Testimonio

¡Feliz cumpleaños, maestro Carlos Gaviria!

Este 8 de mayo se conmemora el nacimiento del exmagistrado de la Corte Constitucional, quien fue abogado, profesor y, además, presidente del Polo Democrático Alternativo. Gaviria también fue candidato a la Presidencia de la República para el 2006. Murió el 31 de marzo de 2015.

Hoy se conmemora el nacimiento de Carlos Gaviria abogado, maestro y político colombiano. El Espectador.

En 1986 tuve la fortuna de tener como profesor de Introducción al Estudio del Derecho a Carlos Gaviria Díaz, quien años después se volvería famoso a raíz de su paso por la Corte Constitucional, el Senado de la República y por su aspiración a la Presidencia de la República. Con motivo de su muerte hace tres años se han hecho distintos homenajes en artículos de prensa, foros y conferencias, incluso la Revista Universidad de Antioquia publicó un número dedicado a él, pero en mi sentir ninguno de ellos da cuenta del hombre que fue antes de volverse una figura de primer orden a nivel nacional, una personalidad prolíficamente citada por los distintos medios de comunicación y por abogados, jueces, fiscales y ciudadanos en el ejercicio de sus actividades legales.

Es sobre otro Carlos Gaviria que quiero dejar plasmado mi testimonio: sobre el de antes del 93, el profesor de cabellos blancos, lentes de aumento, reloj de bolsillo, siempre vestido de camisas leñadoras, pantalones de dril y botas cafés, a las que en invierno solía adicionar alguna chaqueta. Fui alumno del maestro Carlos Gaviria en la Facultad de Derecho de la Universidad de Medellín, en la cual era profesor de cátedra, algo que me significó la posibilidad de asistir aproximadamente a ciento sesenta horas de conferencias, pues sus clases eran verdaderas conferencias, auténticas disertaciones sobre la materia, realidad existencial, el compromiso del ser humano, el papel de la universidad, la preservación y difusión del pensamiento, y en general, sobre la suerte común de las personas a través del tiempo.

Desde el comienzo dejó en claro que su pretensión era ayudarnos a incursionar en la disciplina jurídica a partir de preguntas y respuestas según el estilo socrático; y siempre, después de la presentación general de cada capítulo, comenzaba a interrogarnos y a insistirnos para que nos esforzáramos en responder a esas preguntas. Era la mayéutica socrática, pues Gaviria siempre quiso parecerse a Sócrates y a fe que en sus clases uno lo veía como tal. Su aspecto, su gran sabiduría y erudición hacían fácil la asimilación.

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Para el año 1986, ya había superado veinte años de cátedra -iniciada desde antes de graduarse como abogado en su alma mater-, la cual disfrutaba con auténtica fruición, dado que aquel encuentro con los estudiantes, constituyó el oficio que realmente lo hizo feliz, -más allá de los otros roles que representó en su vida-, en tanto lo definió existencial y filosóficamente y delineó las auténticas notas que representaban su alma.

Consciente de nuestra timidez y escasos aciertos él iba dándonos pistas para encauzarnos en la elaboración final de la idea que se estudiaba o analizaba. Alguna vez, un condiscípulo dijo algo de memoria, repitiendo a Kant, y él le respondió: “En vez de repetir a Kant, vamos a hacer como Descartes, vamos a ponerlo todo entre paréntesis, vamos a dudar de todo, y si después coincidimos con Kant, excelente, pero si desde esta modesta aula podemos refutarlo, muchísimo mejor”.

Nos insistía en que jugáramos a ser abogados del diablo, a descreer de sus argumentos y a tratar de rebatirlos para poder, entre todos, construir el mejor curso posible. También nos invitaba a no tomar nota, a estar atentos al diálogo y si acaso solo apuntar ideas claves, pues él después nos facilitaría el documento para que tuviéramos el material adecuado.

Era muy exigente con la claridad y la precisión conceptuales, por lo que nos insistía, con Ludwig Wittgenstein: “Todo lo que se puede pensar se puede decir, y si se puede decir, se puede decir claramente”. Solía llegar sin nada en sus manos, se cruzaba de brazos, sonriente, caminaba despacio de un lado a otro, se pasaba la mano derecha sobre su cabello blanco como preparándose para lanzarse a ese mundo de sueños y de esperanza que es la pedagogía y esperaba un momento prudencial mientras llegábamos todos.

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Luego sacaba un portatiza que habitualmente llevaba en el bolsillo de su camisa como si fuera un lapicero y escribía una frase o el nombre de un pensador, pronunciaba unas breves y claras palabras que nos retornaban al tema y al momento de la clase anterior y volvía el concierto de preguntas con las que quería ayudarnos a precisar por nuestra propia cuenta la ubicación del Derecho en el mundo normativo, y a distinguir la norma jurídica de otro tipo de normas como las morales, las religiosas y las de trato social. Ubicada la norma, era menester desentrañar su estructura, para luego ocuparnos de sus fuentes y jerarquías, y ni qué decir del apasionante asunto de la validez material del Derecho: ¿cuándo y por qué un sistema jurídico me vincula a mí como persona? ¡Qué maravilla! Después venían los llamados conceptos jurídicos fundamentales, los definíamos con precisión y, como se dice en el argot popular, listos para hacerle frente al estudio del Derecho.

