De Bin Laden a 'Cano'

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¿Qué significa para la lucha antiterrorista la muerte de los máximos cabecillas de Al Qaeda y las Farc?

Cuando termine este año, la larga lucha de los gobiernos democráticos contra el terrorismo se habrá anotado dos éxitos indiscutibles. En la madrugada del 2 de mayo pasado, comandos navales norteamericanos asaltaron una casa en la ciudad paquistaní de Abbottabad y dieron muerte a Osama bin Laden, líder de Al Qaeda y máximo responsable de los atentados del 11 de septiembre. Seis meses más tarde, el 5 de noviembre, una operación conjunta del Ejército y la Fuerza Aérea colombianos se saldó con la baja de Guillermo León Sáenz, Alfonso Cano, durante tres años cabeza de las Farc. Muchas cosas separan al millonario saudí convertido en abanderado del islamismo, del antropólogo bogotano de clase media decidido a imponer una dictadura al estilo de los Jemeres Rojos camboyanos; pero al menos hay dos puntos en común. Por un lado, su apuesta por el terrorismo indiscriminado. Por otra parte, su forma de morir, en sendos golpes quirúrgicos basados en el empleo de unidades de operaciones especiales. En realidad, las bajas de Bin Laden y Cano revelan cómo los Estados han desarrollado instrumentos militares para neutralizar a las cabezas de los grupos armados que amenazan a sus ciudadanos. La pregunta es qué significa esto para la lucha antiterrorista. En otras palabras, ¿la capacidad para dar muerte a Bin Laden y Cano anuncia el final de Al Qaeda y las Farc?

La respuesta sólo puede ser no. Tanto el “jeque” como el cabecilla guerrillero apostaron por proyectos que van más allá de lo personal y construyeron organizaciones que garantizan que sus proyectos delirantes les sobrevivirán. En realidad, los grupos terroristas son algo más que bandas de fanáticos dispuestos a sembrar la destrucción. Se trata de estructuras concebidas para capturar recursos humanos y económicos, transformarlos en capacidad armada y hacer uso de la misma en el modo más desestabilizador posible. Mientras esa maquinaria para reproducir el terror no sea desmantelada, siempre habrá alguien en condiciones de continuar con la violencia. Eso es lo que permitió a Ayman al-Zawahiri, en calidad de nuevo líder de Al Qaeda, reclamar que la guerra por la creación de un “Califato Mundial” continúa y a Rodrigo Londoño, Timochenko, como nuevo jefe de las Farc, confirmar que el “Plan Estratégico para la Toma del Poder” se mantiene inalterado. Con esta perspectiva, es fácil entender que la meta de una estrategia antiterrorista va más allá de dar de baja a un cabecilla en particular —por mucho que esto pueda ser un paso clave—, para centrarse en desmantelar la capacidad de reproducción de la organización, matar el futuro de los terroristas.

Nuevos jefes, ¿nuevas estrategias?

No se puede minusvalorar el impacto de la baja de Bin Laden para Al Qaeda o la muerte de Cano para las Farc. Semejantes pérdidas han quebrado el sistema de mando de ambas organizaciones y asestado un golpe demoledor a la moral de sus combatientes. Sin embargo, el factor clave en el debilitamiento de ambos grupos no ha venido tanto de la mano de estas espectaculares operaciones, como de la lenta erosión de sus mandos medios, dados de baja, capturados o desmovilizados en una miríada de operaciones discretas y efectivas. En este contexto, tanto Al Qaeda como las Farc han recurrido a militantes menos experimentados y más brutales para reemplazar a los caídos. El resultado ha sido no sólo un deterioro en la calidad de sus operaciones, sino también una quiebra en la cohesión interna en la medida en que los nuevos cabecillas se comportan menos como los lugartenientes de un grupo armado y más como meros delincuentes. De hecho, cada vez es más frecuente que los desmovilizados de las Farc expliquen su abandono de la organización como reacción a la brutalidad y la corrupción de la nueva generación de mandos al frente de la guerrilla.

La ruta escogida por Al Qaeda para resistir la presión de la maquinaria militar estadounidense da algunas claves de cómo pueden comportarse las Farc en el futuro inmediato. La organización del extinto Bin Laden ha optado por desplazarse hacia teatros periféricos y descentralizar sus operaciones. Hoy Al Qaeda está fragmentada en redes diferentes que mantienen el mismo credo pero operan de manera independiente. Además, han abandonado las zonas donde EE.UU. y sus aliados mantenían una mayor presión, para moverse a santuarios remotos donde sus posibilidades de supervivencia son mayores: de Marruecos hacia Mauritania, de Arabia Saudí hacia Yemen, etc.

