El fallido motín de la cárcel Modelo que acabó en matanza

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El Espectador reconstruyó buena parte de lo ocurrido el pasado 21 de marzo en el penal. Una noche que inició con un “cacerolazo”, exigiendo medidas para enfrentar el COVID-19, y terminó con 23 internos muertos.

“Esto fue la crónica de una muerte anunciada”. Así describió un guardia del Inpec el intento de motín del pasado 21 de marzo en la cárcel La Modelo, de Bogotá, que dejó 23 internos muertos y 90 heridos entre reclusos y dragoneantes. Y explica: “Cárceles sin infraestructura, con problemas en los servicios de salud, con hacinamiento. En la mínima oportunidad que los internos vieron de salirse o generar caos, aprovecharon”. De ser cierto ese diagnóstico, ¿por qué este saldo mortal no se replicó en ninguna de las otra doce cárceles del país en las que hubo disturbios ese mismo día? Esa es una de las tantas preguntas que tendrán que resolver la Fiscalía y la Procuraduría, que ya comenzaron sus indagaciones para dar luces de lo ocurrido. 

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Todo inició hacia las 9:00 p.m. del sábado. A esa hora empezaron a a circular videos de los desórdenes en la cárcel Picaleña, de Ibagué y La Picota y El Buen Pastor, de Bogotá, entre otras. Los internos dicen que coordinaron una protesta nacional porque temen que se dé un contagio masivo del nuevo coronavirus en las cárceles. El riesgo es inminente. Y La Modelo, construida en 1959 por orden del general Gustavo Rojas Pinilla, no fue la excepción. Por eso la mayoría de los 5.000 presos —entre condenados y procesados— se unieron a la manifestación.

“Parece que en La Modelo se da una coyuntura distinta y es que los internos logran armarse, cosa que no ocurrió en las otras cárceles, donde hubo protesta y no se terminó en enfrentamientos”, le dijo a este diario una fuente cercana a la investigación. Todo fue escalando. Primero, empezaron a darles golpes a las rejas de las celdas —la forma de hacer un “cacerolazo” en prisión—. Luego prendieron con encendedores o con las resistencias de los bombillos toallas y colchonetas y las lanzaban al centro de los patios. Después, unieron esfuerzos y rompieron los candados de las celdas para salirse.

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Los ocho pabellones de La Modelo son muy similares: un espacio grande que sirve de tendedero de ropa y cancha de fútbol, y, al lado, un edificio que alberga las celdas. Un pasillo central divide y comunica todos los patios, pero este a su vez es interrumpido a medio camino por otro corredor más amplio que lleva a la entrada principal del penal, sobre la carrera 56, al occidente de Bogotá. La cárcel, mirada desde arriba, parece una cruz, pues es una versión un poco más moderna de la estructura del panóptico del que escribió Michel Foucault y que fue, por años, la estructura de la mayoría de las cárceles del mundo. 

Aunque los internos evadieron sus celdas mientras gritaban “¡libertad, libertad!”, un par de rejas los separaban del pasillo central y todavía muchas más de escapar del todo. Varios guardias se acuartelaron, cerraron las puertas blindadas que separan el pasillo central de la salida y pensaron que, como en varias ocasiones había pasado, el motín se calmaría con algunos dragoneantes que fueran a hacer contención con bolillos y escudos. Pero no fue así. Al cabo de un rato, uno de los guardianes pidió auxilio a los dragoneantes que ya habían salido de trabajar. En un audio, que conoció este diario, dice: “Muchachos, toca que se vengan los disponibles. Se salieron al pasillo central. Se salieron a la blindada. La vaina está complicada ¡Tienen armamento!”. 

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Para ese momento, se estima que la mitad de los internos del penal habían salido de sus celdas y cientos de ellos, en especial de los patios 4 y 5 —que están presos por delitos leves, como hurto o lesiones personales—, habían escogido un camino distinto al obvio del pasillo central. Cámaras de seguridad muestran cómo, en bandadas, los hombres se lanzaban de las ventanas de las celdas a los techos contiguos y, luego, al perímetro semiexterior del penal. Allí, solo un muro los separaba de la libertad. Pero por alguna razón, los internos decidieron tomarse las garitas, que son las estaciones altas de vigilancia, donde hay guardias con armas largas.

Alcanzaron a tomarse dos. En la garita 9, ubicada en el ala sur de la cárcel, no se sabe aún quién atacó primero, si el guardia, que cuenta regularmente con 70 municiones, o los internos, que pusieron colchonetas incendiadas a los pies de la garita para asfixiarlo con el humo. Lo que sí le contaron varios presentes a este diario es que la conflagración alcanzó al guardia, este saltó para salvarse y ahora está en un hospital recuperándose de las quemaduras. Al tiempo, internos del ala norte se tomaron la garita 1. Otro dragoneante nos dijo: “Le saltaron por encima y empezaron a quemar la garita. El compañero se atrincheró, logró escaparse y no lo secuestraron”. 

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En el suelo, el intento de contención que hacían los más de 50 guardias que reaccionaron fue volviéndose enfrentamiento. Al principio, los dragoneantes disparaban al aire para que el susto devolviera a los internos a sus celdas, pero la estrategia dejó de funcionar, pues sus contendores se habían armado con seguetas, ángulos de construcción afilados y bombas molotov que construían en segundos con el thiner que robaron de los talleres y el alcohol que saquearon de sanidad. Luego vino lo peor: los internos se apropiaron de dos fusiles. En la mayoría de los patios todavía quedan cartuchos de bala.