Todo ese decurso maravilloso, ordenado, sistemático y apasionante con Carlos Gaviria como guía, era presentado a través de los mejores pensadores de la filosofía y de la teoría del Derecho: Sócrates, Platón, Aristóteles, Santo Tomás y San Agustín, Duns Scoto, Descartes, Rousseau, Hobbes, Kant y luego Hans Kelsen, H. L. A. Hart, entre otros. Fueron muchas las oportunidades en las cuales, resolviendo nuestras preguntas, se detenía a hablar de un autor, un libro, una película, o una obra de arte. Recuerdo perfectamente su apología de La montaña mágica de Thomas Mann, de la que dijo en aquel entonces, era el mejor libro que se había leído. Alguna otra clase fue dedicada a hablar de las películas Ladrón de bicicletas y Cinema Paraíso. En otras nos contó de Florencia, Venecia y también del Vaticano y la Capilla Sixtina, haciendo alusión a sus pintores, escultores, arquitectos, y nunca le faltó una historia de amor o una anécdota que tuviera que ver con el lugar, seguramente para hacérnoslo más cercano.

Ser alumno de Carlos Gaviria era asistir diariamente a una fiesta interminable de sabiduría, de conocimientos cuidadosamente escogidos por un experto catador de belleza, y hoy su ausencia, una resaca de la que ha sido muy difícil recuperarnos, creíamos que el maestro sería eterno, que siempre estaría ahí para llamarlo y hacerle preguntas y hasta para soportar su mortífero humor negro, del que nos hacía víctimas, como excusa para expresar indirectamente el cariño que nos prodigaba. Debo decirle querido maestro, parodiando a Borges en el prólogo de El hacedor cuando se refiere a Lugones, “si no estoy mal usted no me malquería Gaviria y le hubiera gustado que algo que yo hiciera también le gustara”.

Nos enseñó con inteligencia y múltiples ejemplos a ser claros, precisos, rigurosos y coherentes; nos demostró que en política, religión, ética y estética por más que nos duela no hay verdades sino meras preferencias o actitudes, por lo que deberíamos estar más serenos al abordar discusiones sobre estas materias. Carlos Gaviria Díaz fue esencial y definitivamente un maestro, no de tiempo completo sino todo el tiempo. Se pasó toda su vida estudiando para luego enseñarle lo aprendido a su entorno y, además, siempre lo hizo desde el ejemplo, pues no existe otra manera.

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La lectura cultiva al hombre y este no solo se informa mejor, sino que conoce mejores formas de actuar, de pensar y de decir, se hace más elegante, más fino y si se quiere más glamoroso, para así hacer del mundo un lugar más estético, más hermoso y agradable, lo cual nos convendría a todos. Eso parecía decirnos Carlos Gaviria con su presencia y su acción, estaba convencido completamente de esto.

Pero, nos enseñaba, la cultura no solo debía ser decorosa sino también pudorosa, el respeto por las formas y por los demás tenía que ser también profundo, de lo contrario las formas se tornarían vacuas; debíamos ser consistentes en forma y contenido, pensamiento, palabra y acción, o como lo decía, debíamos actuar conforme al deber pero convencidos de su intrínseca bondad.

Un viernes, víspera de las elecciones de 1986, le pregunté: “Maestro, ¿usted va a votar?”. Y él me respondió que sí. “Maestro ya que le pregunté que si va a votar, pues dígame, ¿por quién?”. “Si quieres, con mucho gusto te lo digo en la cafetería, pero no aquí dentro del aula”, respondió. A mí me dio pena volver a preguntarle, pero el lunes lo aborde otra vez: “Maestro, ¿por quién votó?”. “Por Jaime Pardo Leal”, contestó. Y para demostrar que no era un pudor vano y presuntuoso nos contó la siguiente anécdota: “Mi mamá dice que cuando a uno le preguntan si es liberal o conservador y uno dice que no es nada, es porque es conservador y le da pena”.

El maestro Gaviria tenía un excelente sentido del humor por activa, escogía a las personas a las que más aprecio les tenía para hacerlas víctimas de su tremenda mordacidad. Los que ya lo conocíamos y habíamos aprendido de él la importancia del pudor estoico, sabíamos que no era bueno para ser sujeto pasivo del humor. Nuestro único derecho consistía en celebrarle el apunte a costa de nosotros mismos. Era como una forma excepcional y extraña de perversidad; él seguramente sabía que era un defecto, pero nunca pudo controlarlo. Era humano y, claro, tenía defectos. En la celebración de su cumpleaños en el año 2006 en Plaza Mayor en Medellín dejó escapar esta confesión: “He librado muchas batallas contra la vanidad, pero no tengo el convencimiento de haber ganado ninguna”.

