Perfil de José Luis Barceló, el nuevo presidente de la Corte Suprema

El pasado 25 de enero fue designado vocero del alto tribunal. Llega en un momento difícil para esta corporación, la cual aún no se repone del peor escándalo de corrupción que le haya tocado afrontar.

Desde hace 24 años, Barceló llega todos los días al Palacio de Justicia a las 6 a.m. / Mauricio Alvarado - El Espectador

Sólo hasta hace poco, la colección de corbatas del magistrado José Luis Barceló estuvo compuesta de un solo color: negro. La razón que lo explica está al lado izquierdo de su escritorio, en su despacho del Palacio de Justicia. Es una mesita de madera que llega a la altura de sus rodillas, en la cual hay 12 versiones distintas de la Virgen María, un libro del Nuevo Testamento, dos medallas de San Benito, un par de rosarios, una réplica de la Última Cena de Da Vinci y una imagen del Niño Jesús de Praga incrustada en un pequeño cristal.

En la cabecera de la mesa hay una foto de Sonia Carolina, la única hija de su primer matrimonio, cuando aún era una niña. En 2003, con 17 años, ella falleció.

—Fue un percance, un accidente. A veces todavía me levanto con cierto nivel de depresión, pero tengo la conciencia tranquila: fui un buen papá. Ahora soy un “cuchipapá”, a mis 59 años tengo una hija de 10, Luciana. Es la luz de mi vida—, dice mientras exhibe, orgulloso, una foto de la pequeña luciendo un traje típico del Sanjuanero huilense.

—Para José, perder a su hija fue bastante difícil —cuenta la magistrada Lucy Jeannette Bermúdez, quien pertenece a la Sección Quinta del Consejo de Estado y ha sido amiga de Barceló desde que ambos eran sustanciadores en el Juzgado 29 Superior de Bogotá—. Él y su exesposa eran muy jóvenes cuando la tuvieron, y para que ella pudiera seguir estudiando, él se llevaba a la niña los sábados al juzgado. Ahora está matado de la dicha con Luciana. Es un papá de esos querendones, amorosos. Es un gran ser humano.

A menos de dos metros de la foto de su niña, sobre una pared color amarillo, hay un retrato de Ricardo Medina Moyano, uno de los 11 magistrados de la Corte Suprema que pereció en el holocausto del Palacio de Justicia. Por línea de sucesión, el despacho de Barceló no es el mismo que tenía Medina Moyano, sino Alfonso Reyes Echandía, el presidente de esa Corte que las balas del M-19, los tanques del Ejército y los excesos de ambos aniquilaron. El mismo que, en tono suplicante, le pidió al entonces presidente Belisario Betancur que cesara el fuego para que él y toda la gente que estaba aprisionada en la sede máxima de la justicia pudieran salir con vida. Era el 6 de noviembre de 1985.

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Barceló no conoció a Medina Moyano como integrante de la Corte, sino del Tribunal Superior de Bogotá. Su madre era amiga de la familia del magistrado y, por eso, cuando su hijo mayor entró a tomar clases nocturnas de derecho en la Universidad Militar, lo llamó para pedirle ayuda, pues en la casa Barceló no había recursos para pagar las carreras profesionales de los hijos. Medina Moyano lo recibió en su oficina y, desde ese día hasta el 6 de noviembre de 1985, lo llamó “feligrés”, como les decía a todos sus pupilos.

—Era la época en que los magistrados se movían en bus. Muchas veces vi al doctor Medina tomar la buseta que desde el centro iba hasta Niza—, recuerda Barceló.

Gracias a las gestiones del magistrado Medina, Barceló fue nombrado notificador del Juzgado 15 Superior de Bogotá. Tenía 20 años. Fue su entrada a la Rama Judicial. Paloquemao era entonces apenas un edificio de cuatro pisos, y allí iba todos los días. De su sueldo de notificador ahorró para invitar a almorzar a su maestro cuando fue designado como magistrado de la Corte y Medina, que era vegetariano, se lo llevó para el puesto de un hombre negro que vendía fruta sobre la carrera décima, a unas cuadras del Palacio de Justicia. Tomó un pedazo de papaya y le indicó a Barceló: “Coja su almuerzo, feligrés”.

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José Luis Barceló Camacho es el hijo de José Barceló, español, y Lilia Camacho, boyacense. Don José, solía relatarles a los hijos, dejó España para recorrer el mundo, pero en Colombia se le agotó el dinero. Viajó a Bogotá por un trabajo, conoció a doña Lilia y la idea de seguir viajando se transformó en un matrimonio y cuatro hijos. Su padre, quien todavía vive y tiene 91 años, le dio una lección de vida que ahora en la Corte trae a colación con frecuencia: “No existe la gente medio honesta”. Su madre, a quien recuerda generosa y cómplice, falleció hace tres años y medio. Cuando él y sus hermanos eran niños vivían en una finca en Cajicá, donde su padre afianzó su talento con la colombofilia: la cría y el adiestramiento de palomas mensajeras.

—Mi papá venía a hacer diligencias a Bogotá, que en esa época era lejos de Cajicá, y se traía cuatro o cinco palomas. Así le avisaba a mi mamá cuánto tiempo se iba a demorar y cuándo volvía. Era el celular de la época—, dice Barceló con el tono tranquilo con que suele hablar, incluso de las cosas que le producen risa.

