"He tenido 3 esposos y los 3 han sido asesinados"

Consuelo Valencia, una de las pocas sobrevivientes de las masacres de Trujillo, Valle, cuenta la historia de su vida y de la desaparición de sus hijos.

 

“En Trujillo no han cesado las masacres”, dice Maritzé Trigos, hermana dominica que fue la primera en conjunto con una comisión, que hace más de 20 años logró exhumar cadáveres y llegar hasta los sitios controlados por los paramilitares y el narcotráfico en Trujillo, Valle, una zona de disputa y dominio de los mismos que siguen asediando y generando la violencia. El Estado colombiano fue condenado en 1995 por la Corte Interamericana de Derechos Humanos por acción y omisión de las fuerzas armadas, quienes estuvieron implicadas en la masacre y asesinato de 342 personas. La hermana rechaza la protección que le brinda el estado, pese a todas las amenazas y confía en su fuerza y fe para continuar luchando por las víctimas.

Al inicio de la Semana Santa mataron tres jóvenes, y otros más en lo corrido del año. En el 2013 hubo de nuevo otra masacre de 7 personas en Cerro Azul el 29 de junio. Desde el 2000 hasta la actualidad han asesinado a más de 100 personas. Los reclamos de inicios del 90 de los campesinos, y por los que se dice empezó la violencia, ni siquiera se han cumplido: atención en salud, mejoría de las vías, un centro educativo, entre otros, para las zonas rurales. En el casco urbano, se construyó un Parque de la Memoria, y allí Afavit, la asociación de víctimas, mantiene el recuerdo de los hechos, con la agonía de seguirlos viviendo en carne propia, debido a amenazas, desapariciones y muertes de sus afiliados.

Doña Consuelo Valencia es una mujer que resiste por la justicia, su historia es un hecho demostrativo de la violencia, de cómo con trampas y engaños, por ser campesina, fue burlada y a tres de sus seres queridos los asesinaron. Aunque tiene más muertos encima, porque a sus esposos los ha matado también la violencia. Ella se acomoda y cuenta:

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Me llamo Consuelo Valencia, tengo 64 años, soy familia de víctimas: dos hijos, mi esposo y un hermano. Nací en Armenia, pero fui criada en Trujillo. Mi mamá me trajo muy bebé, por ahí de un año a estas tierras.

Vea, cuando eso que yo llegué a una edad que tenía 7 años, que vivía en Trujillo, nos desplazaron con mis padres, en una finca llamada “El Placer”, por asuntos de política, eso es más diferente que la violencia, porque los liberales no se querían con los conservadores. Entonces era un show así verdaderamente como ni el uno se quería, ni el otro tampoco. A mi papá lo sacaron de esa finca porque el patrón también era liberal. Y los conservadores sacaban los liberales. Nos tuvimos que ir para Sevilla. Estudié hasta primero, porque eso de estar de una parte a otra, de una escuela a otra me aburrió y no seguí estudiando.

Eso fue hace muchos años, imagínese yo pequeña, que me fui de 7 años. Mi mamá se vino para Trujillo, porque hubo también un conflicto armado. Que el ejército eran “Los tigres” y el grupo armado del monte le decían “La chusma”, entonces hubo una masacre de una gente en Samaria, nosotros nos vinimos, mi mamá se abrió de mi papá, mi mamá se quedó trabajando, yo me crié también de 11 años trabajando hasta que yo llegué a Cali, mi hermana se enfermó. En una ocasión me fui para una fábrica, mi mamá me mandó a comprar un trapeador, y allá un señor se enamoró de mí. Yo formé mi hogar con él. Ya después vimos que no nos entendían porque él era mayor. Yo tenía 14 años y él tenía como 30 años. En esa ocasión él me iba a matar, y yo me le volé. A los tiempos que yo me volé, lo mataron a él. Lo mataron en una fábrica en Cali. Yo me fui para Candelaria, trabajé en una asistencia de Mayagüe, después me fui para otra parte porque me salí por un problema, y conseguí un hogar que fue el papá de mi hija y un hijo, tuve 3 hijos de él.

De la fecha casi no me acuerdo, yo tenía 15 años cuando me cuadré con el otro esposo, de él fue que tuve yo mis hijos. El que mataron y mis dos hijas, que están en San Pedro y la otra en Madrid. Ya me vine porque se consiguió otra, a los poquitos días, el marido de la señora que él se llevó, lo mataron. Vine para acá para Trujillo con mis dos hijos, con mi otra hija quedó una cuñada. Continué; formé mi hogar con el esposo que se llama Marcos, he tenido 3 esposos y los 3 han sido asesinados. De mi último esposo tuve 9 hijos, en la violencia a él lo torturaron y él murió. Esa fue mi primera víctima, me quitaron el papá de 9 hijos.