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Sus clases siempre tuvieron como telón de fondo una gran admiración por la cultura norteamericana, respecto de la vocación por el ejercicio de sus derechos. Muchas veces se quejó de que los colombianos le copiáramos tantas cosas sin importancia a esa cultura, pero no aquella tan importante de ejercer los derechos y demandar del Estado el cumplimiento, por ejemplo, de la Constitución. Y se quejaba de que incluso a los colombianos pareciera que les molestara tener derechos y nos contó para ilustrar esto una anécdota bastante simpática que vale la pena traer a cuento.

Aprobada la ley primera del 76 o Ley Cecilia, por medio de la cual se reconocía el divorcio vincular en Colombia, un grupo importante de mujeres de la clase alta de Bogotá organizó una marcha en silencio que terminó en el Palacio de San Carlos para reclamar del presidente que retirara esa ley. Nos dijo que Alfonso López había salido a reunirse con ellas y, al ser interrogado sobre si retiraría la ley, les había respondido: “Les tengo una excelente noticia: ustedes van a poder seguir casadas porque lo que la ley de divorcio consagra es un derecho y no una obligación”.

Esta anécdota que parece un chiste retrata de alguna manera la aversión de los colombianos por los derechos y esto le molestaba al maestro Gaviria, no podía aceptar que a las personas les doliera tener derechos, o que otros los tuvieran, y que fuera tan difícil hacerles entender que tener un derecho no es lo mismo que tener una obligación.

El maestro Carlos Gaviria era un hombre liberal y su biografía está marcada por esa forma de ser. No es gratuito que sus ponencias sobre despenalización de la dosis mínima de drogas, el derecho a morir dignamente y los matrimonios entre personas del mismo sexo, generen tanta resistencia en un país que parece pensar hoy, todavía, que las minorías no tienen derecho a acceder a mínimos espacios de felicidad y autorrealización.

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A finales de 1992 supe que el Consejo de Estado había incluido en una terna al Dr. Carlos Gaviria Díaz para la Corte Constitucional, pero que este, ya jubilado como profesor de la Universidad de Antioquia, no tenía vínculo con ningún senador de la república, razón por la cual busqué a mi amigo y exprofesor Darío Londoño Cardona (q. e. p. d.) y le pedí que asumiera esa campaña. A lo que este aceptó y me pidió que le dijera al maestro que lo haría con mucho gusto.

Unos 15 días antes de la elección por parte del Senado, me reuní con Darío en su oficina y estando allí me pidió que llamara al maestro Carlos Gaviria, con quien nunca se reunió personalmente. Recuerdo a la perfección que el senador le dijo al maestro: “Dr. Carlos Gaviria, estoy autorizado por un bloque mayoritario del Senado de la República para informarle que usted va a ser elegido magistrado de la Corte Constitucional y lo vamos a elegir por lo que ha sido y ¡para que siga siendo como es!”.

Este es el testimonio que quería dejar plasmado. Es una aproximación al Carlos Gaviria que llegó a la Corte Constitucional el 1.º de marzo de 1993 después de haberse opuesto a la Constituyente del 91, sobre lo cual dejó claramente plasmadas sus razones. La admiración es más fuerte que el amor. Aquella es racional y consciente, mientras que este no. Por eso es muy difícil admirar de verdad a alguien, porque de alguna manera es como decir: “Este es mejor que yo”, con todo y las implicaciones que se puedan seguir de ahí para nuestro ego.

Miro 50 años atrás y en verdad la única persona que intelectualmente admiré es a Carlos Gaviria Díaz, como admiré el valor civil, el carácter y la coherencia de Jesús María Valle Jaramillo y como admiro el idealismo a cualquier precio del maestro Jota Guillermo Escobar Mejía quien todavía sueña con un mundo igualitario y bendecido para los destechados del mundo.

Maestro Carlos Gaviria, hoy, como todos los 8 de mayo desde 1987, quiero felicitarlo por su cumpleaños y agradecerle su vocación pedagógica de la que fui uno de los más alegres y entusiastas beneficiarios. También, por haberme regalado la magnífica amistad de su hijo Juan Carlos, quien perpetúa su legado, y siempre será para mí su herencia. Volviendo al prólogo de El hacedor: “Si el río de su tiempo ya desembocó en el océano, cuando el mío haga lo propio, cobrará la debida vigencia este presente.”

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*José Ricardo Mejía Jaramillo es abogado penalista. 

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José Ricardo Mejía Jaramillo*

Judicial

¡Feliz cumpleaños, maestro Carlos Gaviria!

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