Las Farc están dando señales de comportarse de una forma no muy distinta. La guerrilla se ha replegado hacia zonas remotas donde sus militantes pueden guarecerse de la presión del Estado, bien confundiéndose con la población campesina de ciertas comunidades, bien amparándose detrás de una frontera. En estas zonas de retaguardia, la organización conserva la infraestructura con que recluta, adoctrina y sostiene sus operaciones. Se trata de la maquinaria que le permite reproducirse y conservarse activa. Sobre esta base, las Farc también han apostado por incrementar la autonomía operacional de frentes y bloques. La meta última de todos estos esfuerzos es eludir la presión de la Fuerza Pública, conservar las fuerzas y someter al Estado a una larga guerra de desgaste.

¿Qué hacer?

Para romper este impasse, la estrategia de seguridad tiene que enfocarse en recuperar el control de las zonas donde las Farc mantienen a salvo la maquinaria de terror que les permite sobrevivir. En el caso de algunas comunidades rurales en departamentos como el Tolima, Meta o Caquetá, la clave reside en romper el control de la guerrilla sobre los campesinos y promover su apoyo al Estado. Se trata de un proceso que tiene una dimensión militar y policial; pero también un componente político y social. Para ello, resulta necesario avanzar en tres líneas de acción. Primero, se debe desmantelar el “gobierno en la sombra” con que las Farc imponen su voluntad sobre la población. Un esfuerzo que exige la captura y procesamiento de los milicianos que amedrentan a la población. Segundo, es necesario proteger los civiles que se atrevan a romper con los terroristas y respaldar a las instituciones. Finalmente, resulta imprescindible mejorar la vida cotidiana de los campesinos a través de obras de infraestructura básica —acueductos, electrificación, etc.— que fortalezcan la confianza en el Estado.

En esta tarea, algunas lecciones aprendidas por Washington en Irak y Afganistán pueden aportar luces. El Ejército y los Marines de EE.UU. aprendieron de la forma más dura que el desenlace de este tipo de conflictos depende del respaldo de la población y obraron en consecuencia. Enfocaron su esfuerzo sobre la provisión de seguridad a los civiles y descentralizaron sus operaciones para proteger a las comunidades más aisladas. Paralelamente, entregaron a sus unidades la capacidad para desarrollar pequeñas obras de infraestructura y programas sociales para conquistar la confianza de la población. Estas ideas —que fueron la base del giro estratégico impulsado por el general Petreus en Irak en 2007— son vigentes para los retos que enfrenta la Fuerza Pública colombiana en regiones como La Macarena.

Como la de Bin Laden, la muerte de Cano representa un paso de gigante en la protección de los ciudadanos contra los estragos de fanáticos violentos. Pero la euforia no puede ser un pretexto para confundir la única ruta posible para vencer al terrorismo. El objetivo es desmantelar las zonas de retaguardia que permiten a los grupos armados sobrevivir y perpetuarse. Para Colombia, eso significa garantizar el predominio del Estado en zonas rurales remotas y fronteras alejadas. Esta es la única opción para generar un escenario estratégico donde las Farc se vean obligadas a negociar o alternativamente se enfrenten a una derrota segura.

El reto en seguridad fronteriza

Por lo que se refiere a la seguridad fronteriza, también existen experiencias internacionales relevantes. Para los escépticos, cuando un grupo armado busca protección en otro país, el Estado se enfrenta a una disyuntiva insoluble entre intervenir en el territorio vecino o resignarse a ser hostigado impunemente. En realidad, la estrategia apropiada puede permitir escapar de este falso dilema. Basta con recordar como Marruecos derrotó a la guerrilla del Frente Polisario en el Sahara Occidental construyendo una red de obstáculos que hizo imposibles las incursiones de este grupo desde el territorio argelino. De igual forma, Israel ha blindado sus límites con vecinos tan poco cooperativos como Siria o Líbano. Una combinación de más tropas, medios de detección electrónica y barreras físicas puede hacer una frontera impermeable. Ese es el reto en departamentos como Arauca, Norte de Santander o Nariño.

Hoy, la muerte de ‘Cano’ en CNN en español

“Operación Odiseo, la muerte de Alfonso Cano”, es el título de un especial sobre el operativo que acabó con el líder de las Farc, la guerrilla más antigua del continente, y que se gestó durante 18 meses. La conductora del programa será la periodista colombiana Claudia Palacios, quien habló con los comandantes de la operación, el ministro de la Defensa, Juan Carlos Pinzón, y con el presidente Juan Manuel Santos. Cuentan cómo 3.500 hombres de las Fuerzas Armadas de Colombia obligaron al cabecilla a salir de la zona de seguridad en la que había vivido por más de 10 años. Infiltración de militares en la guerrilla, testimonios de guerrilleros reinsertados a la vida civil y alta tecnología militar permitieron esta baja, que tuvo varios intentos fallidos y que dejó muertos y mutilados entre las filas de las Fuerzas Armadas. Hoy será emitido por CNN en español a las 9 de la mañana y a las 4 de la tarde; el martes 22, a la una de la tarde, y el sábado 26, a las 12:00 m. y 3 de la tarde.

* Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes y consultor en temas de Seguridad. Twitter: @roman_d_ortiz.

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