Eduardo Umaña Mendoza: el maestro severo, el humanista entrañable

En la Universidad Externado se formó toda una generación de defensores de derechos humanos que no olvida su rigurosidad, su elocuencia y, sobre todo, su generosidad.

“No se puede servir a dos señores a la vez”, era una de las tantas citas utilizadas en sus clases y conferencias. Se refería a una forma para algunos coherente y consecuente, para otros radical, de explicar las aristas de un arte del cual Eduardo Umaña Luna -su padre- y él habían sido inspiradores. Se trataba de poner al servicio de las clases más vulnerables y empobrecidas todos los conocimientos sociojurídicos que podrían cambiar las situaciones de oprobio y necesidad existentes en la Colombia de la segunda mitad del siglo pasado, aquella propuesta viva y profunda de la defensa de los derechos de los pueblos, cargada de un profundo humanismo social en el cual se litigaba en causas difíciles y se asumía la defensa integral de los derechos humanos.

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Como académico era riguroso; como profesor, exigente, a tal punto que sus exámenes eran orales y públicos. Más que una forma de control era la manera de conocer los saberes de sus estudiantes, valorarlos y potenciarlos. A la entrada del auditorio o salón de clases todos leíamos hasta el último segundo. Con el tiempo entendimos que no se trataba de saber de memoria un decreto, una ley o recitar la Constitución Política de 1886. La importancia de sus clases estaba en la profundidad de los conceptos sobre la filosofía del derecho, teoría económica y política complementada con buena dosis de literatura, música y poesía.

Ante todo, las clases del maestro Umaña eran una fuente inagotable de conocimiento sobre la realidad. La gracia estaba en encontrar el punto de encuentro o de ruptura entre la teoría y la práctica.

(Aquí puede ver un video sobre la vida de Eduardo Umaña)

La amplia bibliografía de clase estaba acompañada de la visita a un hospital público; caminar por barrios deprimidos habitados por desplazados por la violencia o la visita a personas privadas de la libertad que eran confinadas en lo que para la época llamaban el “frenocomio” de la cárcel La Picota. La importancia del análisis comparado de la realidad generó una corriente de pensamiento crítico que permanece en el tiempo.

Cómo olvidar su contundente voz evocando a Miguel Hernández: “Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón y me avientan la garganta”.

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Eduardo Umaña Mendoza sin duda alguna era radical, ¡claro que sí! Justo de aquellos radicales que van a la raíz de los problemas para encontrar soluciones. De quienes, con mucha rigurosidad científica y seriedad jurídica, hablaban de las causas y consecuencias sociales, económicas y políticas de la violencia. Lección número uno de la clase de instituciones políticas y constitucional colombiano en la Universidad Externado de Colombia, una de las cátedras que dirigía.

Dos sucesos históricos marcaron la vida de la generación externadista del año 1986: la Constitución Política de Colombia cumplía 100 años y la universidad, como el país, estaba de luto tras los hechos recientes del Palacio de Justicia. Once magistrados de la Corte Suprema de Justicia que murieron en el Palacio eran profesores de la universidad. A la vez, once trabajadores de la cafetería de Palacio estaban desaparecidos y nuestro profesor había asumido la representación jurídica de sus familias; lo cual nos permitía tener una lectura permanente del desarrollo de las investigaciones de este doloroso suceso y corroborar los mecanismos de censura, ocultamiento de la verdad e impunidad que se fueron legitimando desde los tres poderes públicos que, como él decía, por obra y gracia del espíritu santo se fusionaban de la misma manera que en el milagro de la santísima trinidad. Eduardo tenía la gracia de hacer aflorar una sonrisa o una carcajada aun en los momentos más difíciles de la historia.

Eduardo Umaña Mendoza impulsó cientos de investigaciones; formuló estrategias para que la Investigación Acción Participativa que, integrada a los litigios estratégicos de la época, permitiera esclarecer las causas y consecuencias estructurales del conflicto social, económico y armado en Colombia. Como lo habían hecho, en el año 1962, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna y German Guzmán, autores del libro La Violencia en Colombia. Los dos primeros, fundadores con Camilo Torres Restrepo de la facultad de Sociología de la Universidad Nacional.

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De su mano aprendimos que aquel profesor exigente y severo con sus alumnos, era un humanista sensible y entrañable, especialmente con las víctimas y sus familiares. Las historias llegan a la memoria como un largometraje.  Recuerdo, entre tantos casos, la reconstrucción de los hechos de la masacre de Fusagasugá. Allí estábamos dos de sus estudiantes, el senador Manuel Cepeda Vargas (asesinado el 9 de agosto de 1994) y él.  El contexto era intimidante, se sentía que estábamos en guerra y la escena alrededor aumentaba el miedo en la población. Era de noche y en los alrededores del barrio los Comuneros, finca El Cafetal, estaba oscuro. 

A los costados de la finca, donde el 18 de agosto de 1991 se había cometido la masacre, se encontraban apostadas decenas de soldados. En medio de la oscuridad, la luna llena dejaba ver sus siluetas con los fusiles al hombro apuntando hacia el cielo. La forma como estaba diseñada la diligencia judicial de alguna manera pretendía el ocultamiento de pruebas, para absolver a los responsables, pero “la justicia sin rostro, sin rostro de justicia” como diría Umaña, no contaba con la presencia de doña Belarmina Palacios, única testigo y sobreviviente del caso. Estaba lloviendo muy fuerte y la vía no posibilitaba el tránsito normal de vehículos. Las precarias medidas de seguridad solo se robustecían ante la contundencia, valentía y solidaridad del maestro y sus acompañantes. 

El vehículo donde venía doña Belarmina se encunetó y no podía avanzar. Entonces Eduardo, con su profunda elocuencia, logró que los soldados alzaran el carro y lo pasaran al otro lado de la cuneta. Él sabía del riesgo y nos dijo que doña Belarmina no iba a bajar del vehículo hasta tanto no llegar cerca de la casa donde se pensaba llevar a cabo la diligencia. Fue así como las pretensiones de ocultamiento de la verdad se diluyeron, ante el hecho contundente del testimonio de doña Belarmina, la justicia tuvo que reconocer que este caso había sido un crimen de Estado cometido por la Brigada XIII.

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Al maestro Eduardo Umaña siempre lo vimos acompañar y proteger. Era vehemente, hablaba al país y al mundo de manera elocuente, sin tapujos, sin mentiras, sin ocultamientos. Él sabía que era imposible lograr garantías de no repetición escondiendo la verdad y estaba seguro de que Colombia no podía transitar hacia la paz olvidando y perdonando. Hoy su legado camina por diferentes partes del país. En la asociación Nomadesc y en la Universidad Intercultural de los Pueblos sabemos que el mejor homenaje en su nombre es continuar con la pedagogía de la verdad, la sonrisa y la dignidad. 

Como decía Eduardo Galeano, a quien tuvimos la fortuna de conocer por ser amigo del maestro: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar.” 

 

*Berenice Celeita Alayón es discípula de Eduardo Umaña Mendoza. Fundó y hoy preside la organización de derechos humanos Nomadesc y en 1998 ganó el premio de derechos humanos Robert F. Kennedy.

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Berenice Celeita Alayón*

Judicial

Eduardo Umaña Mendoza: el maestro severo, el humanista entrañable

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