Colombia, el país indignado por un día

Hoy se repudia el ataque con ácido que sufrió Natalia Ponce. Antes se protestó por otros crímenes infames que hoy ya nadie recuerda.

Orlando Pelayo asesinó a su hijo Luis Santiago, de 11 meses. / Archivo Javier Velasco asesinó a Rosa Elvira Cely y Dismila Ochoa. / Archivo. David Manotas Char le propinó 22 puñaladas a su vecino. / Archivo particular Fabio Salamanca mató a dos mujeres por conducir ebrio. / Archivo

Colombia es un país que se indigna por un día. A veces, cuando la salvajada es mucha, quizá dure un par de semanas. Pero la anestesia vuelve y nunca hay tiempo para el duelo. La sucesión de violencias que a diario registran las autoridades ha impedido que la sociedad pueda digerir semejantes barbaries. En cuestión de horas un crimen se traga al otro, la irritación colectiva aflora en los medios de comunicación y redes sociales, pero al final de cuentas todo se olvida. Hoy la indignación tiene nombre y apellidos: el aberrante ataque con ácido a Natalia Ponce de León.

Casi nadie se acuerda ya de las 20 cuchilladas que le propinó Giovanny Ceballos a su esposa Viviam Urrego en el centro comercial Gran Estación en Bogotá, en marzo de 2012, ante la mirada atónita de sus familiares; ni del embustero Camilo Herrera Triana, que se hizo pasar por psiquiatra con apenas seis semestres de medicina y que entregó conceptos en más de 1.900 casos en Medicina Legal; tampoco del asesinato a machetazos de Dismila Ochoa, ocurrido en 2003 en la capital del país, y cuyo verdugo saltó a las primeras páginas de los diarios en 2012 por otro horrendo homicidio: el de Rosa Elvira Cely, a quien violó y empaló en el Parque Nacional. El nombre de Orlando Pelayo desapareció de los periódicos colombianos ese mismo año 2008, cuando se registró que secuestró y asesinó a su pequeño hijo Luis Santiago de 11 meses.

Pareciera que los vaivenes de la indignación colombiana son temáticos: el crimen por el robo de un celular; la inexplicable muerte de una niña que cayó en una alcantarilla; otra más que fue lanzada desde un piso 18 por su madrastra en Medellín; el asesinato a mansalva de los estudiantes de la Universidad de los Andes Mateo Matamala y Margarita Gómez, ocurrido en enero de 2011; los ajustes de cuentas entres barristas e hinchas; los homicidios pasionales; el secuestro y homicidio del agente de la DEA James Terry Watson y otros paseos millonarios; el montaje de agentes de la Policía para justificar el crimen del joven grafitero Diego Felipe Becerra o la atroz historia de una fiesta estudiantil que terminó cuando unos jóvenes decidieron lanzar por el ascensor del edificio a Cristian David Jiménez.

Una barbarie continuada cuyos dramas en su momento fueron registrados en amplios reportajes de radio, televisión y prensa pero que, tiempo después, cayeron en el olvido porque este país tan violentado no soporta recordar sus calamidades. El comandante del Gaula de la Policía, general Humberto Guatibonza, lo dice sin rodeos: “Vivimos anestesiados. Todas las formas de violencia le produjeron al país una especie de parálisis colectiva. Esto del ácido ya lo habíamos vivido antes y hoy se recicla. Sin embargo, pronto se hablará de otro tema, de otro delito atroz. ¿Quién se acuerda hoy del secuestro del niño Vytis Karanauskas, perpetrado por las Farc, o del crimen de Rosa Elvira? Nosotros nos indignamos rápido e igual de rápido se nos baja la espuma y se pasa la página. Es una realidad”.

Angélica Urrego, hermana de Viviam Urrego, dice que en Colombia la indignación llega hasta que se acaba la noticia. “Pero el drama queda con nosotros, el vacío de su ausencia, el dolor ahí en la barriga por no tenerla. Somos indolentes, indiferentes, todo pasa y se olvida”. Angélica cuenta que su cuñado, el asesino sentenciado a 40 años, le ha dicho que en menos de 15 volverá a reclamar a su hija, hoy bajo el cuidado de los Urrego. Hace dos años ocurrió el crimen y las noticias pasaron, pero no el calvario. Ella pide que alguien se interese por la historia de Tatiana Fandiño, con quien compartió su bachillerato en el colegio y que fue asesinada el pasado 24 de marzo. Apareció desmembrada en una maleta en el barrio Roma de Bogotá.

Hace dos días se cumplió el primer año de la trágica muerte de Diana Quintero. Nunca se supo si cayó del bus en el que iba por una refriega entre hinchas o porque el conductor arrancó de súbito. Su prometido Jhonatan Herrera asegura que la justicia jamás le dio una respuesta a este interrogante y que de su caso nadie se acuerda. El Espectador, en respuesta a la absurda muerte de Diana, promovió el hashtag #FútbolenPaz para llamar la atención del país. Y sin embargo, después mataron a un hincha del Nacional en Transmilenio, en septiembre pasado, y al papá de otro aficionado que era un expolicía.

Carolina Rodríguez es prima de José Cifuentes, a quien el 29 de agosto de 2013 David Manotas Char le propinó 22 puñaladas. La víctima fue a reclamarle que le bajara el volumen a la música y después vino la tragedia. Según Carolina, ya van más de seis meses y el juicio no ha podido empezar. “Nos cuentan que Manotas permanece drogado en La Picota y escuchando música. Lo mismo hacía antes en su casa, pero ahora es gratis. Colombia es un país que sufre de amnesia temporal y la primera que olvida es la justicia. Es una payasada este sistema penal. Soy amiga del hermano de Natalia Ponce. Hoy su caso es el boom noticioso, veremos qué pasa en dos meses”.

La indignación por los conductores ebrios se evidenció en Colombia después del accidente que protagonizó el estudiante Fabio Salamanca, que segó la vida de dos mujeres y dejó en estado paralítico al taxista Hollman Cangrejo. El padre de este, José Cangrejo, reflexiona: “Colombia se indigna por un día, así ha sido siempre, en este país no se aplica la ley. A Salamanca le dieron cinco años de casa por cárcel y esa familia ni siquiera tuvo la gentileza de decirle a Hollman ‘tome al menos $10.000 para sus almuerzos’. Nuestra tragedia continúa”.

Colombia se indigna por Javier Velasco, por David Manotas, por Jonathan Vega (atacante de Natalia Ponce). Antes lo había hecho porque alias Fritanga alquiló la isla Múcura para casarse por todo lo alto, con orquestas y modelos conocidos; o por la extradición del general Mauricio Santoyo; o porque Jhon Fredy Manco, alias El Indio, se la pasara de excursión por Europa y Brasil viendo fútbol, comiendo tapas y acompañado por la modelo Sara Builes; o por el atroz homicidio de una abuela de 90 años, cuyo nieto la apuñaló 12 veces; o por las coimas que recibieron contratistas y concejales por el carrusel de la contratación; o por el saqueo a Saludcoop, o por el bombazo de las Farc contra el Club El Nogal; o por el derrumbe de Interbolsa o DMG. Nos indignamos por un día. Después, todo pasa.

 

 

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