Pocos saben que, al terminar el colegio, Barceló fue admitido para hacer la carrera como oficial de la Armada. La disciplina castrense lo aburrió y lo llevó a retirarse un año más tarde. Al volver a Bogotá se encontró con que la única universidad con inscripciones abiertas para la carrera de derecho era la Militar, aplicó y consiguió una plaza.

—Por eso dicen que soy de derecha, pero qué va. Soy un funcionario de la Rama Judicial. He sido profesor en muchas universidades, incluida la Nacional. Acá se decide en derecho, nada más. Sufrí la tragedia del Palacio de Justicia porque perdí a alguien que significaba mucho para mí, y las ironías de la vida, me tocó estudiar el caso del coronel (r) Plazas Vega, ese que uno veía en televisión diciendo que defendía la democracia mientras al Palacio se lo devoraban las llamas. Voté por su absolución: no había pruebas suficientes para condenarlo (por los desaparecidos del Palacio).

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José Luis Barceló llegó a la Corte Suprema en 1994 como magistrado auxiliar, se posesionó como magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema el 11 de marzo de 2011 y está a poco más de 13 meses de retirarse de este cargo. Llegó a una corte aún en efervescencia por los rezagos de los choques con el entonces presidente Uribe por la parapolítica, y uno de sus compañeros de Sala era José Leonidas Bustos, hoy protagonista del llamado cartel de la toga que dejó por el suelo la reputación de este alto tribunal. Bustos niega haber participado en él; quien era su “ficha”, el abogado Gustavo Moreno, ha declarado y dado múltiples evidencias para demostrar que en realidad Bustos era una de las cabezas.

—Como magistrado era inteligente, estructurado, presentaba buenos proyectos. Pero también era sobrado, regañaba a todo el mundo, se creía muy café con leche.

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En la Corte Suprema todo el mundo sabe que Bustos armó su bando, con el que Barceló no comulgaba. Alguna vez llegó a filtrarse en medios que se acaloraron tanto en una discusión que por poco y se van a los golpes. Alcanzó a votar por él como presidente de la Sala Penal en 2012, admite, pero al año siguiente, cuando Bustos —en un gesto inusual para la Corte— manifestó que quería ser presidente por segunda vez, Barceló le dijo: “No soy amigo de las reelecciones, doctor Bustos”. En esa ocasión, él y María del Rosario González fueron derrotados por sus siete compañeros y Bustos salió reelegido.

En 2015, Bustos fue escogido presidente de la Corte Suprema. Como su vocero, varias veces en público habló en favor de la paz negociada con las Farc y de una Corte presta a apoyar ese proyecto. Una salida en público de su entonces vicepresidente, el magistrado Fernando Giraldo, dejó ver que la postura de Bustos estaba generando grietas en el alto tribunal, pues no todos los integrantes de la Corte Suprema estaban de acuerdo con entrometerse tanto en un tema que reconocían político. A Barceló le molestaba, especialmente, que Bustos expresara posturas sobre un tema tan controversial sin haberlo discutido antes con la Sala Plena.

De Bustos tiene muchas impresiones, pero prefiere no decir más. Barceló forma parte de la sala de instrucción que está manejando el cartel de la toga y no quiere ser recusado; además, dice que para los jueces sólo pueden contar las pruebas. Con Gustavo Malo, su otro compañero enlodado por el cartel de la toga, tuvo una mejor relación.

—Siempre fue respetuoso, afable, de buen genio. Nunca le oímos alzar el tono de la voz. Acá todos sabíamos que Malo era el mentor de (Francisco) Ricaurte desde el Tribunal de Cartagena—, señala Barceló. Ricaurte, quien también estaba en la Corte Suprema cuando él se hizo magistrado de este tribunal, está llamado a juicio por haber formado parte supuestamente del cartel de la toga.

Al unirse a la Corte Suprema, Barceló terminó como magistrado auxiliar de Fernando Arboleda Ripoll. No se entendieron. Renunció. En cuestión de días había recuperado su cargo, esta vez con el recién nombrado Jorge Córdoba Poveda, quien estuvo en el alto tribunal desde 1995 hasta 2003.

—Lo vi en alguna oportunidad en Paloquemao, y cuando lo entrevisté para mi despacho vi que tenía más claridad conceptual que otra gente que había entrevistado y que tenía hasta doctorado. Sus respuestas solían ser muy sesudas, jurídicas, precisas. Mis tres auxiliares eran muy buenos, todos llegaban a trabajar a las 6 de la mañana y se iban a las 8 de la noche, pero él era el más talentoso—, apunta Córdoba Poveda.

Ahora que es magistrado titular, Barceló sigue llegando a las 6 de la mañana a su oficina. Allí permanece casi todo el día, poco es visto en los pasillos, en despachos de otros magistrados, mucho menos en cocteles. Rara vez se toma un trago y dejó de fumar. Siempre ha sido un hombre de gustos sencillos y aunque por seguridad le toca moverse en la camioneta blindada que se les asigna a todos los magistrados, cada que le es posible deja a sus escoltas y se mueve en su modesto automóvil. Y algo más: desde hace un par de años, su guardarropas incluye un par de corbatas azules.