Carlos Gaviria recuerda a Luis Fernando Vélez

En un programa radial sobre la relación de Vélez con la literatura, el exmagistrado resaltó las cualidades que como escritor, lector y orador tenía el defensor de derechos humanos asesinado por el paramilitarismo en 1987.

Luis Fernando Vélez y Carlos Gaviria. /El Colombiano -Archivo

Luis Fernando Vélez fue asesinado el 17 de diciembre de 1987, seis días después de haber asumido la presidencia del Comité Permanente para la Defensa de los Derechos Humanos en Antioquia. 

El 25 de agosto de ese año, el trabajo por la defensa de los derechos humanos le había también costado la vida al médico Héctor Abad Gómez. En el tercer aniversario del homicidio de Vélez, el programa radial Signos en Rotación, del sistema de comunicaciones de la Universidad de Antioquia, le rindió un homenaje.

Entre sus invitados contó con la presencia de Carlos Gaviria, quien fue su profesor y gran amigo suyo. Sobre el gusto profundo por la lectura y la escritura que tenía Vélez, Gaviria contó la siguiente historia:

“Fernando nunca fue un estudiante brillante, en contraste con su brillo como hombre, como orador y como escritor. Yo atribuyo esa circunstancia al hecho de que su personalidad no se adhería a las reglas ordinariamente muy rígidas y muchas veces poco razonables que prevalecen en las instituciones académicas, incluyendo la propia universidad. Yo fui profesor de Luis Fernando en la universidad, y Luis Fernando perdió incluso mi materia. Yo fui su gran amigo desde el principio, fuimos amigos entrañables, pero justamente yo adivinaba que detrás de Luis Fernando más que el estudiante mediocre, rebelde a las disciplinas impuestas por la universidad, existía un hombre de una calidad humana, y no sólo de una calidad humana, sino de una calidad intelectual que posiblemente rebasaba los métodos que regían las instituciones educativas.

Esa actividad, (respondiendo sobre lo humano y lo divino en Luis Fernando, quien era antropólogo y teólogo), se conjugaba en Luis Fernando de una manera bastante lógica y bastante coherente, porque a mí me parece que las grandes obsesiones de Luis Fernando Vélez eran dos, Dios y el hombre, y eso lo llevó a estudiar por una parte teología y por otra parte antropología y derecho. Yo creo que el derecho estaba precisamente en la encrucijada de esas otras dos disciplinas y me parece que las tres las cultivaba con verdadera pasión. Y que revelan auténticamente lo que era, lo que había detrás de ese rostro a veces severo, a veces agresivo, pero siempre tierno de Luis Fernando Vélez.

Él era un hombre de una autenticidad extraordinaria. Yo compartía muchas de las lecturas con Luis Fernando, desde luego teníamos temas afines, géneros literarios afines, pero Luis Fernando siempre se negaba a leer textos que él consideraba ladrillos. Una vez dijo que mi biblioteca parecía un tejar, que eso era una ladrillera, que eso estaba lleno de cosas absolutamente imposibles. Él era un lector que conjugaba muy bien la necesidad de informarse, y estudiar muy bien las disciplinas en las que trabajaba, con el placer. Él era ante todo una persona que buscaba la lectura por placer.

Yo podría decir que le recomendé algunas veces varios libros. Le regalé también algunos, y algunos con buen éxito y otros no. Les puedo contar por ejemplo que uno de los libros que más disfrutó Luis Fernando, y yo celebro siempre habérselo regalado, fue una novela de William Saroyan que se llama “La Comedia Humana”, que es la historia de una familia en Ítaca, un pueblo de California, que transcurre durante la Segunda Guerra, y el mensaje naturalmente de Saroyan es de pacifismo, un mensaje bastante tierno, de manera que estaba muy en la línea de Luis Fernando.

Varias veces le proporcioné libros de André Malraux, pero nunca los disfrutó, me los devolvía después de leer diez páginas y me decía: “Eso es para usted que le gustan los ladrillos”. Él era bastante selectivo en esa materia de acuerdo con sus gustos, o sea, nunca se imponía libros por snob o por aparentar que leía cosas importantes, la lectura de un libro que no disfrutara.

Yo tengo una anécdota también de Luis Fernando como escritor. Recién llegado yo al profesorado de la facultad de derecho, Luis Fernando era estudiante y yo sabía que escribía cuentos, aun cuando se cuidaba mucho de mostrármelos.

En alguna ocasión yo fui jurado de un concurso de cuentos para estudiantes que hubo en la universidad, entonces yo lo desafié a que se presentara al concurso y él naturalmente me dijo que ni riesgos, que si yo era tan severo como profesor, cómo sería de crítico y que él no se iba a someter a semejante tortura. Sin embargo, Luis Fernando participó con el seudónimo de Jaibaná, con un cuento hermoso que se llamaba Achira, que obtuvo el segundo puesto.

Yo puedo dar fe de la capacidad verbal de Luis Fernando, de su capacidad como improvisador. Realmente no era de recitar un discurso que se había aprendido de memoria, sino improvisar de una circunstancia en la que él no estaba preparado como orador.

Yo puedo dar fe de lo siguiente: juntos asistimos muy conmovidos al entierro del doctor Eduardo Uribe Botero, porque para nosotros era un hombre de grata recordación en la universidad, y en el momento en que habían terminado los oradores oficiales sus discursos, yo le sugerí a Luis Fernando: “Por qué no dices unas palabras”. Y Luis Fernando como un rayo se subió a la tribuna y pronunció el discurso más bello que se dijo en el entierro del doctor Uribe Botero.

Era tan cercano a la tradición oral, a la narración de cuentos que yo recuerdo que alguna vez, hace unos 10 años, en una temporada navideña en Rionegro, estuvo en mi casa durante tres noches consecutivas contando un cuento que es famoso en la tradición de Antioquia y Caldas. Es el cuento de Sebastián de las Gracias. No son muchos los campesinos que hoy todavía conocen y cuentan ese relato que él presentó de una manera tan magistral. Yo le decía que tenía, hacía mucho tiempo, ganas de conocer ese cuento, porque sabía de su existencia y su tradición, pero no lo conocía. Y Luis Fernando durante tres noches consecutivas lo estuvo contando.

Yo quiero agregar, sobre la vocación de Luis Fernando por el estudio de las comunidades indígenas, y me parece que esto tiene que ver con el libro que ahora reedita la Universidad de Antioquia. Voy a hacer algunas consideraciones que escribí en un breve prólogo para el libro, y es esto. Me parece que una de las obsesiones de Luis Fernando fue una de las que ahora puse de presente.

Luis Fernando era un hombre profundamente religioso. Me parece que su obsesión fundamental era por conocer el origen y el fin. Él era un hombre profundamente religioso en el sentido menos convencional y más auténtico de la palabra, o sea que nunca fue un militante de iglesia, si no que fue de un profundo sentimiento religioso y me parece que en esa versión que él da de los relatos de la cultura Katía hay una emoción poética que sólo puede traducir un hombre de un profundo sentimiento religioso como el que tenía Luis Fernando”.