“Estamos peor que Somalia”: relato de un médico voluntario en Chocó

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El médico brigadista Rafael Latorre ha recorrido la vasta zona selvática del Chocó por un voluntariado que hace para una comunidad emberá. La semana pasada, las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (o Clan del Golfo) vetó a dos brigadas de salud de seguir su camino para atender a pueblos indígenas que habían enviado cartas suplicando la presencia de los médicos.

Para llegar al resguardo emberá Guamal-La Raya, desde el municipio más cercano, Riosucio (Chocó), se necesitan unas buenas botas pantaneras, energía para vencer la selva durante dos días, valor para encarar el grupo armado ilegal más grande del país y madurez para vivir en carne propia problemas endémicos de Colombia: la desigualdad y el conflicto armado. Esa es la historia del médico brigadista Rafael Latorre, quien la semana pasada entró en el denominado Tapón del Darién para atender una comunidad que, según sus palabras, está a punto de desaparecer por el abandono estatal.

“Estamos peor que Somalia, peor que Afganistán, lo peor que yo he visto en mi vida y he sido misionero médico en muchos países del mundo. Hay un abandono a su suerte. Estas personas tienen un sufrimiento en pleno siglo XXI, no tienen comida, salud, agua potable, ni la más mínima referencia del Estado”, dice el médico brigadista Rafael Latorre en diálogo con El Espectador. Durante un par de días, el voluntario atendió un resguardo de 500 personas, que, según lo que vio, se está cayendo a pedazos en medio de la nada.

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El médico Latorre llegó la semana pasada a Riosucio (Chocó), donde hay un grupo de trabajo conformado por un líder social y dos personas de una parroquia. Con financiación de su propio bolsillo y de donaciones internacionales, el brigadista alistó unas maletas con alimentos y medicinas para atender, sin ningún tipo de retribución, uno de los resguardos de la comunidad emberá en zona limítrofe con Panamá. Desde Riosucio salieron dos brigadas más que atenderían otros resguardos y que irían por los ríos Truandó y Salaquí. Sin embargo, en medio del camino, los voluntarios fueron detenidos por hombres de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC, nombre que la familia Gaitán repudia).

“Fueron devueltos por los grupos paramilitares y eso que tenían una carta de la Asociación de Cabildos del Bajo Atrato (representantes de los grupos indígenas del Chocó), donde se solicita el favor suplicando que entraran las brigadas”, dice Latorre. El médico asegura que hay decenas de resguardos que no han recibido ni una sola aspirina durante meses, pues desde el inicio de la pandemia por COVID-19 los miembros de las AGC se hicieron con el territorio y controlan el paso por diferentes ríos de la región. “Nosotros pasamos una carta a la Superintendencia de Salud de Colombia, donde dábamos cuenta de que las comunidades más alejadas no habían podido ni entrar ni salir de los resguardos”, explica el voluntario.

La brigada de Latorre fue la única que pudo pasar, pues durante el viaje no hubo presencia de paramilitares por el río Cacarica. Los voluntarios se dirigieron hacia el norte, donde la fauna y flora se comparte con Panamá en el Parque Nacional Los Katíos. “Fueron dos días de camino. Tras ir un día por río nos quedamos en el resguardo emberá Taradó, luego fue un día de camino hasta el resguardo de Guamal-La Raya. Es un resguardo de aproximadamente unas 500 personas, entre ellos al menos 150 infantes”, cuenta el médico. Latorre cree que es más difícil presenciar cómo esta comunidad intenta sobrevivir que el mismo viaje para llegar a ella en medio de la selva pura.

“Estando alojados en una casa que nos prestaron, a la mañana siguiente conformamos un grupo de trabajo de salud y empezamos a ver los niños principalmente. Vi más o menos 70 niños, que estaban en un 95 % en grave estado de desnutrición. Tenían el cabello muy débil, su piel estaba cubierta de lesiones escamativas, que son muy propias de la malnutrición. Su estómago hinchado por falta de proteína y por grandes cantidades de lombrices. Todos en bajo peso. Hay un niño de 3 años que parece un bebe de meses. Ese es el grado de desnutrición de nuestros pueblos originarios que han sobrevivido 500 años de colonia y yo no creo que duren mucho más a este paso”, dice el médico.

En el resguardo emberá Guamal-La Raya las mujeres visten faldas tan coloridas que parecen obras de arte andantes. Los integrantes de la comunidad suelen andar descalzos por terrenos pantanosos, propios de una zona de alta precipitación. Hay una especie de plaza principal que tiene algo de césped y unos arcos de fútbol hechos con la madera que abunda en todas las direcciones. Las casas tienen una arquitectura curiosa, pues cuentan con unas bases de metro y medio que evitan que los espacios se inunden, cuando la lluvia parece llevarse todo a su paso. “Las casas son demasiado sencillas, no hay baños, no hay agua potable, ni luz, ni acueducto. No tienen absolutamente nada”, agrega Latorre.

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El médico cuenta que enumerar los problemas de la comunidad es tan difícil como entrar en la zona selvática del Tapón del Darién. “Dimos cuenta del grave estado de falta de alimentos, de falta de medicina, no se encuentra en el pueblo una sola pastilla para algo. No hay nada para picadura de insectos, culebras o alacranes. Como no tienen que comer entonces están talándose el Chocó completamente: un árbol de mil años lo talan para poder llevar comida a la casa. Las niñas se embarazan de 12 y 13 años, y a los 15 años están teniendo el otro. Y no hay forma de que salgan, porque los grupos paramilitares no los dejan. Hay una fuerte presencia de las autodefensas”, dice Rafael Latorre.