Yo seguí, quedé sola después que se llevaron mis dos hijos de 14 y 16 años, y mi esposo aparte de la tortura también lo complicó la pena moral de ver que se habían llevado los dos hijos. A él se lo llevaron y lo torturaron y lo trajeron a la casa y él murió de las torturas. Ya después en la semana siguiente que eso fue un sábado, que eso dependió de una marcha de campesinos acá en Trujillo, le dijeron al alcalde que se hiciera presente para el cuento de las carreteras, que no había salud, no había inspección, no había nada. ¿Qué dijo el alcalde? “se entró la guerrilla”, llamó al ejército, vinieron, les quitaron la remesa, e incluyó a mi esposo en esa marcha y a mi hijo de 14 años.

Con el tiempito, tuve mi niña, por ahí al año. Fue que vinieron graneaditos, haciéndose pasar por guerrilleros, a mí se me hacía raro, yo lo miraba y él me decía “¿Acá hay trabajo? Y yo le dije: -No, acá no hay trabajo, solo hay para los de acá. Y entonces decía él: -¿Ah, y dónde hay mora? Yo le decía que donde el vecino, porque eso todo me lo preguntaba, -¿Acá no hay ejército?, porque yo soy de la guerrilla. Yo le dije, -No, esto por acá es muy sano, y salió y se fue, pero regresó. -¿Oiga señora, usted no me puede dar siquiera agüita?” y le dije yo, -Ah sí, con gusto le doy agua, y decía él: -Usted es como poco amable, y le pregunté: -¿Por qué?, Y dijo: -Porque usted no brinda ni agua, ni nada. Entonces le contesté: -Que qué pena, pero que con gente extraña yo era así, tiene que ser conocido para yo brindarle algo, me disculpa, yo soy una mujer muy pobre y no puedo estar brindando lo que no tenga, lo que le puedo brindar a otro, se lo puedo dar a mis hijos, tiene que ser muy conocido para yo brindarle. Me dijo: -Muy amable por el agua.

Él se fue, y entonces vino mi esposo. Le dije que había pasado algo extraño, que había venido un tipo y le conté lo que había pasado, que él se había hecho pasar por guerrillero, entonces le dije a mi esposo: -Yo voy a irme a asomar a la Gaviota a ver si hay campamentos allá de ellos. Yo me fui y salía una bestia, llegué y la cogí para darle aguamiel, pero era disimulando, fui, cogí la bestia, él había venido de civil, y cuando lo vi, se estaba colocando el uniforme del ejército.

Entonces cuando lo vi, él me miró y yo me sonreí. Y me dijo: -¿Vino a coger caña? - Sí, es que yo voy a darle aguamiel, y le pico caña. Y me despedí de él. Yo seguí y le dije a mi marido: -Si vio, ese era del ejército y se hizo pasar por guerrilla. Vea usted sabe que guerra avisada no mata soldado, ¿por qué no nos vamos con nuestros hijos? Y me dijo: -Mija, pero cómo vamos a dejar esto, vea la cosecha, el que nada debe, nada teme. Entonces dejamos así.

Y ya al sábado, ese miércoles vino mi hija, por allá en los años 90, ese día llegó y se me ocurrió ir a Candelaria por unos papeles de la hija mayor que estaba trabajando en Venecia, cuando en eso subía la volqueta del municipio; yo iba en la chiva cuando ya llegué al pueblo, me contaron que habían herido a los del municipio. Y yo ah, será que se va a dañar, me toca devolverme, dejé a mis hijos allá solos.

Mientras avisaban por el radio que era impresionante la balacera por La Sonora, y yo asustada pensando que habían matado a mis hijos, que invadieron La Sonora, que mataron tantos soldados. Bueno, por la tarde vinimos, y no había un carro, nada, todo en silencio y sabe qué hice yo. Yo me quedé, y al otro día le dije al chofer: -Me lleva, y me dijo: -La llevo, pero solo hasta la entrada de Betulia.

Llegué y me trajo muy bien, y ahí mismo seguí para allá, y eso lleno de soldados, y me preguntaban de dónde venía, cuando ya subí con la maleta me la quitaron, y dije: -No, es que yo voy para la casa, pero me decían: -Deje la maleta que esa no se pierde. Al ratico salí y me fui, cuando en la chiva ya estaban montados mi esposo y todos, ya les habían pedido la documentación de la cédula. -Vaya busque casa, que esto se dañó. Y él decía: No, el que nada debe, nada teme. Él siempre con ese cuentico.

Arley no aparecía y no aparecía. Me fui, ya como medio oscurito, y llegué y no me dejaron entrar a Playa Alta, y yo les decía: -Déjenme entrar, voy por un hijo que se me quedó allá, en la finca de don Porfirio. Y no, no me dejaba pasar el ejército. Cuando una muchacha pasó y me dijo: -Doña Consuelo, se llevaron el agregado de don Porfirio; le pregunté por mi hijo y ella no contestó nada, sino que se le venían las lágrimas, -Dígame qué pasó con mi hijo, y me dijo: -Se lo llevaron. Yo cogí y me fui para la casa, sin mencionar palabra, llegué y me fui para el lavadero, y mi otro hijo me preguntaba: -¿Mamá por qué llora? Y yo: -Porque me da por llorar.

