“Este país lo mejor que produce… lo mata”: Diego León Hoyos sobre Jaime Garzón

El actor y libretista Diego León Hoyos recuerda a su entrañable amigo y compañero de set en “Quac, El Noticero”, 20 años después de su muerte, con anécdotas que demuestran la genialidad y viveza del humorista.

Jaime Garzón y Diego León Hoyos como Emerson de Francisco y María Leona Santodomingo. Archivo Cromos

Jaime era uno de los seres más luminosos, inteligentes y sorprendentes que he conocido en mi vida. Su legado está en su genialidad, como ser humano y como colombiano. Tuvo la capacidad de burlarse de sí mismo y si una persona es capaz de hacerlo es confiable, porque tiene el valor y el coraje de la autocrítica. Pocas veces vi un actor tan genial sin tener formación actoral. Lo que más extraño es la tolerancia, la democracia, la inteligencia, la crítica y la risa. Lo que quienes lo asesinaron —quienes hayan sido— le negaron a este país.

Jaime era muy, pero muy, aventado. Tan inteligente como osado y temerario. Un día cometí el error de montarme en su moto. ¡El vértigo, la velocidad, el riesgo! Cuando creí que ya nos íbamos a matar, paramos en un semáforo en la avenida Circunvalar donde había dos camionetas que venían detrás de un político importante. Estaba lleno de guardaespaldas, de las camionetas salían mini Uzis, escopetas y todo tipo de armas. Jaime se paró conmigo frente a ellos y me dice: “Dieguito, venga, empecemos a sumar qué condenas hay aquí. El conductor, por ahí, unos 35 años por tortura, el otro por maltrato familiar, el otro por asesinato”. ¡Hacía las cuentas cara a cara con los guardaespaldas! Yo dije: “Si no me morí en la moto, me voy a morir aquí”. Y los señores de las escopetas lo que hicieron fue morirse de la risa.

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Jaime tenía eso: era repentino, divertido. La gente ni siquiera se podía poner brava con lo que estaba diciendo porque era verdad. Eso fue lo que hizo siempre Jaime. Hay muchas maneras de desnudar una injusticia y Jaime tenía una magia tal que nunca fue humillante. Él imitó y se burló como nadie del presidente (Andrés) Pastrana, del expresidente (Ernesto) Samper y todo eso era gratísimo. Tanto, que al Doctor Gordito, que era Samper, lo recuerdo con un enorme cariño. Era una manera increíble de desenmascarar lo que había detrás del poder sin injuria ni señalización. Tenía gracia, humor y sobre todo una humanidad entrañable.

Unos seis meses después de que lo asesinaron, yo actuaba en una telenovela. Mi personaje tenía que llevarle una serenata a su pretendiente. Llegaron los mariachis, con sus trompetas, con el “Son de la negra”, la canción con la que se inician las serenatas en Colombia, y empecé a llorar. No podía dejar de llorar. Me demoré un segundo y medio en entender por qué: la única persona que me había llevado una serenata fue Jaime, el día que María Leona Santodomingo, mi personaje en Quac, El Noticero, cumplió cuarenta años. Eso no lo puedo olvidar.

Nosotros hacíamos Quac en un edificio cerca de mi apartamento, en el centro de Bogotá. Mi esposa nos invitaba a comer o almorzar después de las pausas en el estudio. Aquí vivía un político liberal que acababa de salir de la cárcel por un tema de compra de votos. Era muy amable el vecino. Un día salimos con Jaime, con Antonio Morales, que era el jefe de redacción, con Claudia (Gómez), la directora, y con Miguel Ángel Lozano. Salimos a coger el ascensor y allí estaba el político liberal. Y Jaime nos cogió a todos contra las paredes.

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“¡Cuidado! ¡Ojo, ojo! El reloj. Cuidado con ese, porque ahí está el político liberal absoluta y totalmente corrupto”, decía. Y los dos guardaespaldas que traía ese señor se pusieron de espaldas, con sus ametralladoras, y se reían. Fueron apenas unos segundos, algunos de los segundos más interminables de mi vida. Era para morirse de la risa, pero nunca lo habría hecho porque era mi vecino. Pero Jaime sí lo hacía. Eso que le hizo a ese señor en ese ascensor: recordarle lo corrupto y lo podrido que era, se lo hizo a todo este país, hasta que ya no soportaron que lo hiciera más y lo mataron.

Quac y todo lo que significó en ese momento del país podría ser el gran momento icónico de Jaime Garzón. Lo más genial de Quac fue ese: “Buenas noches, Edificio Colombia, le habla Néstor Elí”. El Edificio Colombia era una figura teatral perfecta. En el quinto piso podrían estar los hermanos Rodríguez Orejuela, que eran narcotraficantes, o el embajador de los Estados Unidos y en el décimo el presidente de Colombia. Es genial que él, desde la portería del edificio, pudiera hablar, burlarse e interrogar todo lo que pasaba en el país. Eso es mérito suyo, pero también de los que escribían el programa: Antonio Morales, Miguel Ángel Lozano y la directora Claudia. Jaime estableció un código amigo con los espectadores y todo el país lo entendía.

Después de Quac, trabajando en el noticiero de Yamid Amat, Jaime se inventó a Heriberto de la Calle. Para la memoria de la gente —creo— el embolador es su personaje más icónico y lo hizo él solito. Pero yo amo a Néstor Elí y amo a la cocinera de Palacio y amo todo lo que hizo. Jaime Garzón es una persona verdaderamente esencial en la historia de este país… Me puedo morir de la tristeza de saber que lo mataron igual que a Andrés Escobar. Es inaudito, inaudito, que este país lo mejor que produce… lo mata. Nunca hablé con él sobre si lo iban a matar, más allá de una cosa humorística. En cierto momento a Jaime le pusieron una cita los del cartel de Cali. Fue y habló con ellos y, cuando llegó, me dijo: “Dieguito, acabo de hablar con los del cartel y sí: nos van a matar, pero me garantizaron que no nos van a torturar”.

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Es que con Jaime era imposible… era tan loco y descarado. Un país no son las fronteras, un país es la complicidad que existe entre un grupo enorme de ciudadanos. Esa complicidad es una manera de reírnos, es una cosa colombiana, es un guiño. Eso no lo entendemos sino cuando salimos y vemos colombianos fuera. Es esa manera de reírnos colectivamente. ¿Qué quiere decir? Que cuando matan a alguien como a Jaime Garzón matan a la mitad del país, matan una forma nuestra de reírnos y de comunicarnos. Y en este país hay muchos crímenes y violencia, pero pocos episodios tan dolorosos y tristes como que hayan matado a Jaime Garzón.

Jaime se empeñó en que en este país hubiera un proceso de paz y eso fue lo que probablemente lo mató, su aproximación con los insurgentes. Ese rumor infame, absolutamente infame, de que recibía plata en los arreglos de los secuestros. En su libro, Carlos Castaño (el jefe paramilitar) dice que sí lo mandó a matar, que se arrepintió y que trató de detener el operativo, pero que ya era inevitable. Jaime hoy estaría esperanzado y preocupado. Tenemos un proceso de paz absolutamente importante para el futuro de este país, pero terriblemente amenazado. Y esperanzado porque ese proceso de paz puede solucionar, de alguna manera, la guerra interminable en la que está el país. Pero es tan frágil el proceso que puede desparecer así de rápido, como lo mataron a él.

*Especial para El Espectador

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2019-08-11T11:30:44-05:00

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2019-08-14T15:11:26-05:00

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Diego León Hoyos*

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