Colombia entrena paraguayos para combatir al EPP

A nuestro país han llegado entre 2014 y 2015 alrededor de 160 militares paraguayos que buscan aprender sobre guerras irregulares.

Un grupo de 76 militares paraguayos completará el próximo viernes un entrenamiento de tres meses en la Escuela de Soldados Profesionales de El Nilo (Cundinamarca). Vinieron a Colombia a entrenarse en guerra irregular, guerra de guerrillas, pues desde 1996 el país enfrenta el crecimiento de una organización ilegal que secuestra, extorsiona, trafica droga, derriba torres de energía, y ahora, siembra minas. En 2009, la Fiscalía de ese país reveló que tenía información contundente que relacionaba al Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) con las Farc; hoy, las autoridades están convencidas de que su actuar es el mismo y sus pretensiones, también. Por eso decidieron entrenarse con quienes han combatido a las Farc desde siempre: el Ejército colombiano.

Aunque documentos oficiales dicen que nació en 2008, al EPP se le atribuyen acciones subversivas desde 1996. Para entonces se hacía llamar la Banda de Choré y su primer acto reconocido fue intentar robar el Banco Nacional de Fomento. Desde esa fecha, el grupo, que hoy puede superar los 100 integrantes, intenta consolidarse en toda la geografía paraguaya, aunque hace presencia principalmente en dos regiones, Concepción y San Pedro, donde convergen también la mayor presencia de cultivos de marihuana del país y donde se encuentran las rutas de tránsito de coca que vienen desde Bolivia y Brasil. Paraguay no produce coca, pero es, por cuenta de sus vecinos, un lugar estratégico para su tránsito.

Cuenta el coronel Bernardo Bazán, agregado militar de Paraguay en Colombia, que los cultivos de marihuana al norte del país fueron históricamente propiedad de los “financistas”, casi todos señores adinerados de Brasil que compraban grandes extensiones de tierra en la frontera, al principio, para producción de carne; al final, para marihuana. Actualmente hay varios de ellos en prisión, como Jarvis Chimenes Pavão. El EPP ha ido cooptando esos mismos espacios; parte de sus finanzas dependen de la producción y comercialización de la marihuana, el establecimiento de rutas de pasantes para coca y de extorsiones. El más famoso de sus secuestros, y que terminó en tragedia, fue el de Cecilia Cubas, hija del expresidente Raúl Cubas, plagiada en septiembre de 2004 y asesinada en febrero de 2005.

Durante el juicio contra algunos presuntos responsables de este caso, salió a flote el nombre de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia: uno de los detenidos lo confesó, el fiscal del caso también lo dijo y la madre de la víctima, Mirtha Gusinky, lo reiteró: “Detrás del grupo que asesinó a Cecilia están las Farc”. No obstante, solo fue hasta agosto de 2009 que la Fiscalía confirmó los rumores y las declaraciones de los detenidos, y anunció que tenía pruebas suficientes de que el EPP tenía vínculos con el grupo guerrillero colombiano.

Hasta 2013, la única fuerza que podía combatir el EPP era la Policía, o el Ejército cuando se decretaba estado de excepción. Sin embargo, con la llegada de Horacio Cartes en agosto de ese año a la presidencia, el Congreso refrendó un cambio en la Ley de Defensa, con la que autorizó al Ejército para actuar en casos de agresión interna como “el terrorismo y las amenazas o acciones violentas contra las autoridades”. En pocas palabras, facultó al Ejército para combatir al EPP. Esa decisión fue valorada por miembros de las Fuerzas Militares como un avance que permite aunar esfuerzos para eliminar a la organización, cuyas acciones son cada vez más similares a los fenómenos de violencia en Colombia.

“Han comenzado a quemar tractores, derribar torres de energía e implementar el uso de minas ‘cazabobos’ (antipersonal)”, le dijo el coronel Bazán a El Espectador. Y agregó: “Hombres de allá vinieron a Colombia y colombianos fueron a Paraguay entre 2002 y 2006, hasta el manual de operaciones fue elaborado por las Farc”. Pero ahora ya no son uno solo: en 2014 nació la ACA, Asociación Campesina Armada, un grupo disidente del EPP que supuestamente se separó porque sus líderes no querían obedecer al mando central. Las autoridades, sin embargo, tienen la hipótesis de que se dividieron para contar no con campesinos que cometen delitos sino con hombres entrenados para las armas.

Paraguay sabe muy bien de guerras regulares, las que ha tenido que librar con algunos de sus países vecinos. Pero de guerras irregulares está aprendiendo, y en Colombia. “El EPP es el cuarto grupo armado revolucionario de la región después de las Farc, el Eln y Sendero Luminoso de Perú”, dice el coronel Bazán. Todavía no usa cilindros, pero las minas ya han causado la muerte de 17 miembros de la Fuerza Pública: 13 policías y cuatro militares. El grupo, que se define como una organización político militar regida bajo una doctrina marxista-leninista, ha ido escalando su poderío regional y es la piedra en el zapato de unas Fuerzas Militares conformadas por cerca de 18 mil hombres.

El EPP es comandado por Osvaldo Villalba. Dos de sus fundadores, Alcides Oviedo y Carmen Villalba, fueron detenidos por el secuestro de María Edith Bordón de Debernardi en 2001.

