Las Farc en el Cauca

Relatos de exguerrilleros dan luces sobre las dinámicas de esta organización insurgente.

Los agitados tiempos que se han vivido en el Cauca estas últimas semanas son, en buena parte, evidencia de un problema estructural que gobierno tras gobierno se han enfrentado sin éxito: las Farc están afincadas en esa región del país. Porque presionan hasta reclutar nuevos miembros para sus filas, porque representan una opción económica o porque hay simpatías hacia sus ideas y accionar, de cualquier manera habitantes de esa zona —entre esos indígenas o campesinos— terminan atrapados en esa espiral de violencia.

De las minucias de la violencia guerrillera en el Cauca, narrada desde sus entrañas, poco se sabe. Por esa razón El Espectador buscó testimonios en el programa de Justicia y Paz que permitieran conocer un poco más en detalle cómo opera, principalmente, el sexto frente de las Farc en ese punto del país. Uno de los testimonios más sustanciosos vino de un hombre llamado Wílmer Darío Velasco Arce, alias Negro Velasco, quien durante su tiempo en la guerrilla trabajó con un histórico jefe de las Farc —de hecho es uno de los fundadores junto con Manuel Marulanda Vélez: Miguel Ángel Pascuas, alias Sargento Pascuas.

Este líder guerrillero, que debe bordear los 80 años de edad, nunca ha sido fichado por las autoridades del país como narcotraficante, como sí lo han hecho con su mano derecha, Pacho Chino. Sin embargo, según el Negro Velasco, toda la droga que sale del norte del Cauca, de municipios como Toribío o Miranda, es procesada en laboratorios que el propio Pascuas abastece. “Las plantaciones de marihuana son de las Farc, las de coca son de los campesinos”, contó Velasco Arce, agregando que recibía la droga en una casa en Pradera (Valle) y ahí la vendía a varios “muchachos” para que éstos, a su vez, la comercializaran en la región.

En esa casa, este exguerrillero de las Farc vendía bazuco, marihuana y perico. Un cargamento podía implicar desde 250 hasta 500 kilos de estupefacientes. Y las ganancias las recibía Pascuas. Éste protegía excesivamente a su gente, como lo hizo con su primera mujer, a quien le pagó los estudios hasta que se convirtió en profesora de un colegio en Miranda. Ella y Pascuas acabaron la relación y ella se casó con un trabajador del Ingenio del Cauca que, aclaró Velasco, nada tenía que ver con la insurgencia.

En 2000, con la incursión paramilitar en la zona, ella y un colega suyo, también miliciano, fueron identificados por las autodefensas. A él lo asesinaron. Con ella intentaron hacer lo mismo, pero alcanzó a escapar el día que fueron a buscarla. Pascuas, contó Velasco, estaba haciendo los trámites para que ella se fuera exiliada a Canadá, como lo había hecho antes ya. Según los relatos de los guerrilleros en Justicia y Paz, algunos profesores de colegio eran milicianos. Pero, al mismo tiempo, varios se oponían a su accionar. El destino más seguro de ellos era el desplazamiento.

Pedro Darío Camilo Escobar, alias Mateco, contó lo que vivió desde su experiencia como miliciano. De cómo lo enviaban a trabajar en fincas cercanas a bases del Ejército para hacerse amigo de los uniformados. De cómo organizaban en veredas reuniones de carácter político. De cómo buscaban agentes infiltrados de las agencias de seguridad del Estado para asesinarlos. “Cuando se está de guardia uno no puede sentarse, no puede comer, no puede hacer chichí, nada”, recordaba. A los guerrilleros los ponían a hacer resumen de los noticieros, a tomar apuntes, a “pensar si ellos sí dicen mentiras”.

Se supone que el reglamento de la guerrilla indica que no se puede robar ni a la organización ni a los civiles. Pero Pascuas, por ejemplo, ordenaba en época navideña robar camiones de juguetes para repartirlos en zonas rurales de Miranda. Mateco participaba también en hurto de automóviles. La guerrilla armaba retenes sobre distintas zonas para robar mulas con alimentos. Hasta a escoltas de alcaldes como el de Rosas les quitaban objetos requisándolos. Se robaban motos y con éstas cometían homicidios previamente planificados. Robaban cabezas de ganado, mulas y caballos, como lo hicieron durante tantos años en la Costa Caribe.

Ordenaban desplazamientos de personas que, según ellos, eran cercanas a las Fuerzas Militares o al Gobierno, como los líderes de Familias en Acción. Había castigos para los civiles que, cuando los guerrilleros no hacían cumplir, eran ellos los asesinados. Y cuando son ellos los asesinos recurren a trampas, como cuando Mateco llamó a unos agentes del DAS para decirles que se iba a entregar y terminó ultimándolos. Por otro lado, pedían colaboración voluntaria de los agricultores y con ese dinero arreglaban vías y puentes. Les daban plata o materiales a personas cuando estaban en apuros. En ocasiones, eran los civiles los que les daban regalos a ellos.

A la larga, los relatos de exguerrilleros en Justicia y Paz sólo dejan ver que la guerrilla le ha ganado tanto terreno al Estado durante décadas y décadas de olvido, que una solución al conflicto en el Cauca —símbolo del conflicto que azota al país— requerirá esfuerzos mayúsculos, mucho más allá de recurrir a la fórmula aritmética de aumentar el pie de fuerza.