'Del otro lado'

El escritor y sociólogo lanzó un impresionante libro testimonial en el que sobrevivientes de la guerra colombiana cuentan cómo terminaron desplazados hacia Ecuador.

1. A Don Fermín, que tenía negocio de madera y pescado entre los Puertos —Leguízamo y Asís—, lo paró la banda de los Champas, por ahí abajito del Carmen, o sea en Tres Fronteras —Perú, Colombia y Ecuador— y lo aliviaron de cien kilos de cristal que llevaba listos y calienticos para entregar en La Tagua, al otro lado, sobre el río Caquetá, donde también el hombre tenía negocios y hacía cruces. Suponen las malas lenguas, que son siempre las buenas, que con armas también trataba. Cien kilitos valían tanta plata, que no se sabía contar. Los Champas, que eran gente de monte peruana y que antes se mentaban Sendero Luminoso, cometieron un error grande que muchos tuvimos que pagar: dejaron vivo a Don Fermín. No eran prácticos en la guerra o le tenían miedo al blanco. O, quizá, hasta gente temerosa de Dios era. O quién sabe qué les pasó, pero dejaron vivo al hombre, que para más veras era un paisa de Titiribí, Antioquia, muy echado para adelante, bravo y parado, pero peligroso como la misma culebra cuatronarices. Llegó escaldado al puerto, pero sin decir nada. Y siguió derecho para Urabá. Dicen unos que fue en Turbo, otros que en Chigorodó, no importa, lo cierto fue que contrató a un tal Vitamina, un cliente sin agüeros ni miedos ni querencias. Lo contrató al pormis, es decir, por la mitad de lo que los Champas le habían quitado: 50 kilos de espina de pescado, como llamaban la coca más pura.

El Vitamina llegó con sus cuatro pistolocos, todos expertos en sangre, detrás de los Champas, derecho a trochar monte. A encontrarlos a como diera lugar, guiados por ese mal que se les mete en la sangre a los quiñadores y que sólo con otras sangres pueden aliviar. Los hombres contratados eran probados, nada se les daba cortando lenguas, mochando orejas, desprendiendo manos y patas, y, lo más cruel: sabían cortar los trapecios del cuello y echar al cristiano al río para que, sin esos músculos, no pudiera nadar y la sangre avispara las pirañas que al final daban cuenta del finado sin dejar huella. Cuando se contaba su maña, nadie creía hasta que veía los carramanes carcomidos. Revolotearon sus pistolas unos días por la montaña hasta que encontraron el trillo de los Champas y fueron descontando deudas uno a uno. Dar cuenta de sus muertes era la mitad del contrato. La otra mitad debía ser cobrada en Leguízamo y con guerreros de las Farc, porque siempre se había dicho que los senderos de allá y los farucos de acá eran los mismos. Este trabajo era más fácil que el que habían hecho en Perú, porque la Armada de Leguízamo les dio la lista de milicianos o de gente que debían eliminar. Pero a cambio tenían que hacer la inteligencia que a los marinos no les gustaba hacer. Vitamina llegó con listado en mano: nombre del cliente, de su mujer, de sus hijos, de sus parientes y amigos; fotos del hombre y de su casa. Mejor dicho, ficha ubicada. Y comenzaron a liquidar, fueran o no enemigos, a dos manos. Lo mismo daba porque lo que contaba era que aumentaran los positivos, como se les llamaba a los finados hechos con esas mañas. La fórmula era la misma: necropsia, tiros por aquí o por allí, certificados por los mismos forenses de la Armada, y al hueco como guerrilleros NN. Gente murió así, mucha gente.