La brigada atendió a las personas del resguardo en una pequeña casa de madera, la cual durante dos días se disfrazó de consultorio médico. Cuando parecía que todo estaba tranquilo, Latorre vivió uno de los momentos más difíciles de su carrera, pues le “pidieron el favor” de revisar la salud de personas que, como estrategia de guerra, están acostumbrados a silenciar las vidas de los demás. “Me tocó atender los grupos paramilitares. Al parecer venían de Panamá e hicieron campamento al lado del resguardo. Tenían botas y sombreros, y escarapelas que decían Autodefensas Gaitanistas de Colombia. Los examiné, pero yo no quería verlos. Lo único que les pedí es que dejaran el fusil afuera de la casita donde yo estaba atendiendo”, detalla el médico.

“Al parecer tienen un diálogo cordial con la comunidad y es que no hay de otra, hay cientos de kilómetros donde la presencia del Estado es nula. Están en manos de estos grupos paramilitares. Uno de los tipos llegó y me dijo ‘doctor vengo porque tengo problemas respiratorios, se me tapa la nariz’. Otro llegó con lesiones de leishmaniasis, que es una infección en la piel que nace por la picadura de mosquitos. Me dijo que había aplicado unas inyecciones, quien sabe de dónde. Tenía heridas de putrefacción de tejidos que ya estaba sanando, pero se veía terrible. Otro llegó con hongos en los pies por la caminada con las botas”, cuenta Latorre, luego de revisar el grupo armado como si se tratase de sus habituales clientes.

Sobre los miembros de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, Latorre dice que le comentaron que eran campesinos sin oportunidades. Los hombres armados venían de departamentos como Antioquía, Córdoba y Santander, además, tenían serias dificultades para mantener una conversación. “Solo hablan de minería ilegal y cultivos de coca. Igual los indígenas no quisieron decirnos que hacían, pero sí se veían plantaciones de coca en la región”, cuenta el médico. Además, autoridades del Chocó le habrían comentado que los paramilitares quieren hacer una limpieza de los resguardos, para quedarse con tales tierras y seguir financiando sus actividades por medio del narcotráfico.

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El líder social que acompañó al médico Latorre habló con este diario de forma anónima, pues las AGC lo tienen amenazado de muerte. Cuenta que las Farc se fueron del territorio en 2016, luego de firmar los acuerdos de paz con el gobierno Santos, sin embargo, los paramilitares se apropiaron de la zona selvática con una estrategia difícil de rechazar para un pueblo que vive en el abandono: dinero fácil. “Teníamos la esperanza de tener una vida digna, sin ninguna presencia de ningún grupo. Cuando salió la guerrilla, inmediatamente las autodefensas entraron ofreciéndole dinero a las personas para sembrar coca. Les dan $400 mil por kilo procesado”, dice el líder.

“Hay que resaltar un estado histórico de abandono por parte de los gobiernos de turnos. No hay inversión social, no hay empleabilidad, no hay vías fluviales en buen estado, por eso estos delincuentes se aprovechan para reclutar y promover la siembra de la coca. Nosotros podíamos hablar con la Farc, les podíamos decir que respetaran y que dejaran entrar las brigadas de salud. Pero llegan las autodefensas y dicen que tienen que poner bases porque el territorio es de ellos, que tienen órdenes”, agrega el líder social, quien teme a que lo tilden de “sapo” y pueda morir por denunciar la situación en el Chocó.

De hecho, el contexto de seguridad es siniestro para los líderes sociales en el departamento del Chocó. De acuerdo con estadísticas del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz, en lo que va corrido del año han asesinado a ocho personas que trabajan para las comunidades de esa región. “Nosotros estamos muertos en vida. No podemos decir nada ni hacer nada, por un estado histórico de abandono de los gobiernos. Es impresionante la presencia de autodefensas, en Riosucio están marcando las casas con grafitis que dicen Autodefensas Gaitanistas presentes”, cuenta el líder social.

Cuando el médico Francisco Latorre terminó su trabajo en el resguardo Guamal-La Raya, viajó a su municipio natal para pasar tiempo con su familia antes irse a Estados Unidos. Cerca de New York trabaja en un consultorio donde los pacientes presentan cualquier tipo de problemas, pero nunca aquejan haber pasado hambre. “El contraste es brutal, pero me siento más útil aquí en Colombia, aunque no me pagan. Me siento más útil dando mis conocimientos a las comunidades. Me gusta conocer estos territorios y estas maravillosas personas”, dice el voluntario.

Latorre también asegura que, el pasado 6 de noviembre, otra brigada intentó atender un resguardo emberá, sin embargo, “los gobernantes de facto” los devolvieron con amenazas. Hoy cree que, aparte de llevar vitaminas y chequear la salud de los indígenas, su función más importante es denunciar. “Los niños emberá, lastimosamente, crecen sin el desarrollo cognitivo que debería tener un niño bien alimentado. La deserción escolar es enorme, nadie se gradúa de un colegio y el que lo hace termina con 25 años. Y esos son los mismos que escogen como profesores porque nadie quiere ir allá. Ellos no cultivan nada porque hay minas quiebrapatas (antipersonal), solo comen plátano y arroz. No hay otra salida que documentar lo que vi”, concluye.

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