Al otro día fui a traer la maleta y no me la entregaron, me tuvieron como desde las 11:00 am hasta las 2:00 de la tarde ahí parada, ¿por qué no me dejan pasar?, y me decían que esperara. -Me tengo que ir, mis niños están sin desayunar, cómo se les ocurre tenerme acá tanto tiempo y mis hijos sin desayunar y sin almorzar. Me fui, y arriba me pararon: -¿Usted para dónde va? Y yo: -Porque mis hijos están sin desayunar. -¿Usted se acuerda de mí? Y yo: -Sí, me acuerdo de usted.

Era el muchacho que se había hecho pasar por guerrillero en la casa, ese era el que había ido a sacar a mi esposo. Salió y se fue adelantico, yo me fui detrás y cuando ya llegó primero, subía él con una olla y una toalla, y lo metieron a una casa, a mi esposo. En esas pasó don Juan Puertas, le pregunté: ¿Qué hubo don Juan? él me respondió: -¿Qué hubo doña Consuelo? Como por ahí a las 3:00 de la tarde, bajaron, me rasgaron los colchones, las almohadas. Que tristeza, dije yo. Dejarme mis hijos durmiendo en el suelo, como si nosotros fuéramos quién sabe qué. –Ustedes son campesinos, son campesinos, eso debe ser, vieja hijuetantas, me dijo, entonces yo me quedé callada, bueno, ya cogió mi esposo y lo subió por una loma, en eso venía mi hijo del medio, Marquitos, el de 16 años, y se agarra esa balacera, y yo- ¡ay me lo van a matar, me lo van a matar!

Yo decía: -Él no es guerrillero, viene de las Petaqueras de coger mora. Subieron y cuando por ahí eran las 5:00 y nada sin aparecer, yo decía que ya lo habían matado, pero gracias a Dios por ahí a la 1:00 de la mañana lo trajeron. Pero él no decía nada, solo se quejaba, y yo le dije: -Oiga, qué le dijeron ellos, y me dijo: -No, que nos vamos. Vámonos, pero sin nuestros hijos yo no me voy. Y me decía: -No se va, entonces la matamos con todos, porque esto lo vamos a bombardear, vamos acabar con todo.

Nos fuimos, arrendamos una pieza que para la señora de Álvaro, que dijo: -Doña Consuelo nos vamos con Ud. Y nos vinimos. Y qué hacían, llegaba un carro gris oscuro, y ahí mismo toqué la puerta, se entraban y me destapaban todo. Bueno, yo decía, -¡ay, Dios mío!, el otro hijo mío. Yo no tenía tranquilidad. Y volvieron otra vez por la noche, cuando veía a Wilder, un muchacho compañero de estudio, vecino. Ese es Wilder Sandoval, y ellos dijeron, ese es un Guerrillero, y yo les dije: -No, él no es guerrillero, es un muchacho campesino.

Salieron y se fueron, y al otro día, ese martes, ya habíamos conseguido una casita para doña Marina para irnos, comenté: -Váyase usted con mis hijos, porque yo me tengo que quedar para cobrar una platica de unas gallinitas que había vendido, váyase yo me quedo. Cuando me dijo una amiga que vivía enseguida que se llama Fidelia: -Doña Consuelo mire que viene el ejército. Yo no le voy abrir al ejército, acá me quedo. Presentía algo, ellos iban pasando cuando vi a mi hijo, para mí es muy duro contar esta historia, ver a mi hijo que se lo llevaban y sin saber para dónde se lo llevaban, yo me quedé pasmada. Sin pronunciar nada.

Yo no me daba cuenta de nada, yo pienso ahora: -¿Cómo es que yo levantaba mis hijos? No me acuerdo si les hacía de comer, o les lavaba ropa. No me acordaba, me contó la señora de enseguida: -Doña Consuelo, usted tenía su niña, y no se dio cuenta y la soltó. Cómo sería el trauma que yo tenía, que no me daba cuenta de mis hijos, no sabía si me bañaba, o si bañaba a mis hijos. No me daba cuenta de nada.

Desde ese día no los volví a ver. Es duro saber que uno no sabía qué hacía. No sabía ni quién era. Y me decían las amigas: -Doña Consuelo a usted qué le pasa que está tan rara, y yo no les decía nada.

Esta es la hora que mis hijos quedaron desaparecidos, ese es el dolor más grande. Pero con mucho amor, con mucha tristeza, estoy trabajando en Afavit y El Parque a la memoria y a la justicia, porque hay que hacer justicia con todos los criminales que hicieron esas masacres, eso no es justo, matar el campesino cruelmente.

A mi esposo lo trajimos, lo tuvimos en el hospital, viendo la situación tan horrible, volví y me fui para la finquita. Él se agravó, en ese tiempo vino el grupo armado de los “paracos”. Y ellos me lo dejaron morir de pena moral. Acá estoy luchando por la vida y por la justicia.