Fallo protege a menor discriminada en colegio por tener VIH

Cuando en el Instituto Militar Antonio Ricaurte supieron que la estudiante sufría esta enfermedad, la excluyeron de algunas actividades y le negaron la orden de matrícula para 2014.

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Desde septiembre la vida escolar de Carolina, una menor de 15 años –a quien se le ha cambiado el nombre para proteger su identidad– se modificó radicalmente. Las directivas de su colegio, el Instituto Militar Antonio Ricaurte, se enteraron que ella padecía VIH y desde ese momento empezó a sentir el peso de la discriminación y el maltrato por padecer una enfermedad que en Colombia sigue siendo tabú. No importó que sus resultados académicos fueran sobresalientes y se destacara por su buen comportamiento, reiterativamente fue excluida de algunas actividades, se le negó la aplicación de una vacuna y no se le entregó el recibo de matrícula para el siguiente año lectivo. Su tía abuela María, quien está a cargo de Carolina, interpuso una tutela que el juzgado 41 civil del circuito falló a su favor, pues se le vulneraron los derechos a la educación, igualdad, dignidad humana y no sometimiento a tratos degradantes.

De hecho, apenas el colegio conoció la enfermedad de Carolina, no sólo citó a María para hacerla firmar un convenio de confidencialidad, sino que también le exigió presentar una fundamentación donde explicara que la menor no era un riesgo para la institución, incluyendo copia de la historia clínica. La tía abuela de Carolina se negó ante ésta última petición pues “la historia clínica es un documento personal que a ellos no les incumbía”. Sin embargo, viendo que la situación se complicaba y la menor estaba siendo aislada de sus compañeros, María decidió contactarse con la fundación Planeta Amor y la trabajadora social de esta institución fue a dar una charla sobre las condiciones de la enfermedad del VIH y la ausencia del riesgo para las personas con que Carolina interactuaba.

Medida que resultó insuficiente, pues Carolina siguió siendo excluida de ciertas actividades, como fue el caso de campaña de entrenamiento con personal del ejército que se realiza anualmente en el colegio para los grados 9, 10 y 11 y que es obligatoria. En un principio se impidió que la menor participara en el ejercicio, luego se aceptó que asistiera pero no la incluyeron en las prácticas, sino que la pusieron a cuidar las pertenecías de sus compañeros. Según señala la sentencia del juzgado “le prohibieron bañarse junto con las personas que integraban el pelotón y la dejaron toda la semana cuidando las maletas”.

En otra ocasión, la Secretaría de Salud fue hasta el Instituto Antonio Ricaurte a practicar la segunda dosis de la vacuna contra el papiloma humano y, según consta en el documento judicial “el coordinador no dejó que se la aplicaran” a Carolina. Es más, frente a este episodio María señala que “una de las enfermeras se negó a ponerle la inyección porque decía que la iba a contagiar, después la dejaron de última y la mandaron para el salón. Nunca se la pusieron, ahí comenzó el suplicio de la niña”.
Como si no fuera suficiente, a Carolina tampoco le entregaron la orden de matrícula para el año de 2014, cuando finalizó en noviembre el pasado periodo lectivo. Este documento siempre se presentaba con las calificaciones, sin embargo, María explica que “tranquilamente, nos entregaron las notas sin la autorización de la matrícula, a pesar de que la niña sí era buena alumna. Eso es abuso y mal trato”. Ante todas estas irregularidades, el Juzgado 41 civil del circuito consideró que “la parte accionada tuvo un trato discriminatorio con la menor estudiante, en primer lugar por cuanto la excluyó de las actividades académicas al enterarse de que la menor se encontraba con diagnóstico de VIH”.

Además, puntualiza el Juzgado que “al tener conocimiento de la condición de salud de la menor el manejo de un psicólogo y de las directivas debió haber sido completamente diferente, pues la condición de tener VIH no puede de ninguna manera se óbice para tomar represalias que atentan contra los derechos de la menor que contrario a lo actuado debían haber sido protegidas por las directivas”. Concretamente, lo que se le reclama al colegio es su desacierto en atacar a la menor por medio de prácticas discriminatorias en vez de protegerla y asegurar su bienestar dentro del plantel.

Por esta razón, el Juzgado 41 confirmó el fallo que ya había sido proferido por el Juzgado 43 Civil Municipal el 16 de diciembre de 2013 y que el colegio apeló, aduciendo que “la institución educativa no ha violado derechos a la menor estudiante, que siempre ha sido protegida por la institución como a los demás estudiantes, como lo indican en la carta de navegación y el manual de convivencia”. Añadió que, con respecto a la matrícula, “la estudiante por sí misma a través de acudiente debe efectuar los trámites para legalizarla, la cual no ha sido negada por la institución, ni por funcionario alguno, el plantel no ha negado el acceso a la estudiante para el año 2014, la matrícula la puede realizar en diciembre o en enero”.

Lo cierto es que para el juez de segunda instancia fue claro el trato discriminatorio que recibió Carolina y ordenó al colegio no sólo hacer efectiva la matrícula, sino también “cesar cualquier tipo de discriminación en contra de la menor” y realizar capacitaciones en el plantel educativo con respecto a la enfermedad del VIH. Para el abogado de la familia de la menor, Humberto Rincón Perfetti, el colegio realizó “un hostigamiento institucional” y “actuó con prejuicio e ignorancia y por ello violó la Constitución al negar el derecho a la educación, dignidad humana y un trato igualitario, ya que una persona viviendo con el VIH o el sida no constituye un riesgo social”.

Por su parte, Carolina no quiere volver al Instituto Militar Antonio Ricaurte. Según su tía abuela, “la hicieron sentir muy mal, la maltrataron, en pocas palabras, la marcaron”. Agrega que la menor decidió afrontar la situación esforzándose en sacar buenas calificaciones, pero que al final fue ella misma quien pidió no volver al colegio. Hoy Carolina estudia en otro centro educativo, mientras vive con el miedo y la prevención de volver a sentirse rechazada a causa de su enfermedad, pues los pocos amigos que tenía en el colegio militar no le volvieron a hablar.

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