Las excusas de un abusador

Un hombre que abusó de una menor que se encontraba bajo los efectos del alcohol dijo, en su defensa, que la mujer no estaba tan alicorada y que todo fue “una estratagema” de ella para cubrir “sus propias faltas”.

iStock
El 26 de agosto de 2005, cerca de la medianoche, Yennifer llegó a su casa. Se encontraba sucia, oliendo a excrementos y con la blusa que vestía rota. Presentaba, además, golpes en el rostro, por lo que su madre decidió cambiarle la ropa y fue cuando esta se percató de que la menor, de 16 años, sangraba por sus partes íntimas. Horas antes, Yennifer se encontraba bebiendo con dos amigos, Camila y Esteban, y el tío de Esteban, Felipe. 
 
A las 8:30 de la noche partieron hacia la casa de Camila pero, en el trayecto, se detuvieron al lado de una represa y Esteban y Felipe tuvieron relaciones con Yennifer, que ya se encontraba bajo los efectos del alcohol. Luego Felipe dejó a Camila y a Esteban cerca al hospital del pueblo en el que vivían y se fue con Yennifer a la que, supuestamente, iba a llevar a la casa. Pero, en vez de eso, la llevó a la carretera que conduce al aeropuerto y allá la violó, causándole las lesiones ya mencionadas. 
 
Felipe fue condenado el 31 de enero de 2011 por un juez de Barrancabermeja a 9 años de prisión. Sentencia que fue confirmada, el 14 de noviembre de 2014, por el Tribunal de Bucaramanga. Entonces el caso llegó a la Corte Suprema de Justicia. En el proceso, Felipe alegó que Yennifer no se encontraba tan alicorada como decía. En su criterio, no “había una sola prueba que demuestre de forma científica que la víctima se encontraba en incapacidad de resistir”. 
 
Sostuvo, además, que era el evidente el deseo de la menor  “de tener sexo con el procesado y su sobrino”. Según él, el Tribunal no tuvo en cuenta este hecho “pues la víctima tenía por costumbre hacerse la que no recordaba nada”, amnesia que, además, calificó de contradictoria, por cuanto ante los médicos forenses la mencionada hizo un relato parcial de lo acontecido, reconociendo tácitamente el ayuntamiento.
 
Indicó, igualmente, que en realidad  la pretensión de Yennifer “era económica y no de sanción penal por los hechos ocurridos, de donde se concluye que la víctima había consentido libremente el acto sexual”. Dijo que uno de los muchachos presentes era testigo de “cómo la víctima al acceder a la cópula actuó en concordancia con las caricias y actitudes previas que develaban su voluntad dispuesta a ese propósito, sin denotar en ella algún comportamiento anormal”. 
 
Y que no había sido él sino las jóvenes las que “organizaban las bebetas” y que todo el proceso era una estratagema de “quien se dice agraviada orientada a cubrir sus propias fallas, ante sus compañeras de colegio y ante la comunidad en la que residía”. 
 
Su abogado, por su parte, dijo que Felipe fue engañado en tanto Yennifer “le informó que contaba con una edad distinta a la que realmente tenía, lo sedujo y la adolescente se encontraba en posibilidad de comprender el peligro al que se exponía, pues, recalca, no era neófita en la ingesta de licor (…) La supuesta víctima dio cuenta de una amplia trayectoria en el consumo de bebidas alcohólicas, por lo que no le es admisible que con dos cervezas y unos tragos de ron que ella misma se servía hubiese perdido transitoria y selectivamente el conocimiento”. 
 
Y que Felipe, como un ser humano que “reacciona favorable o desfavorablemente a los estímulos especialmente cuando provienen del sexo opuesto”, asumió como sinceras y, sobre todo, válidas las insinuaciones de la joven, y que de lo contrario, “no se hubiera dejado encantar por la seductora, quien no solo quería placer sino remuneración económica, quien al sentirse así y no haber alcanzado su pretensión decidió como el vengativo, propio de la idiosincrasia del pueblo santandereano”. Por lo que pidió que si defendido fuera absuelto.   
 
La Corte no estuvo de acuerdo. Señaló que los testimonios de los menores involucrados en los sucesos evidenciaban que fue Felipe quien compró el trago ingerido por los adolescentes –una garrafa de ron– y promovió su ingesta. 
 
En su criterio, resultaba infundado decir que Yennifer “tenía la perspectiva de anticipar el potencial resultado al que podía verse abocada, atendiendo que esa sugerida autopuesta en peligro se difumina ante su condición de estudiante de colegio, de 16 años de edad, cuya intención inicial era compartir en casa de una de sus amigas con otros de sus pares. Escenario que no se compagina con el traslado en un vehículo a un sitio de recreo junto con una persona que le doblaba en edad  para ser incitada al consumo indiscriminado de licor, con protervos propósitos”.  
  
El alto tribunal se refirió al dictamen médico legal realizado tras revisar a Yennifer y en el que se dejó constancia de “las múltiples lesiones que dejó la afrenta, traducidas no solo en distintas equimosis en cara, cuello, senos, espalda sino especialmente en el ano, al punto de presentar desgarro, vestigios incompatibles con la aceptación voluntaria de tales vejámenes”.
 
Esa entidad concluyó que, primero que todo,  que Yennifer recordara parcialmente lo sucedido no significaba “un recuento acomodado, sino que es signo inequívoco de un avanzado estado de intoxicación (…) no puede decirse que un móvil económico dio lugar a la denuncia, en tanto reclamar el reembolso de los gastos clínicos que ameritó la rijosa arremetida se ofrece legítimo y por demás irrisorio, de cara a la afectación causada”. 
 
“Y de admitirse que la menor pudo haber asumido actitudes provocadoras, esto tampoco excusa al procesado precisamente porque el estado de alicoramiento puede llevar muchas veces a la inhibición y a que la persona adopte posturas que pueden transmitir un mensaje equivocado, perceptible para quienes están a su alrededor y más en un sujeto como Felipe, con una edad que prácticamente doblaba la de su víctima y con mayor experiencia en el andar de la vida”. Y, por ello, confirmó la condena en su contra.