2. A John Freddy le tocó administrar esa cara con que nació, en las buenas y en las otras, que son siempre las más. A las mujeres nos gustaban sus ojos y su trato, pero a la autoridad no le gustaba porque era parado y no se arrugaba. Así le pasó la vez que, saliendo de aserrar, juagado en sudor y oliendo a monte, lo paró la Armada entrando a Leguízamo. Le pidieron papeles, pero ¿qué papeles puede tener un aserrador que anda con la mera camisa pegada al cuero y ensopada en sudor? ¡A ese ácido no hay plástico que le aguante! La cédula se le había derretido varias veces hasta que dejó de cargarla. Los infantes de marina no le entendieron. Y si le hubieran entendido, de todos modos se lo habrían cargado porque era una orden. Y se encontraron con ese negro, alzado como era. Les respondió en el mismo tono en que le preguntaron que dónde tenía los papeles:

—Los tengo debajo del colchón —y los miró a la cara.

No hay peor delito que mirar a la autoridad a la cara, se ofende, ella quiere que de entrada uno baje la cabeza, para llevarlo humillado al matadero. Él era moreno, como somos todos, pero más fuerte que muchos. Nada se le daba tumbando un cedro de 300 piezas. Por eso se le echó encima toda la patrulla entera. Todos querían dejarle la huella del puño en la cara y el culatazo en los riñones. Como perros envenenados se le fueron encima. Lo golpearon hasta que se desplomó y en el suelo lo seguían golpeando. Medio muerto le pusieron las esposas y al hombro lo metieron en el camión, atado de patas y manos como si fuera un marrano. Hasta ahí dieron cuenta los vecinos que vieron y que nunca hablaron. Se lo llevaron por desacato a la autoridad y por falta de papeles. A los tres días el expediente había cambiado y lo tenían preso por el traslado de siete fusiles de Sendero Luminoso a La Tagua para entregárselos a las Farc. El caso era grave. Todo se supo después, porque todo se sabe en este mundo de peleas. Como se supo que preso JF, maltratado, sangrando de la cara, sin comida, sin agua, sin poder pararse del suelo, una noche, noche ya, le vino un teniente de navío a decirle:

—Usted va a pagar por los fusiles, la pena de rebelión y terrorismo, que son treinta años; ya tienen listo todo para hundirlo: jueces, testigos, sentencia. Yo conozco el asunto porque soy abogado. Si usted no es de ellos, como dice, pues nada les debe y por ellos no va usted a pagar lo que no debe. Le dan la oportunidad de acogerse al programa de Justicia y Paz y entregarse. Por armas no se preocupe, que eso es lo que tenemos. Usted se entrega, se le declara reinsertado, se le fotografía y hasta una declaración a la radio puede dar. Total, sale usted libre de pelo y paja de este hueco.

JF debió de mirarlo a la cara con esas lanzas y mandarlo para la mierda. En la escuela —contaba— el maestro se la tenía sentenciada porque dizque lo miraba como para matarlo. Él cerraba los ojos y entonces lo golpeaban con la regla para despertarlo. Con la primera plata que consiguió de niño, pescando en los caños, compró unas gafas oscuras para ni mirar al maestro ni cerrar los ojos. De nada le sirvió el remedio porque en clase —decía el maestro— no se puede usar anteojos verdes, porque dizque entonces el maestro no sabía si uno estaba haciendo mal uso de las manos. El niño no entendía. Sus ojos, que son, más que grandes, negros, han sido su caída. Eso de que los ojos son la ventana del alma ha sido para él una maldición porque la gente cree que, mirando como mira, está tramando algo o escondiendo lo de más allá. El caso fue que cada nada, en las calles de Asís o de Leguízamo o de La Tagua, la Policía, el Ejército o la Infantería de marina lo paraba, lo esculcaba, le pedía papeles a las malas y cuando él les levantaba la vista para mirarles los ojos, era ya hombre preso. No había nada que hacer. A la autoridad se le mete una cosa en la cabeza y de ahí no vuelve a salir, y como la cabeza de ella son los archivos de orden público, el que entra en ellos ahí se queda. Él no tenía nada que ver con las guerrillas, pero no iba a terminar su vida trabajando con la ley como cualquier sapo. Porque después de la reinserción vienen la colaboración, el señalamiento, el sapeo hasta de inocentes, porque la inteligencia echa mano de lo que puede y quiere. Dijo no. Firmó así su sentencia de muerte y alivió de pagos a Don Fermín, con quien JF había disgustado por negocios de madera.