Cuando el clan Úsuga intentó comprarse una guerrilla

En 2007 el clan ofreció entre 3 mil y 4 mil millones de pesos por el ERG. Pese a las negociaciones, el Ejército Revolucionario Guevarista decidió desmovilizarse y se convirtió en la primera guerrilla condenada en el marco de la Ley de Justicia y Paz.

Las bandas criminales se han convertido en una de las mayores amenazas al proceso de paz debido a la posibilidad de que estas estructuras —las mayores violadoras de derechos humanos en Colombia hoy, según la Defensoría del Pueblo— terminen convertidas en un escampadero para guerrilleros que no se desmovilicen. Es un temor con fundamentos: por lo menos el 10% de los integrantes de estos grupos delincuenciales son paramilitares que nunca entregaron las armas o desmovilizados que se rearmaron.

No es descabellado pensar en la posibilidad de que, firmada la paz, estos grupos delincuenciales traten de quedarse con lo que dejen las Farc. O intenten, incluso, apoderarse de frentes enteros que se nieguen a desmovilizarse. En la historia del conflicto colombiano, un revelador antecedente indica qué podría pasar. En 2008 el clan Úsuga ofreció entre $3.000 millones y $4.000 millones por una guerrilla entera: el Ejército Revolucionario Guevarista (Erg), una disidencia del Eln fundada en 1993.

Los guevaristas estuvieron muy cerca de unirse a la banda criminal, pero no lo hicieron y terminaron desmovilizándose y acogiéndose a la Ley de Justicia y Paz. A finales del año pasado se convirtieron en la primera guerrilla en ser condenada en el marco de la justicia transicional. Pero si este negocio, del que hasta ahora se conocen detalles, hubiera sido exitoso, todo habría sido distinto. El clan sería más fuerte de lo que ya es: una amenaza aún peor.

Los pormenores de estas conversaciones, desconocidas durante años, hacen parte de un reciente fallo de 2.440 páginas en el que el Tribunal de Medellín condenó a 20 integrantes del Erg. Las negociaciones, de acuerdo con la sentencia, empezaron en 2007. En ese momento el clan Úsuga, entonces conocido como los Urabeños, era una banda criminal en crecimiento. Fundada por Daniel Rendón Herrera, alias Don Mario, un jefe paramilitar que se negó a desmovilizarse hasta que fue capturado, la organización se apoderaba lentamente de lo que habían dejado las Autodefensas Unidas de Colombia.

Don Mario sostenía que el Gobierno no había cumplido con los acuerdos de Santa Fe de Ralito (Córdoba). Y por ello armó un ejército con excombatientes del Epl, que compartían, a su vez, el hecho de haber sobrevivido a la guerra entre el bloque Centauros, de las Autodefensas Unidas de Colombia, y las Autodefensas Campesinas de Casanare, comandadas por Héctor Buitrago, alias Martín Llanos. Un conflicto que dejó, según las autoridades, unos 2.000 muertos en los Llanos Orientales.

Este ejército se estableció en Urabá y desde allí se expandió hacia las regiones vecinas, aun tras la captura de Don Mario, en 2009. Lo hizo a sangre y fuego. Las autoridades lo acusan de masacres en Buenaventura (Valle), Envigado (Antioquia) e incluso en Venezuela. Hoy hace presencia en 264 municipios de 23 departamentos, según un reciente informe del Instituto para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), lo que lo convierte en la mayor banda criminal de Colombia. El clan Úsuga ha mostrado interés en iniciar un diálogo con el Gobierno para un posible sometimiento a la justicia, como el del Ejército Revolucionario Popular Anticomunista (Erpac) en 2011.

Ya hay un proyecto de ley para facilitar este proceso. Sin embargo, hasta el momento no ha habido avances y el Gobierno ha dicho que las bandas criminales no van a ser incluidas en el sistema de justicia transicional que puede resultar de un posible acuerdo de paz con las Farc.

En 2007 el Erg era una guerrilla debilitada por las operaciones en su contra y por los ataques por parte de las Farc y el Eln. Surgida como una disidencia del Eln en 1993, el Erg se expandió desde su cuna, en Chocó, hasta los departamentos vecinos de Risaralda, Antioquia, Caldas, Tolima y Valle del Cauca, sobre todo a punta de secuestros. Sin embargo, para 2007 se encontraba replegada y con menos de 100 integrantes.