En otro audio que conocimos, una dragoneante pide auxilio: “Se subieron a las garitas y cogieron el armamento. Por favor, todos los disponibles de cárcel Modelo, ¡hagan presencia!”. Para ese momento, otro de los guardianes con los que hablamos, quien salió de su casa para apoyar a sus compañeros, tuvo que dejar su carro unas cuadras más arriba a su llegada a la cárcel, porque a la entrada se fueron concentrando familiares de los internos, alertados por medios de comunicación de lo que ocurría. Aunque el Inpec cuenta con su propio Esmad, el Cuerpo de Reacción Inmediata (CRI), “en ese momento también estaba prendida La Picota, entonces estaban allá”, nos dijo otro guardia.

Los internos se tomaron dos sectores: la panadería, en el ala sur, y la cocina o rancho, al norte. Uno de los guardias que hizo contención en la primera área, nos contó: “La panadería estaba en llamas. Nuestra preocupación era que ahí está el tanque de combustible de los hornos. Si se estallaba, morían miles. Pero los internos, por arrojarnos piedras, no dejaban que se apagara el fuego”. Finalmente, llegó el CRI y con el apoyo de los gases lacrimógenos que lanzaban, así como el de las aturdidoras que estalló la Policía afuera, los guardianes por fin ganaron ventaja. “Los fuimos moviendo en formación con nuestros escudos, y aun así nos lazaban piedras y escombros”, agregó el funcionario. 

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Poco a poco, lograron conducir a la mayoría de los internos de la panadería al comedor del sur de la cárcel, pero el enfrentamiento en el norte continuaba. Uno de los funcionarios que resultó más gravemente herido estaba en ese sector. Se trata de un auxiliar de guardia que no pasa de los 19 años y a quien los internos, al parecer, se le lanzaron encima con puñales y piedras. Todavía está en cuidados intensivos. Allí mismo, en medio del caos, unos seis o siete internos se tomaron un camión de alimentos. “No sé de dónde sacaron las berracas llaves, pero se montaron al vehículo, lograron prenderlo y la idea de ellos era romper la puerta con el furgón”, nos dijo un dragoneante. No lo lograron.

La puerta resistió, pero en circunstancias que no son claras todavía, los reclusos de ese vehículo perdieron la vida. De hecho, la mayoría de los cadáveres fueron levantados en el sector de la cocina, y algunos dentro de los patios, pues varios heridos de gravedad se devolvieron a sus celdas y allí murieron. Otros más fallecieron en los techos, pues los alcanzaron las balas que llegaron desde las garitas. 

No todos los internos participaron. En el Nuevo Milenio, el patio donde están los internos diagnosticados con VIH, aseguran que salieron al pasillo para sobrevivir. “Nuestra salida principal estaba incendiada y la guardia tiraba gases por atrás. Estábamos acorralados. Cuando se calmó el fuego, unas personas cogieron la puerta a golpes hasta que logramos forzar los candados y pudimos salir al pasillo central. Pero había mucho fuego: caía fuego del techo, había incendios. Cogimos trapos y nos tiramos al piso para poder respirar”, nos contaron internos de ese patio. En el 2b, donde hay exparamilitares, y en el 3, donde hay exfuncionarios públicos, no salieron tantos, pero hasta sus celdas llegaron internos de otros patios a robarles. 

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El orden se restauró hacia las 3 a.m. del domingo. Mientras la cárcel era consumida por las llamas, el camión de bomberos esperó varias horas la luz verde del Inpec para entrar y controlar el incendio. Los guardianes se aseguraron de llevar a todos los internos a alguno de los patios, echaron candado y solo entonces les abrieron la puerta a los bomberos, Medicina Legal y el CTI para que empezaran a levantar los cuerpos. A la mañana siguiente, los internos no recibieron el desayuno y tampoco pasó la guardia a contarlos, como se suele hacer sobre las 7 a.m.. Solo hasta el mediodía la ministra de Justicia, Margarita Cabello, anunció que habían muerto 23 personas. 

Las fuentes consultadas aseguran que la antigüedad de la cárcel como edificio la hace inocua en infraestructura frente a un desorden de esta magnitud. Pero también, que por estos días en diversas cárceles los consumidores de drogas presentan síndromes de abstinencia, desde que se suspendieron las visitas. “Esto lo preveíamos, porque es la visita la que más lleva el vicio y desde la orden de quitar la visita, por el coronavirus, se dieron muchos problemas”, señaló un guardia. “Pero no imaginamos que fuera a ser algo así. Aquí se metió el diablo y se tomó a los presos”. 

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Algunos guardias dijeron que el rol de los líderes de cada patio —llamados caciques— fue central y que, incluso, les ofrecieron dinero a los internos por participar en la revuelta. Otros dragoneantes aseguran que los caciques no tuvieron nada que ver y, por el contrario, intentaron mediar en el enfrentamiento sin éxito. Los guardianes lamentan el saldo mortal, pero responden que no cuentan con suficiente armamento no letal y reaccionaron con lo que tenían. Además, reclaman porque se sienten víctimas y, a la fecha, dicen, no les han brindado ni siquiera acompañamiento psicológico. Una de nuestras fuentes ya tuvo un episodio de ansiedad por lo ocurrido.

Para la ministra Cabello y el Inpec, se trató de un “plan criminal de fuga”. Una alta fuente cercana a la investigación nos dijo que, tras hablar con los internos, infiere que se trató de una protesta que escaló a violencia y, por la letalidad de las armas, terminó en masacre. Un fiscal de derechos humanos con un equipo de más de 40 investigadores está al frente del tema, y la Procuraduría ya le pidió al director de la cárcel, Carlos Hincapié Franco, enviar todos los videos de cámaras de seguridad. Por su parte, el senador Iván Cepeda y el Comité de Solidaridad con los Presos Políticos enviaron una comunicación urgente a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, para que exija al Estado colombiano investigar a fondo lo sucedido el pasado 21 y 22 de marzo en la cárcel La Modelo de Bogotá.  

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