente aquellas que involucraban instituciones estatales como la Fuerza Pública”.
 
La cadena de errores en el expediente es larga. Muchas evidencias se obviaron, se mantuvo la credibilidad sobre testigos falaces, se forzaron conexiones y se desoyeron las críticas. Hoy se indaga si en la Fiscalía hubo más que una simple negligencia. No se descarta que quienes fraguaron el complot sean los mismos que intentaron torcer el expediente. La solicitud de máxima condena contra el exsubdirector del DAS José Miguel Narváez, así como la vinculación al caso del coronel (r) Jorge Eliécer Plazas Acevedo y la reiterada solicitud de versión libre de Rito Alejo del Río, parecen demostrar que luego de 16 años las autoridades están detrás de una pista seria. Quizá si se resuelve el misterio de quiénes patrocinaron la desviación del caso pueda ponérseles rostro, por fin, a los asesinos de Jaime Garzón, ese genio del humor político que nos arrebató la violencia.
 
Jaime Garzón, la sonrisa de Colombia
 
Jaime Garzón, asesinado el 13 de agosto de 1999, a la edad de 39 años, fue durante su corta vida humorista, periodista (en medios como la revista Cambio, Radionet, CM& y Caracol Televisión), alcalde local de Sumapaz y hasta negociador de paz. Estudió derecho pero nunca se graduó.
 
A finales de los 80 fue designado alcalde local de Sumapaz por el entonces alcalde de Bogotá, Andrés Pastrana, pero fue destituido. Entonces hizo el salto a la televisión. Primero como parte de Zoociedad, un programa de humor en el que encarnaba al personajes como Émerson de Francisco, que se burlaban sin tapujos de la sociedad colombiana del momento.
 
Luego pasó a ¡Quac! El Noticero, en el que surgieron algunos de sus personajes más famosos, como Néstor Elí y John Lenin. Luego vino su personaje más famoso, Heriberto de la Calle, un lustrabotas que entrevistaba políticos y celebridades, a los que hacía quedar en ridículo, y al cual encarnó hasta su muerte.