A pesar de todos los esfuerzos, ciudadanos paraguayos como la diputada Olga Ferreira, consultada por El Espectador, piensan que los logros de la guerra que está llevando su país contra el EPP no son los esperados. “El presupuesto invertido es millonario y los resultados no son los mejores. El EPP marca la agenda del país, hay muertos cada semana. Hace unos días murió un trabajador de estancia (hacienda), y hace una semana cinco policías. El señor Edelio Morínigo lleva 398 días secuestrado”. La diputada Ferreira fue una de las opositoras más fervientes de la Ley de Vigilancia que hundió el Senado en junio pasado, y que proponía obligar a las empresas de comunicaciones a conservar información de sus usuarios durante un año, tal como funciona en Colombia.

El Gobierno argumentaba que esa herramienta podría ayudar en la lucha contra el crimen. Para los opositores como Ferreira, la ley violaba la privacidad y la intimidad de los ciudadanos: “Estaríamos muy cerca de estar vigilados, igual que ocurrió durante la dictadura”.

Intercambio de experiencias

Corren al escuchar la orden de su superior, se tiran al agua o saltan desde la plataforma de asalto. Los 76 militares paraguayos ejecutan debidamente su entrenamiento, aun cuando la altura y la temperatura distan mucho de las condiciones geográficas y climáticas de su país en esta época del año. La Escuela de Soldados Pedro Pascasio Martínez queda en Nilo (Cundinamarca), un municipio en el que la temperatura puede llegar a los 40 grados centígrados. El entrenamiento se hace con morrales que pesan entre 15 y 20 kilos. Ellos son hombres experimentados, casi todos miembros de comandos especiales. Según sus superiores, más que el aprendizaje en técnicas de combate, su mayor ganancia al venir a Colombia es la interacción con los soldados de aquí, escuchar las lecciones aprendidas de quienes han estado en terreno.

El ejército paraguayo empezó a visitar Colombia en 2008 para realizar cursos de inteligencia, de lanceros, de acción integral, de guías caninos para detectar explosivos y, desde 2014, de soldados profesionales. Para el coronel Bazán, que llegó hace cinco meses a Colombia como agregado militar de su país, ese intercambio les ha permitido aprender lecciones significativas como la acción integral, que consiste en la intervención que se hace en las comunidades, con educación, infraestructura y salud.

“Lo más importante que aprendemos es que la base de la revolución es la población. El EPP tiene sometidos a los pobladores del norte. Si se les pregunta a los pobladores por los cabecillas, dicen que no los conocen. ¿Por qué? Por temor: a una señora hace poco le pusieron explosivos en la cara y se la volaron porque pasaba información. O por conveniencia, porque manejan dinero sucio, pagan en dólares. No es fácil separarlos de la población civil para combatirlos. Sabemos que la experiencia propia que llega tarde cuesta caro, por eso recurrimos a la experiencia de Colombia”. El coronel Bazán añade que en su país están muy expectantes del proceso en La Habana, pues temen que quienes no quieran acogerse a un posible escenario de posconflicto migren a otras regiones, incluidas las selvas paraguayas.

Colombia ha consolidado convenios, tratados y relaciones con otras naciones para, como lo expresó el exviceministro de Defensa Jorge Bedoya en una entrevista a este diario hace algunos meses, “exportar seguridad”. Precisamente, el lugar donde se encuentran los 76 suboficiales y oficiales del país guaraní ha sido escenario de otros intercambios militares. En 2010 un grupo de soldados peruanos se entrenó allí y en 2014 fue el escenario de entrenamiento del primer grupo de soldados paraguayos.

El convenio con Paraguay hace parte de la oferta académica que Colombia le ha ofrecido a ese país como cooperación militar. El coronel Bazán explicó que se está evaluando la posibilidad de firmar un acuerdo bilateral de cooperación. Paraguay tiene experiencias en operaciones de mantenimiento de la paz en Haití y observadores militares en Naciones Unidas, dispersos en Congo, Costa de Marfil, Eritrea. En los próximos meses se espera que el comandante de las Fuerzas Militares, el general Juan Pablo Rodríguez, visite Paraguay, y en noviembre, su par vendrá a Colombia.

Amistad histórica

Entre 1865 y 1870, Paraguay perdió el 90% de su población masculina y una tercera parte de su población total. Se estima que sobrevivieron unas 200.000 personas. Brasil, Argentina y Uruguay habían pactado una alianza y, con ella, el aniquilamiento del país. Colombia, en cambio, emitía notas sucesivas de apoyo a Paraguay y de protesta contra la Triple Alianza. En 1869, el Congreso colombiano expidió un decreto para expresar su admiración por la resistencia paraguaya. Un año más tarde, formuló esta resolución: “Si por efecto de la guerra, el Paraguay desapareciera como nación, ningún paraguayo será paria en América”. Se garantizó que si el país guaraní desaparecía, los paraguayos serían automáticamente colombianos”.

Ese gesto selló una relación de fraternidad entre ambos países que no ha cesado. Hoy, siglo y medio después, los paraguayos no vienen a Colombia a pedir la nacionalidad, pero sí a aprender a pelear otra guerra, que es similar a la que Colombia lleva más de 50 años luchando. Ellos esperan que su conflicto no se extienda de la misma forma ni desangre nuevamente su joven país, que apenas se está recuperando demográficamente: de los ocho millones de habitantes que tiene, el 70% es población menor de 35 años. Es una carrera por el repoblamiento y la supervivencia que no quieren perder.

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