Dos hermanos unidos por la vida y la muerte

Hace 25 años fue asesinado en Trujillo (Valle) el sacerdote Tiberio Fernández Mafla. Los recuerdos de su familia son los mismos del país: remembranza de una violencia impune.

El sacerdote Tiberio Fernández Mafla.

Desde el oriente de Caldas, en busca de oportunidades para su naciente familia, a principios de los años 30 llegaron al norte del Valle Sinforiano Fernández y María Isabel Mafla. Se asentaron en la vereda La Vigorosa del municipio de Riofrío, donde constituyeron la finca El Vergel. Allí crecieron sus siete hijos. Dos de ellos fueron entrañables. El uno se vinculó a la Policía, el otro se hizo sacerdote. Con diferencia de tres años, ambos fueron asesinados un día 17. Hoy su historia hace parte de la memoria dolorosa de Colombia.

Luis Alfredo Fernández Mafla nació en septiembre de 1936. Antes de los 20 años, como sus hermanos Eleázar, Ángel, Ana María, Jorge, Tiberio y Daniel, ayudó a sus padres en las labores agrícolas. Sin embargo, un día de 1956 decidió enrolarse en la Policía. Tiberio, nacido en abril de 1943, demostró desde sus días de colegial en Tuluá su vocación religiosa. “Envuelto en una sábana blanca, se subía a los árboles y comenzaba a predicar”, recuerda su cuñada Fabiola Cardona. La relación de ambos hermanos era como un pacto secreto.

Al tiempo que Luis Alfredo se afianzaba en la Policía hasta llegar a ser sargento mayor a mediados de los años 60, su hermano Tiberio optó por el camino del sacerdocio, primero en La Ceja (Antioquia) y luego en Bogotá. En marzo de 1977 fue ordenado y regresó al Valle. Tres años estuvo en Tuluá, cinco en Andalucía y en 1985 llegó a la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro del municipio de Trujillo. En ese tránsito de la vida todo había cambiado en la región y de los tiempos apacibles ya sólo quedaban los buenos recuerdos.

“Luis Alfredo era cariñoso y tierno. Casi ni se sentía en casa. En contraste, Tiberio era medio cascarrabias, pero tenía su chispa. Contaba chistes de todos los colores. A nadie le daba sueño en sus conferencias porque era un orador”, recuerda Ana María Fernández, su única hermana. “Yo conocí a Luis Alfredo en Albán. Era profesora y estaba barriendo el atrio de la iglesia, cuando él, muy coqueto, se ofreció a ayudarme. Al poco tiempo nos casamos. A Tiberio lo recuerdo por las canciones del Caballero Gaucho”, agrega Fabiola Cardona.

Cuando el padre Tiberio Fernández llegó a Trujillo entendió que era una zona de violencia. La guerrilla tenía su influencia, pero el narcoparamilitarismo se extendía hasta el poder. Más allá de los tentáculos de unos y otros, entendió que su lugar estaba entre la gente. Por eso se dedicó a crear empresas comunitarias en los ámbitos urbano y rural. Al mismo tiempo, sin pelos en la lengua, empezó a señalar desde el púlpito a los violentos y a defender el trabajo de las cooperativas o microempresas. Hacia 1988 el pueblo ya era un infierno.

Entonces se multiplicaron los crímenes. Nadie sabe hoy cuántas personas fueron desaparecidas. Lo cierto es que el río Cauca se llenó de cadáveres. Los testigos decían que agentes de organismos de seguridad del Estado estaban involucrados en la oleada de violencia. Desde mediados de 1989 el municipio de Trujillo, a espaldas de las autoridades en Bogotá, ya era un campo de batalla. Pero todos sabían que los principales victimarios eran los narcotraficantes del denominado cartel del Norte del Valle y sus legiones de sicarios.

En marzo de 1990, por el corregimiento La Sonora, área de influencia del narcotraficante Diego León Montoya, incursionaron varios guerrilleros del Eln. A los pocos días empezaron las represalias. El 31 de marzo once personas fueron desaparecidas. El 2 de abril cinco ebanistas fueron subidos a un campero y corrieron la misma suerte. El padre Tiberio nunca cedió en sus denuncias. A sus amigos y familiares les advirtió que estaba dispuesto a que su sangre corriera si eso contribuía a que floreciera la paz en el municipio de Trujillo.

El martes 17 de abril de 1990, acompañado de su sobrina Alba Isabel Giraldo, del arquitecto Óscar Pulido y del empleado de la parroquia Norbey Galeano, el padre Tiberio viajó a Tuluá para la misa de exequias de Abundio Espinoza, asesinado la víspera. Cuando regresaban a Trujillo, al caer de la tarde, fueron interceptados por hombres armados. Desde ese día nada volvió a saberse de los acompañantes del sacerdote. En cuanto al padre Tiberio, su cadáver mutilado fue encontrado seis días después en las aguas del Cauca, por Roldanillo.

