"La dignidad es una herramienta para cambiar la realidad social": exjuez sudafricano

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Edwin Cameron se acaba de retirar de la Corte Constitucional de Sudáfrica, en donde es reconocido por su activismo hacia la comunidad LGBT y los enfermos de VIH. Llegó a Bogotá invitado por la Universidad de los Andes para el lanzamiento de publicaciones de la Facultad de Ciencias Sociales y habló con El Espectador de las lecciones que del país africano puede recoger Colombia.

Al comenzar la transición, ¿en cuánto tiempo empezaron a notarse en Sudáfrica los cambios estructurales que se estaban haciendo para superar el sistema del Apartheid?

Esa es una discusión vigente: ¿cuántos cambios y qué cambios hemos logrado? Críticos jóvenes de la Constitución se preguntan: ¿qué ha cambiado? La población blanca aún es rica, la población negra todavía es pobre… pero, de hecho, mucho se ha conseguido, sin duda, aunque los críticos de la administración de Mandela no lo tengan en cuenta. ¿En cuánto tiempo empezaron a notarse lo cambios? Bueno, eso es algo que todavía está ocurriendo. La constitución sudafricana es un documento muy ambicioso, que busca una sociedad sin discriminación con origen en la raza, la orientación sexual, el género, que reconoce la dignidad de los individuos y la justicia socioeconómica. Estas son aspiraciones hacia las cuales aún caminamos. No es que todo se haya hecho bien en los últimos 25 años, pero sí se ha logrado mucho. Estamos construyendo progreso, pero todavía no es suficiente.

¿Cuáles de esos cambios en los últimos 25 años son los más notorios, a su parecer?

Que, durante 350 años, un sistema brutal de superioridad racial se implementó y ese sistema se acabó. Ya no hay superioridad de los blancos. Esos días son ya del pasado. Tenemos un gobierno de mayorías negras. Los críticos dicen que el gobierno de mayorías negras se basa en realidad en el capital de los blancos, creo que eso es simplificar demasiado. Uno de los cambios más grandes es que solíamos tener un parlamento supremo y ahora los jueces, el Ejecutivo y el Parlamento son subordinados de la Constitución. Son cambios enormes, pero sé también que mucha gente nunca se ha visto beneficiada en su día a día por ellos. Y, asimismo, han sido muchos los favorecidos de programas de viviendas, de alcantarillado, de programas sociales para jóvenes, mujeres en gestación y personas con discapacidad. Aun así, no se está haciendo lo suficiente para disminuir las disparidades.

En los cambios, los jueces juegan un papel esencial también. ¿Cuál es el mayor aporte que pueden hacer quienes administran justicia en sociedades en transición?

Los jueces tienen un rol muy importante. Lo primero que pueden hacer es bloquear los abusos de poder. Lo segundo, mantener los procesos democráticos abiertos. Otro punto clave es proteger a las minorías. La Corte Constitucional sudafricana se ha destacado por proteger a integrantes de la comunidad LGBT, por ejemplo. Fue la primera corte en el mundo en brindar garantías de protección con base en la orientación sexual. La Corte, y esto me incumbe a mí personalmente, también ha ofrecido protección a personas con VIH.

Usted es un hombre blanco y viene de una sociedad donde ser un hombre blanco implica privilegios. ¿Qué puede hacer la gente privilegiada para contribuir en las sociedades en transición?

Yo nací en condiciones de pobreza, pero por ser hombre y ser blanco conseguí superar mis adversidades quizá mucho más rápido que otras personas de mi país. Mis privilegios como hombre blanco se van a mantener toda la vida y en muchos lugares: en Norteamérica, en Europa, en Sudáfrica. Por eso, lo primero que hay que hacer es reconocerlo: sin la consciencia del impacto estructural que tiene la raza, no se puede cambiar nada. Cuando uno lo reconoce, está en posición de actuar. Del reconocimiento se llega al compromiso y, luego, ese compromiso debe traducirse en acciones. Unirse a partidos políticos progresistas, conformar o integrarse a una organización. En Sudáfrica hay una gran desproporción de la riqueza, los ingresos todavía son controlados por gente blanca. Yo he abogado por la repartición de la riqueza. Si uno tiene privilegios, no puede seguir viviendo con ellos como si nada: debe hacer lo necesario para compartirlos. Algo más que se pude hacer es confrontar a la gente que tiene privilegios pero no lo reconoce.

El Acuerdo de Paz con las Farc trajo consigo un largo debate sobre el supuesto dilema que hay entre paz y justicia. ¿Cree usted que hay un dilema ahí?

Una paz impuesta sin justicia no es realmente paz. Solo se obtiene la paz realmente cuando hay una profunda noción de justicia también. En Sudáfrica lo hicimos, pero de forma insuficiente. Tuvimos la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que tenía el Comité de Amnistías, el grupo que recibía los testimonios y el Comité de Reparaciones, pero las reparaciones nunca se pagaron. Gente que sufrió con las atrocidades del Apartheid nunca fue compensada, creo que ese es un aspecto en el que la Comisión y nuestro país fallaron. Aunque el Comité de Amnistías sí logró mucho.

De nuevo, la gente joven sudafricana, tras 25 años de democracia, muestra escepticismo. Pero, en mi perspectiva, ese fue un proceso profundo liderado por alguien que tenía tanta altura como Mandela, el arzobispo Desmond Tutu. Al terminar las audiencias de la Comisión de la Verdad, quedó una evidencia crucial. Nadie, desde entonces, puede decir que no sabe lo que pasó. Los efectos del Apartheid, la acumulación de riqueza, el rol de los medios, los empresarios y el sistema judicial, todo quedó al desnudo. Ese proceso aportó mucho en relación con la justicia y la verdad.

Un aspecto muy importante de la Comisión fueron las audiencias de amnistía, que se hicieron siempre abiertas al público. Fueron un elemento esencial para que nuestro proceso alcanzara el éxito. Cualquier persona que fuera víctima o que tuviera conexión con una víctima podía asistir, escuchar la audiencia, oponerse a la amnistía, incluso contrainterrogar al perpetrador. Uno de los requisitos para no ir a la cárcel eran las confesiones. Incluso se les podía exigir a los perpetradores que mostraran exactamente lo que habían hecho, vimos escenas espantosas en las que las familias les pedían a los perpetradores que recrearan los crímenes cometidos contra sus seres.

Aunque el proceso de amnistía también quedó incompleto, creo que hizo mucho en cuanto a darle información al público general sobre lo que pasó y en darle consuelo a muchas familias de víctimas. Salieron más fuertes del proceso, con la noción de que alguien había rendido cuentas. En conclusión: siempre hay tensión entre los conceptos de justicia y paz, pero creo que, intrínsecamente, a menos que se tenga una medida sustancial de justicia, de percepción de justicia, no se va a llegar a la paz.

¿Cómo recupera una sociedad su dignidad?

Es un proceso. Comienza con un compromiso hacia la dignidad humana. Requiere compromiso de parte de la élite, pero también del resto de la población. Y, por último, reconocer el componente de la dignidad en nuestro diario vivir. La dignidad no existe solamente en nuestras mentes, no se trata solo de que te hablen con respeto, sobre todo si tienes hambre, frío y no tienes un techo. La dignidad es una herramienta para cambiar la realidad social.

Usted ha afirmado en público que tiene VIH, y que aunque lleva más de 22 años recibiendo tratamiento de retrovirales, admite que la mayoría de la población sudafricana ha tenido acceso a ellos desde hace más de 12 años. Con base en su propia experiencia, ¿qué impacto ha notado sobre el proceso de construcción de paz de que la gente tenga acceso a este tipo de servicios fundamentales?

De lo que entiendo sobre VIH en Colombia, es que el camino ha sido muy similar a Norteamérica y Europa Occidental, donde los afectados son principalmente personas de poblaciones vulnerables como hombres de orientación homosexual, trabajadores sexuales y consumidores de drogas. En Sudáfrica, en cambio, hacia 1990, nos golpeó esta calamidad. El gobierno del Apartheid dice: ‘vamos a negociar’. Semanas más tarde, Mandela sale de prisión. Cuatro años después, tenemos democracia. Y en ese periodo, tuvimos una epidemia masiva de VIH. Esta es una pregunta difícil porque el VIH fue una calamidad que golpeó a Sudáfrica y su democracia en un momento en que nadie lo esperaba. No creíamos que íbamos a lidiar con asuntos como los que lidiaba Uganda. Eso llevó a la primera catástrofe de nuestra democracia: la negación del presidente Mbeki. Él sucedió al presidente Mandela en 1999, negó que el VIH fuera la causa del Sida e impidió el acceso al tratamiento de retrovirales.

A su vez, uno de los mayores triunfos de nuestra democracia fue que se pudiera confrontar a Mbeki. Lo confrontaron en las calles, en el parlamento y en las cortes, las cuales fallaron a favor de los activistas que pedían los tratamientos médicos, ordenándole ponerlos a disposición de la gente. El momento crítico fue cuando Mbeki tuvo que decidir, creo que es similar a cuando el expresidente (Álvaro) Uribe tuvo que pensar qué hacer con el fallo de la Corte Constitucional que evitó su segunda reelección. Uribe, al final, aceptó la decisión. Con Mbeki hubo incertidumbre por 48 horas, en las que no era claro si aceptaría la determinación de la Corte.

El tema del VIH en Sudáfrica fue una pesadilla que Colombia no ha tenido que afrontar. Una pesadilla nacional relacionada con la raza, con el sexo, con las negritudes.

¿Cómo pueden las leyes favorecer la construcción de la paz?

Yo soy un hombre gay. ‘Salí’ (del closet) en la época del Apartheid, cuando las personas LGBT eran bastante perseguidas. El parlamento discutía si debía fortalecer leyes en contra de las personas de orientación homosexual. Los activistas conseguimos que se se respetara la orientación sexual desde la Constitución, eso me enorgullece de mi país. Una vez, en Zimbabue me dijeron que lo habíamos hecho mal, que primero debimos cambiar las prácticas culturales y luego sí las. Yo no creo que lo hayamos hecho mal. Las leyes también pueden influir en el comportamiento de la gente.

¿Alguna vez han sometido a voluntad popular algún asunto esencial? Aquí se hizo un plebiscito para votar el Acuerdo de Paz y ahora el presidente Iván Duque no descarta convocar a las urnas para preguntar sobre la cadena perpetua…

En estos 25 años nunca hemos tenido un referendo, y creo que los derechos de las minorías o las políticas penales no deberían definirse por esta vía. Cuando un crimen se comete, a la gente le surgen muchos sentimientos y la venganza es uno de ellos. Eso es normal. Pero la venganza también nubla el juicio en la toma de decisiones.

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