El affaire Brassard

La ciudadana canadiense fue reconocida como el ‘cerebro’ del asesinato de su pareja, Felipe Eduardo Rojas Gnecco.

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Judith Brassard lo quería todo: la custodia de sus hijos, el dinero de su marido, el carro, las joyas. Por ello contrató a Jhon William Osorio, esposo de una de sus empleadas quien, a su vez, contrató a otros dos hombres, para que en diciembre de 2006 asesinaran al marido de Brassard: el ortodoncista samario Felipe Eduardo Rojas Gnecco. Los hombres, Gabriel Ramírez Polo y Wilson Jiménez Mola, acabaron con la vida del profesional de la salud el 4 de diciembre de ese año, Rojas cuando salía de su lugar de trabajo.

Tras la captura de los sicarios vino la captura de Osorio y éste, al ver las evidencias que había en su contra, decidió colaborar con las autoridades. En poco tiempo empezó a mencionar a Brassard como el ‘cerebro’ del asesinato. La ciudadana canadiense fue condenada a 28 años. Esta sentencia fue confirmada en un fallo divulgado este jueves 27 de junio por la Corte Suprema de Justicia, tribunal que confirmó los intríngulis de este caso que, en su momento, conmocionó a la sociedad samaria.

Brassard y Rojas tenían dos hijos y, bajo su cuidado, vivía un hijo que él había tenido por cuenta de una relación anterior. Sin embargo, por infidelidades mutuas y desavenencias cada vez mayores, la relación de la pareja era cada vez peor. Esto lo sabían sus allegados y sus empleadas. Una de ellas, Katherine Pitre, se había convertido en la confidente de Brassard. Un día, a mediados de 2006, Brassard fue a visitarla a su casa en Santa Marta y fue allí que conoció a Jhon William Osorio, un desmovilizado que, al ver el estado en el que se encontraba la mujer, le propuso “asustar” o, incluso, “darle piso” a su marido.

A los pocos meses Brassard se fue con sus hijos a Canadá. Había hecho la promesa de que volvería pero no cumplió. En cambio había firmado un contrato de trabajo con una escuela e hizo los trámites necesarios para no regresar a Colombia. Su marido interpuso una denuncia para quedarse con la custodia de los menores de edad, arruinando los planes de la mujer. Fue entonces que ella decidió comunicarse con Jhon William Osorio y pedirle que cometiera el asesinato. Él le dijo a la Fiscalía que le había cobrado $8 millones por “vuelta”. Brassard llamó varias veces a su empleada y a Osorio para cuadrar todo. El resultado fue la muerte del ortodoncista.

Entonces se iniciaron las investigaciones y, curiosamente, fue la misma Brassard la que le dio a la Fiscalía méritos para que la investigaran. En una entrevista de rutina la mujer se mostró sorprendida de que el fiscal no le hubiera preguntado dónde se encontraba al momento de los hechos. La pregunta no era pertinente en esos momentos, pero le hizo pensar a la justicia en la posibilidad de que Brassard tuviera lista una coartada para cuando le preguntaran al respecto. Después de ello la situación de la ciudadana canadiense se fue enredando por cuenta de los testimonios en su contra, entre otras pruebas. Al final, para la justicia fue claro que ella había sido la determinadora del homicidio.

“Fue la culminación de un plan cuidadosamente diseñado por la acusada para poder hacerse a la totalidad de los bienes de la sociedad conyugal, al pago de los seguros de vida, y a la custodia de los hijos habidos en el matrimonio, a tal punto, que en su primera salida procesal mostró su extrañeza porque no se le interrogara sobre el sitio en donde se encontraba cuando se produjo la muerte, cuando esto para una persona inocente resultaba manifiestamente irrelevante a menos que esa fuera la coartada que tenía prevista para desviar el rumbo de la investigación”, indicó la Corte Suprema de Justicia en su fallo.

Y agregó: “Una vez llegó a Canadá, retiró fraudulentamente millonarios recursos que aparecían depositados en una cuenta bancaria abierta a nombre de su esposo, para lo cual debió falsificar la firma de éste. Asimismo, estando en Canadá, le dio la clave de la caja fuerte a la empleada Katherine Pitre para que, contra la voluntad de Rojas Gnecco, abriera la caja fuerte y sacara de allí unas joyas para remitírselas al exterior (…) Una vez ocurrido el crimen, de manera casi inmediata, solicitó la devolución del vehículo en que se desplazaba la víctima y se aprestó a presentar la reclamación de los seguros de vida (…) Lo cierto que la muerte de Rojas Gnecco le reportaba mayor beneficio económico a la acusada que si su esposo sobrevivía e intentaba la ruptura del vínculo matrimonial por la vía judicial”.

Fue con estos argumentos que la Corte Suprema de Justicia acaba de confirmar la condena contra Judith Brassard. En Canadá hay un grupo de personas que sostiene que la ciudadana es inocente e, incluso, tienen una página en Facebook en la que le piden a los cibernautas que le escriban al presidente Juan Manuel Santos para que haga algo ante esta supuesta injusticia. Con la confirmación de la Corte Suprema es poco lo que le queda por hacer a Brassard y su defensa. La justicia mantiene su tesis de que la mujer quería quedarse con todo pero ahora, por haber orquestado la muerte de su esposo, no tiene más que el uniforme de presa que luce en la cárcel Rodrigo de Bastidas de Santa Marta.