Justicia, de valores y de hombres

De discursos sobre los valores de la justicia tenemos repleto el tanque. En diversos espacios, el tema ha sido sometido a intensos trapicheos intelectuales. Que lo que dijo Platón. Que lo que hizo Pericles. Que lo que planteó Kant. Que lo que argumentó Hegel. En fin. Los elementos constitutivos del concepto de justicia, desde antaño han sido suficientemente detectados por los iusfilósofos.

En el discurrir de la judicatura, sin embargo, estas elucubraciones se vienen convirtiendo en humo de pajas. Esos altos valores, no están siendo tenidos en cuenta por los encargados de poner a actuar la justicia entre la gente.

El defecto viene de fábrica. Un Congreso desprestigiado, convertido en escondite de malhechores de sombrero coco y leontina, ha llenado de personas de alma turbia y pasado espinoso los escaños del Consejo Superior de la Judicatura.

De ahí se deriva algo todavía más lamentable. Desde esta Corporación, y de la mano de estos honorables caballeros, ha estado llegando a las cortes una cauda de hombres de mente de hojalata y de una acentuada miseria interior.

Pocos, obvio, quieren que esta situación se eternice. El sueño de la gente decente, es que los funcionarios judiciales hagan suyas, y las lleven a sus fallos, las “leyes no escritas de los dioses” de que se habla en la Antígona de Sófocles. Lo que se espera en el reino del asfalto, es que esos imperativos categóricos absolutos, esto es, los valores de la justicia, cobren vida en la actividad cotidiana de jueces y fiscales.

Entre nosotros, es cada vez más extraña esta clase de justicia. Práctica judicial y valores de justicia, corren por vías paralelas. El entendimiento que de la ley escrita se han visto obligados a interiorizar los jueces y los fiscales, no recibe de buena gana en sus espacios los valores humanos universales. Sobre el reconocimiento material de los derechos, vienen prevaleciendo la peste de la exégesis y el manierismo procedimentalista.

Diversos son los factores que se oponen a que las cosas sean distintas. Referirse a todos, se haría dispendioso. Pero uno de ellos, me parece determinante. Lo constituye la tabla de valores que desde las altas esferas de la administración han incrustado en la concepción del mundo y de la vida de las personas encargadas de administrar justicia.

Por efecto de esos mandamientos éticos tácitos, un considerable número de funcionarios judiciales ha asumido, resignado, la divisa de que la aplicación correcta de la ley debe prevalecer sobre la aplicación éticamente justa del derecho.

Esta velada imposición, causa daño en la siquis de jueces y fiscales. Desencantados, acaban convenciéndose de que más vale afilar las artes de la intriga que dedicarse a escarbar en los recovecos de la gaya ciencia. El desengaño es mayúsculo. Y, como dice Federico Nietszche en el aforismo 449 de Humano, demasiado humano, por esta vía la justicia se convierte en una institución que no reclama verdad ni sabiduría ni justicia y que sólo produce decisiones por fuerza de los procedimientos.

 

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