Entonces el pez grande quiso comerse al pez chico. En diciembre de 2007, el clan Úsuga puso las cartas sobre la mesa. En un mensaje “enviado, al parecer, desde Medellín”, según el fallo, les propuso a los comandantes del Erg que se unieran. E incluso les dio un número telefónico para establecer los respectivos contactos.

El comandante del Erg Lisardo Caro, alias Romaña, fue el encargado de llamar al clan Úsuga. Primero se comunicó con un tal alias Gonzalo, quien lo contactó con un comandante del clan. Aunque, en su testimonio, Romaña no supo decir si el mencionado comandante era Dairo Antonio Úsuga David, alias Otoniel, o su hermano, Juan de Dios Úsuga, alias Giovanni, muerto en combates con la Policía el 1º de enero de 2012 en Acandí (Chocó) —esa muerte llevó a que el clan Úsuga decretara un paro armado que afectó a por lo menos cuatro departamentos, muestra del poder de esta estructura armada—.

El acuerdo al que llegaron fue que un comandante del Erg iba a visitar a los jefes urabeños. El enviado fue un hombre identificado como Yerlin, quien regresó con alias Benavídez, que a su vez se presentó como coordinador político de la banda y le hizo la propuesta formal al Erg. Alias Benavídez era, al parecer, Albeiro Feo Alvarado, un desmovilizado del bloque Centauros capturado en Tolima en 2014 y, de acuerdo con las autoridades, representaba a los Urabeños en las negociaciones con otras estructuras criminales. Por ello habría sido el artífice de pactos de no agresión con la Oficina de Envigado y los Rastrojos.

Para el Erg, la idea era fortalecerse a tal punto que pudieran hacerles frente a las Farc y el Eln. “Obtener suficiente capacidad ofensiva que les permitiera tomar venganza de los referidos grupos guerrilleros por el constante asedio al que los tenían sometidos”, dice el fallo. El objetivo del clan Úsuga era otro: aprovecharse del Erg para hacer alarde de fuerza y de esa manera evitar que la guerrilla los atacara.

Hubo discrepancias, pero también avances. El Tribunal encontró que el clan Úsuga había planteado, por ejemplo, que “de verificarse una integración del Erg a esa organización de delincuencia común, los mandos de la estructura guerrillera también tendrían cargos de superioridad” en su estructura. Pero el Erg jugaba a dos bandas: en diciembre de 2007 el mismo Lisardo Caro, alias Romaña, se había reunido con un oficial del batallón Cacique Nutibara, con sede en Andes (Antioquia), para expresarle que estaban pensando en desmovilizarse. Para el clan Úsuga, si la integración con el Erg no se daba, la contrapropuesta era comprarlo por $3.000 millones o $4.000 millones.

El dilema era si unirse al clan Úsuga o entregarse al Ejército. Entonces, pese a las negociaciones y a que los comandantes del Erg consideraron la integración “como una opción palpable, al grado de haber elaborado unos estatutos como Urabeños o Gaitanistas”, al final sintieron que unirse a ellos “sería tanto como dejar de lado alrededor de 23 años de lucha armada insurgente”.

Para ellos era un atentado a la “ideología de la organización y, por ello, optaron más bien por establecer acercamientos con el Ejército en procura de hallar las vías a una posible desmovilización, como en efecto sucedió”, señala el fallo del Tribunal de Medellín. Así, el 30 de julio de 2008, a través de la resolución ejecutiva 262, la Presidencia de la República declaró “abierto un proceso de diálogo, negociación y firma de acuerdos con el Ejército Revolucionario Guevarista”.

El 2 de agosto de 2008, el entonces comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, hoy investigado por su presunta participación en la falsa desmovilización del frente Cacica La Gaitana de las Farc, se reunió con Lisardo Caro y Efraín Sánchez Caro, también integrante del Erg, y firmaron el acuerdo para la desmovilización masiva de esa guerrilla, la primera en hacerlo en el siglo XXI. El clan Úsuga se quedó con los crespos hechos.

El Gobierno espera que las Farc y el Eln sigan su ejemplo. Son varias las enseñanzas del proceso con el Erg, entre ellas el riesgo que encarnan unas bandas criminales que han sabido fortalecerse para hablar de guerra mientras otros hablan de paz.