Este martes se cumplen 20 años de su muerte

Exmagistrado Ciro Angarita, el maestro, el juez

La decana de la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes, Catalina Botero Marino, recuerda el valor de las enseñanzas y el trabajo del jurista, uno de los jueces pioneros de la Corte Constitucional en 1991.

Ciro Angarita murió por un fulminante ataque cardíaco el 26 de septiembre de 1997 en Armenia. / Archivo El Espectador

El 26 de septiembre de 1997, a las 11:30 a.m., murió Ciro Angarita Barón. Murió de muerte natural. O de tristeza. Apenas tres días antes había muerto uno de sus entrañables amigos, Eduardo Álvarez-Correa, el profesor insignia de la Facultad de Derecho de los Andes y quien era su cómplice en la revolución de la enseñanza, en la subversión contra el inciso, contra las peleas inútiles de poder y contra las prácticas que hacen indigna la profesión jurídica. Es raro que un hombre como Ciro haya muerto de muerte natural. En la Colombia de los 80 y los 90, lo usual era que a la gente que pensaba como Ciro la mataran. Pero él murió de un ataque al corazón, haciendo lo que mejor sabía hacer: hablando apasionadamente sobre la justicia en la premiación de un trabajo académico.

Hablaba con una fluidez, un humor y una inteligencia exquisitos. Entraba a cualquier sitio, con su cuerpo frágil sobre su silla de ruedas, y en cuanto tomaba la palabra comenzaba a crecer hasta que, al final, era él quien se alzaba, enorme, frente a un auditorio deslumbrado. Pero no es por eso que hay que rendirle homenaje. No es por su impecable oratoria o por la forma heroica como superó las trampas que le puso la vida. Es porque era de esas personas generosas que entregan todo de su parte para defender a quienes se encuentran indefensos. Él, como poca gente, encarnaba las aspiraciones de esa entonces nueva y refrescante Constitución de 1991.

Como lo dijo alguna vez Carlos Gaviria, la palabra que mejor describía a Ciro Angarita era integridad. En él, el maestro, el hombre y el juez eran la misma persona. La convicción en el respeto por el otro, en la justicia respecto de quienes han estado marginados o discriminados, en el deseo de una vida buena y justa, libre de las humillaciones que surgen de la pobreza, la indefensión o el estigma, lo caracterizaba en todas las facetas de su vida.

A diferencia de quienes pregonan pulcritud desde la deshonestidad, de quienes se proclaman a sí mismos defensores de valores morales pero rompen la mas básica regla de respeto y reconocimiento por la dignidad del otro, de quienes hablan de justicia pero reproducen privilegios, de quienes se comprometen a defender lo público y sin embargo se lo apropian, de quienes deshonran sus responsabilidades y las entregan al mejor postor, Ciro Angarita era un hombre íntegro. Un hombre decente.

Como maestro, Angarita no ahorraba ningún esfuerzo para que sus alumnos entendiéramos que detrás de las normas había personas. Que si las normas eran injustas, entonces causaban sufrimiento. Que el deber del abogado era el de lograr que el derecho sirviera para la realización de la justicia. Y eso lo hacía siempre con respeto, pero sin ninguna consideración paternalista. Los estudiantes teníamos que empinarnos para lograr estar a la altura del debate que abría cada clase. Su método predilecto era la dialéctica. No había verdades que no pudieran ser discutidas. La única condición era que cualquier argumento estuviera soportado en razones y que estuviéramos dispuestos a someterlas a la prueba ácida de la deliberación. Eso sí, cuidándose siempre de no traspasar la barrera que separa el argumento de la persona.

Como abogado, ejerció con notable rectitud y solvencia moral. En 1988, pude asistir al trabajo de un equipo de abogados compuesto por Eduardo Cifuentes, Ciro Angarita y Gilberto Peña en defensa del patrimonio público. Nunca tuve dudas sobre si había elegido la profesión correcta. Pero si las hubiera tenido, esa temprana experiencia me las hubiera despejado. Ver a esos extraordinarios abogados trabajando sin descanso, mancomunadamente, para defender lo público, sin interés distinto al del bien común, fue el mejor bautizo que pude tener en el ejercicio de la profesión. Pero no sólo las justas convicciones y su pulcritud eran lo que llamaba la atención de su ejercicio profesional. Seguramente porque para él la cooperación era parte de su vida cotidiana. Porque dependía de sus amigos, que subían y bajaban su silla de ruedas en una ciudad inhóspita diseñada desde el privilegio de los que podemos caminar, seguramente por eso, Ciro sabía trabajar en equipo y de manera cooperativa. La impronta individualista que define muchos campos de la profesión jurídica le era ajena, porque entendía, por su propia experiencia, que la supervivencia e incluso, la mayor felicidad de todos, dependía de la cooperación honesta y generosa.

Como juez, en su corto periodo, marcó la senda que permitió luego a la Corte desarrollar buena parte de la jurisprudencia más emblemática de esa corporación. Ciro vio lo que otros no podían ver: el potencial emancipatorio del derecho constitucional, la injusticia detrás de las discusiones insustanciales del derecho y vio, sobre todo, el papel del juez a la hora de hacer realidad los derechos de las personas. Su jurisprudencia marcó el sendero para la posterior protección del medio ambiente, de las comunidades indígenas históricamente marginadas, el reconocimiento económico del trabajo doméstico de las mujeres hasta entonces invisibilizadas, de los niños como sujetos de derechos, de la familia como “el lugar donde están los afectos”, del libre desarrollo de la personalidad como eje central de un Estado democrático, de la privacidad como condición para la libertad, de la necesidad de contener al poder ejecutivo y obligar al legislativo a retomar sus funciones, de potenciar la participación directa de las personas en las decisiones que las afectan; en fin, de los ejes axiales de una genuina democracia.

Por eso lo recuerdan con admiración y afecto los ambientalistas, las organizaciones de mujeres, quienes protegen a la niñez, los pueblos indígenas y las generaciones de abogados que tuvimos la fortuna de conocer su ejemplo. Y todo eso lo hizo con afecto por la vida. Porque Ciro estaba enamorado de la vida. Por eso estar con él era un placer, por su desbordante optimismo, por sus sonoras carcajadas, por su lúcida manera de encontrar salidas a los más poderosos desafíos. Hasta que llegó el último, el que no pudo superar, el 26 de septiembre de 1997, a las 11:30 a.m., hablando apasionadamente sobre la justicia en Armenia.

Coda. Hay nombres que no se pueden usar en el mismo artículo. Por eso acudo a esta coda para decir lo que todos pensamos cuando mencionamos a Ciro: vergüenza deberían tener quienes usurpando la función judicial no supieron honrar a quienes antes, como Ciro —o Reyes Echandía, Gaona, Carlos Valencia, Baquero Borda, o tantos otros—, dedicaron su vida a que la gente en Colombia pueda tener justicia. Vergüenza frente a los cientos de jueces y fiscales decentes que día a día hacen su trabajo con honestidad. Vergüenza frente a un país al cual han defraudado.

*Decana de la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes.