La jornada del 6 de septiembre

Esta crónica, publicada un año después de los hechos, dejó testimonio del día en que fueron incendiados ‘El Espectador’, ‘El Tiempo’ y las casas de Alfonso López y Carlos Lleras.

Guillermo Cano buscando documentos entre los escombros del incendio.
Guillermo Cano buscando documentos entre los escombros del incendio.

El 6 de septiembre de 1952 comenzó como otro día cualquiera. Para nosotros, en el periódico, con los problemas de siempre: una lucha sin cuartel con la censura de prensa para entregar oportunamente la edición a nuestros lectores. Para otros, aquellos pocos que estaban en el secreto, el 6 de septiembre no iba a ser como los demás días, y para otros, considerados bien informados, habría de ser un día excepcional en el calendario colombiano.

Yo no pertenecía ni a los unos ni a los otros. Para mí, como para todos los compañeros del periódico, el 6 de septiembre era como un día cualquiera. Había causado —sin embargo— nuestra curiosidad periodística una serie de hechos, en aquel momento sin explicación posible:

Primero: días antes, intempestivamente, fue destituido el jefe del Cuerpo de Bomberos, persona que desempeñó aquella posición durante muchos años. Conocía al dedillo todo el complicado sistema de hidrantes y dominaba todos los complejos resortes de esta organización, cuya importancia en los sucesos del 6 de septiembre habría de ser vital y definitiva.

Segundo: los cadáveres de cinco policiales habían sido trasladados desde un remoto lugar del Tolima a la propia capital de la República. Se los había colocado en cámara ardiente en una división de Policía.

Tercero: aquellos cadáveres fueron preparados en sus féretros para ofrecer un espectáculo macabro. Casi podría decirse que el arreglo se hizo con las leyes de un nuevo arte. Como si se hubiera deleitado produciendo un cuadro de horror perfecto.

Cuarto: fotógrafos anónimos, de determinados periódicos, grabaron en sus placas aquella increíble escena. La fotografía fue publicada en la primera página de un periódico que en muchas oportunidades se había abstenido de incluir en sus ediciones fotografías de sucesos policíacos comunes en las grandes ciudades, por el temor de herir los sentimientos de sus lectores. Esa fotografía, además, fue repartida a todos los diarios.

Quinto: la mañana del 6 de septiembre, el periódico que incluía la fotografía publicaba en primera página un aviso invitando a las exequias de los policiales muertos en el Tolima y que debían ser enterrados en Bogotá, después de un desfile fúnebre por la carrera séptima, con posterioridad a los discursos que oradores escogidos deberían pronunciar en el Cementerio Central. Al lado de aquel aviso aparecían otros de la Presidencia y del Ministerio de Gobierno, por ejemplo.

Sexto: las divisiones de Policía fueron obligadas a desfilar frente a los féretros abiertos de sus compañeros en la cámara ardiente. Los artistas que elaboraron el macabro cuadro lograron sus inconfesables propósitos.

Para un observador menos ingenuo que nosotros, esta serie de coincidencias debería haber despertado dudas sobre el objetivo que se perseguía al hacer tan ostentoso despliegue para el entierro de cinco víctimas aisladas de la violencia. Hasta esa fecha, en los campos habían caído asesinados en cruenta lucha fratricida miles de colombianos, entre ellos policiales, soldados, campesinos. Aquellos sacrificados fueron sepultados con el solo silencioso dolor de sus deudos, sus compañeros y sus amigos. No se había registrado el caso de transportar cinco cadáveres a través de 600 kilómetros para enterrarlos en presencia del Presidente y sus colaboradores.

El 6 de septiembre de 1952 comenzó para nosotros como otro día cualquiera. Y se fue desarrollando con la perezosa monotonía de una mañana sabatina. Las tareas del periódico se cumplieron todas. La ciudadanía en general, al llegar la hora del mediodía, abandonó sus oficinas. Pero aquel sábado la ciudad no era la misma. Razones de familia me obligaron a descender por la avenida Jiménez. Al llegar a la carrera séptima, pasaba el desfile fúnebre. Un despliegue imponente de fuerzas de Policía lo acompañaba, y realzaba el acontecimiento la presencia del presidente encargado, doctor Urdaneta Arbeláez, y algunos de sus ministros, entre ellos el de Obras Públicas, señor Leyva.

Todavía mi ingenuidad me mantenía en la ignorancia de lo que se había forjado en las sombras, de lo que estaba tomando forma, de lo que iba a ocurrir ineludiblemente.

En conversación amable de buenos amigos fue transcurriendo el tiempo. En el décimo piso del edificio Monserrate, sobre las oficinas de El Espectador y de la Esso, departimos en la despedida de nuestra colaboradora Inés de Montaña. Abajo se escuchaba el rumor amortiguado de la rotativa en marcha, alumbrando en sus entrañas fértiles las noticias en sucesión interminable. La gran mayoría de los empleados del periódico estaba ya ausente.

Pero pronto, de lo lejos, llegaron los primeros gritos y estampidos, anuncio inequívoco de una manifestación en marcha. Y luego los ruidos de cristales rotos, de maderas quebradas. Desde ese maravilloso periscopio sobre la ciudad que es el edificio Monserrate, en su parte más alta, sorprendidos por lo imprevisto de lo que acontecía, nos asomamos a las ventanas. Abajo, alrededor del edificio de El Tiempo, posiblemente cien sujetos arrojaban su carga de piedra sobre los ventanales y disparaban a lo alto sus revólveres de calibre conocido.

¿Pero cómo puede estar sucediendo lo que nuestros ojos presencian? ¿Dónde está la Policía? Vivimos bajo Estado de Sitio. Las manifestaciones, aunque minúsculas como aquella, están prohibidas. Está prohibido así mismo el atentado contra la propiedad ajena. ¿Dónde están las autoridades? Estas y otras preguntas nos hacíamos cuando de aquel grupo se desprendió otro más pequeño subiendo hacia la carrera quinta, hacia nosotros. Pronto el ruido de cristales rotos, de madera quebrada, se hizo cercano. Se producía en nuestras propias oficinas, a nuestros propios pies. El Espectador era atacado.

Distraido viendo cómo aquel pequeño grupo de iracundos descargaba su furia previa, meticulosamente encaminada hacia nosotros y nuestros colegas, me olvidé del Estado de Sitio y de la protección, a la cual como ciudadanos y contribuyentes teníamos derecho, y vi cómo esos hombres rompían nuestra edición, lista para ser distribuida. Cómo la incendiaban, la pisoteaban, cómo destruían las bicicletas de los repartidores, cómo hincaban sus navajas en las llantas de los vehículos estacionados en las puertas.

Volví a mirar desde el periscopio hacia El Tiempo. Allá continuaba el grupo embriagado en su orgía de piedra y en su sinfonía de disparos. Y por toda la mitad de la avenida Jiménez, marchaba al compás exacto un pelotón de más de 20 policiales. Sin perder el paso, con la disciplina de los desfiles militares. No miraban ni para abajo —El Tiempo— ni para arriba —El Espectador—. Miraban el cerro, el cielo bogotano, la iglesia de Monserrate. Torcieron por la carrera quinta y se perdieron. Sólo se podía presentir la lenta marcha acompasada, rítmica.

El ataque duró media hora, al cabo de la cual el grupo desapareció. A nuestras puertas quedaron algunos policiales. Parecía como si la situación, con su sola presencia, hubiera quedado dominada. Dimos orden de salir al personal del periódico. Se cerraron las puertas de acero. Se bajaron las cortinas metálicas. Reinó un silencio total. Podrían regresar aquellos hombres. Era mejor prevenir. Sólo quedó abajo el portero de El Espectador. Los ascensores del edificio fueron bloqueados. Sobre la calle, ejemplares calcinados, piedras, cápsulas de revólver. Y tres, cuatro policiales. ¡Nada más! Nuestros invitados se despidieron.

Una voz: —¡Algo arde en el Parque Santander!

Otra vez nos acercamos a los amplios ventanales de nuestro privilegiado y peligroso mirador. Una columna inmensa de humo negro se elevaba desde el costado norte de la Plaza de Santander. ¡La Dirección Liberal en llamas! Por sobre el techo corren unas personas. De pronto, entre el humo, surgen las llamas, voraces, impresionantes en la grandeza de sus lenguas multicolores.

—Están atacando los talleres de El Tiempo en el barrio Ricaurte —dice una voz por teléfono.

Se van sucediendo los acontecimientos con rapidez increíble, con regularidad cronométrica. Bogotá ha quedado en manos de un grupo de hombres enloquecidos. ¿Cuántos kilómetros en esos minutos alcanzaron a marchar aquellos policiales que desfilaron ante nosotros?

—Están incendiando los talleres de El Tiempo —vuelve a informar la voz telefónica.

—¿Y los bomberos?

—No han llegado...

Sí. Se alcanza a ver a lo lejos una columnita de humo. No cabe duda. El incendio se ha producido. ¿Hasta dónde llegarán?

Ya no nos separamos del mirador. Tenemos los ojos alertas. Y esperamos. Allá suben los incendiarios, en plena libertad. Llegan frente a El Tiempo. Penetran al edificio. Hay todavía un fuerte reflejo solar que no deja precisar lo que ocurre. Pero el sol no es capaz de ocultar la negrura tétrica del humo. Por las ventanas de los pisos altos del edificio de nuestro colega empiezan a botar asientos, máquinas de escribir, archivadores, libros, papeles. Se forma una hoguera en la avenida Jiménez.

En un segundo, el fuego aparece, con todo su dantesco horror, por entre los huecos de las puertas y ventanas de El Tiempo. Ya ha caído el sol. Y hay oscuridad en la cual resalta la brillantez de las llamas. Dentro del edificio se mueven sombras, se asoman de vez en cuando para arrojar un sillón o disparar un revólver. Están borrachos de fuego.

—¿Nadie ha llamado a los bomberos?

—Estamos cansados de llamarlos...

Parece que se ha cumplido la primera parte de la misión con éxito. Una porción de hombres se desprende del grupo y sube por la avenida Jiménez. Vienen hacia El Espectador. Disparan revólveres. Arrojan piedras. Unos suben hasta las ventanas del segundo piso. Entran al edificio y comienzan a arrojar a la calle muebles, archivos, libros, cuadros, papeles. Se prende la hoguera. Atacan la puerta de acero, que no cede. Está blindada. Pero ya hay atacantes dentro del edificio. Han llegado al primer piso. Escuchamos una explosión. Están dinamitando la caja de caudales. El fuego ha hecho presa de la colección del periódico. Centenares de volúmenes de nuestro valioso e irreparable archivo sirven de combustible al incendio.

Una voz grita:

—Allí no, allí queda la Esso.

Pero otros no hacen caso. Entran a las oficinas de la empresa petrolera en el primer piso. Destruyen sus archivos, y sus muebles sirven para avivar el fuego. Los atacantes suben por las escaleras y llegan hasta el noveno piso. Están a 20 escalones de nosotros. Una de nuestras sirvientas, angustiada, nos avisa:

—Están en las oficinas de la Esso, en el noveno piso.

Nos reunimos en la más lejana habitación, en la pura curva del edificio, con la convicción de que seríamos atacados por las hordas. Pero no subieron, no supimos por qué. Sólo al día siguiente pudimos darnos cuenta de que algunos objetos de pequeño valor que yo tenía en mi habitación —un radio, parte de mi ajuar matrimonial, un reloj, vestidos y zapatos— habían despertado en los asaltantes más interés. Uno de aquellos asaltantes debió considerar que mis zapatos eran finos, elegantes o nuevos, y en mi propia alcoba dejó sus botas de inconfundible procedencia policial.

Mientras esto ocurría, el teléfono no dejaba de funcionar. Personas amigas, desconocidas, anónimos ciudadanos preguntaban por nuestra situación. Por el desarrollo de los acontecimientos. Nos informaban de sus llamadas al Cuerpo de Bomberos, sus gestiones ante las autoridades.

Mucho después de que ya ardían El Tiempo y El Espectador, uno de nuestros corresponsales telefónicos nos dio cuenta del incendio de la casa de Alfonso López. Y otro, ya muy tarde, más de seis horas después del ataque, nos informó:

—La casa de Carlos Lleras Restrepo también está en llamas.

Eran las 10 de la noche... El periódico llevaba ardiendo más de dos horas. Fue entonces cuando escuchamos la sirena del Cuerpo de Bomberos. Marchaba lentamente por la avenida Jiménez. Pasó frente a nosotros, dio una vuelta a la manzana, volvió a bajar, volvió a subir, volvió a dar otra vuelta. Se detuvo. Esperó. Volvió a bajar. Volvió a subir. Dio una tercera vuelta a la manzana. Se volvió a parar. Quince, veinte minutos de ronda, como un perro en celo. Por fin, una manguera. Agua sobre las llamas. Materiales químicos. El fuego era difícilmente controlable. Le habían dado tiempo para hacerse incontrolable.

Entonces ocurrió lo increíble: por las escaleras del edificio, muchas horas después del ataque, subió con un pañuelo en la boca, fatigado, casi asfixiado, el alcalde encargado de la ciudad, Manuel Briceño Pardo:

—¡Vengo a ofrecerles —dijo— toda clase de garantías!

Nos pidió que abandonáramos el edificio y agregó que, si no lo hacíamos, él no podía responder por nuestras vidas.

Habíamos permanecido ocho horas en peligro y nadie nos había ofrecido protección cuando realmente la necesitábamos. Ahora, parecía que había llegado la hora de ofrecernos garantías... No las aceptamos, no las podíamos aceptar, naturalmente.

El lunes siguiente, cuando queríamos comprobar la magnitud del desastre, se nos quiso impedir el acceso al edificio del periódico, a nuestra propia casa.

—¡Nadie puede entrar aquí!

El sábado, durante más de 10 horas, pudo entrar libremente todo el que quiso. Se permitió el acceso a la propiedad privada, para destruirla, a quienes ningún derecho tenían. A nosotros, los dueños, se nos quiso impedir autoritariamente que tomáramos posesión de lo que nos quedaba.

Al fin pasamos la “alambrada de garantías hostiles” y comenzó el recorrido de las ruinas. Todas las cosas amables hechas cenizas. Un busto ilustre y querido, reposaba —ultrajado— en una ventana calcinada...

Afuera, el pueblo silencioso desfilaba ante las ruinas. Muda protesta acusadora. En las largas horas de aquellos espantosos sucesos, sólo una voz se levantó en protesta. Fue una voz de mujer que gritó en la noche:

—¡Cobardes! ¡Cobardes! ¡Cobardes!

Y en demostración de su cobardía, aquellos hombres, en gavilla, golpearon a la valiente e indefensa mujer, hasta que lograron acallar su tremendo calificativo:

¡Cobardes!

¿Qué intenciones ocultas motivaron el 6 de septiembre? ¿Silenciar por el sistema del incendio y el saqueo la voz de la oposición? ¿Producir un levantamiento popular para extremar medidas de orden público? ¿Prohibir por medio de la violencia y la fuerza la libre competencia entre los periódicos? ¿Quiénes promovieron los disturbios? ¿Cómo los organizaron? ¿Quiénes fueron los autores materiales e intelectuales? Estos interrogantes sólo podrá absolverlos la justicia colombiana.

¿Qué explicación se puede dar a la ausencia de los altos representantes de la autoridad en momentos de tan extraordinaria gravedad? ¿Cómo es posible que aún después del regreso a la ciudad del presidente encargado, señor Urdaneta, el pequeño grupo que protagonizó los sucesos del 6 de septiembre hubiera podido actuar libremente para incendiar la casa del doctor Carlos Lleras? A estos interrogantes se les ha querido dar una respuesta que la opinión pública no considera en modo alguno clara y mucho menos satisfactoria.

Desde el 13 de junio, el país vive un nuevo clima de paz y de concordia. No son, pues, oportunas las recriminaciones, ni lo son el odio y el rencor. No nos han movido, al escribir este relato, ni el odio ni el rencor. Ni siquiera el dolor mismo, tan humanamente explicable en quienes como nosotros sufrieron bien de cerca su fatal consecuencia. Hemos querido tan sólo ofrecer a los lectores —ya que no pudimos hacerlo hace un año cuando la censura oficial prohibió mencionar el 6 de septiembre aun como una simple fecha de almanaque— nuestra doble y personal impresión de testigos presenciales y de víctimas inocentes, sobre un acontecimiento que infamó a Colombia ante Dios y ante los hombres.

Antesala de un nuevo director

El sábado 6 de septiembre de 1952, hace 60 años, tuvo lugar en Bogotá la jornada de saqueos e incendios cuyo blanco escogido fueron los periódicos liberales El Tiempo y El Espectador, además de las casas de los dirigentes liberales Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo.

Al día siguiente de los ataques, el entonces presidente encargado, Roberto Urdaneta Arbeláez, se excusó diciendo que después de los funerales de los policías asesinados se había ido para su hacienda San Diego, en Funza, y nadie le había avisado lo sucedido, pues además no tenía teléfono.

El Espectador sólo pudo volver a circular 10 días después del ataque, con una nota firmada por Luis Cano reseñando las luchas del periódico y el inconfundible sello de la censura oficial. Al día siguiente, el 17 de septiembre, el diario anunció el nombre de su nuevo director: Guillermo Cano Isaza.

La sombra de los censores en el periodismo

El mismo día en que El Espectador anunció que Guillermo Cano era su nuevo director, la censura de prensa le hizo saber cuáles materiales debían ser enviados a la oficina del Estado para su revisión: editoriales, toda clase de información de orden público, asuntos económicos, temas políticos, avisos, fotografías y caricaturas.

Gobernaba Laureano Gómez, pero en su reemplazo estaba Roberto Urdaneta. El ministro de Gobierno, Luis Ignacio Andrade, resumió así la postura oficial: “La fórmula para devolver la normalidad consiste en suspender periodistas. Le sobran al país 25 periodistas y le hacen falta 100.000 hombres de trabajo”.

El 13 de junio de 1953, el general Gustavo Rojas Pinilla, a través de un “golpe de opinión”, se tomó la Presidencia de la República. Vino una época de tanteo respecto a las libertades públicas, pero el nuevo gobierno derivó en dictadura y la censura de prensa alcanzó los máximos niveles de arbitrariedad.

 

últimas noticias