“Yo estaba en la finca El Vergel cuando eso sucedió. Las autoridades, como estaban metidas en la colada, no hicieron mucho. Al final reconocimos su cadáver porque él tenía platino en una pierna y la verificamos con una radiografía”, rememora con tristeza su hermana Ana María. En el mismo episodio fue desaparecida su hija Isabel. “Era muy buena y cariñosa, apenas iba a cumplir 28 años. Le encantaba la modistería pero le gustaba más acompañar a su tío Tiberio a todas partes. Nunca volvimos a saber de ella. Sigue desaparecida”, agrega.

Cuando se conoció el cruel asesinato del padre Tiberio y la desaparición de su sobrina Isabel Giraldo, Luis Alfredo le dijo a su esposa, Fabiola Cardona, que él tenía que esclarecer el tema. Hoy Fabiola recuerda que le dijo una y otra vez que no iba a poder resucitarlo y que más bien dejara que Dios se encargara de hacer justicia, pero Luis Alfredo no declinó en su búsqueda. Aunque en la Policía lo enviaron durante un año a Panamá, cuando regresó persistió en sus pesquisas hasta que el 17 de febrero de 1993 también fue asesinado.

“Ese día, como de costumbre, se fue a su trabajo y horas después una señora me llamó para decir que estaba herido luego de un atentado. Como su hermano Tiberio, han pasado más de 20 años y nunca se supo quiénes lo asesinaron. Sólo quedó la versión de que se detuvo en un semáforo en rojo y que alguien lo llamó por su nombre, y cuando volteó a mirar le dieron un tiro en la sien. Es claro que no fue por robarlo pues no se llevaron ni su gorra, ni su billetera, ni su pistola, ni una cadena de oro que siempre colgaba en su cuello”, refiere su viuda.

Cuando el padre Tiberio Fernández fue asesinado tenía 47 años. La misma suerte le tocó a su hermano Luis Alfredo a los 56. El primero fue sepultado en un mausoleo y su muerte sirvió para que la sociedad reaccionara y hoy se recuerde en Colombia cómo la barbarie narcoparamilitar se ensañó en Trujillo en connivencia con unidades del Estado. El segundo tuvo cristiana sepultura en Jardines del Recuerdo. En la familia Fernández Mafla el dolor sigue intacto, sobre todo porque a un tercer hermano, Ángel, también lo asesinaron años después en Cali.

De la familia sólo quedan vivos Jorge y Ana María, depositarios de tristes recuerdos. “Siempre estarán en mi memoria Luis Alfredo y Tiberio, que además se querían mucho. En cuanto a mi hija Alba Isabel, tuve un sueño con ella. La vi vestida de rosado regresando a casa. Fue apenas un anhelo que nunca se cumplió”, resalta Ana María Fernández. “Mi tío Tiberio fue un gran sacerdote, además de gran bromista. Lo recordaré siempre con el mismo cariño con el que evoco las historias que nos contaba el tío Luis Alfredo”, añade Gladys Fernández.

Hace 25 años empezó la tragedia de la familia Fernández Mafla. La misma que enlutó a decenas de familias en Trujillo y otros municipios del norte del Valle. Fue una época sombría en la que narcos, paramilitares y miembros de la Fuerza Pública se unieron para llenar el río Cauca de muertos. La justicia tampoco hizo mucho. Hoy sigue averiguando y hay unos cuantos presos. Pero muchos autores intelectuales pasaron de agache. La historia de Trujillo sigue siendo una herida abierta que se resiste a que el olvido la cicatrice.

Justicia a medias

La cifra exacta de víctimas no la tiene nadie. Unos dicen que fueron 200, otros que pasó de 350. Lo cierto es que entre 1988 y 1994 el río Cauca se llenó de cadáveres y el municipio de Trujillo (Valle) fue el epicentro de esta oleada de violencia con un autor genérico: el narcoparamilitarismo.

Desde la perspectiva judicial, el episodio sigue siendo un expediente en desarrollo. El narcotraficante Diego León Montoya Sánchez, alias Don Diego, fue formalmente acusado de la autoría intelectual. Hoy está preso en una cárcel de Estados Unidos purgando penas distintas por tráfico de drogas.

Además, un juzgado de Buga condenó a otro narcotraficante: Henry Loaiza, alias el Alacrán. De igual modo, otro juzgado sentenció al teniente retirado de la Policía José Fernando Berrío, excomandante en Trujillo por omisiones en sus deberes de protección a la población civil. El mayor del Ejército Alirio Urueña, comandante del Batallón Palacé, también fue sentenciado.

Hay otros procesados, pero, como expresa el abogado Eduardo Carreño, representante civil en el proceso, sólo 34 víctimas han sido reconocidas. En la zona siguen incursionando bandas criminales asociadas con los narcos de los años 80 y 90.

*Nieta de Luis Alfredo Fernández.