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hace 1 hora
En el centro del Valle del Cauca
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La historia detrás de los dos hombres decapitados en Tuluá

La macabra escena de dos cabezas humanas abandonadas en el casco urbano de este municipio encierra el temor de las autoridades locales, que ven preocupadas el aumento de las disputas por el control del narcotráfico.

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El fin de semana pasado, en pleno casco urbano de Tuluá (Valle del Cauca) se encontraron dos cabezas humanas dentro de un maletín abandonado. El macabro hallazgo volvió a prender alarmas sobre la realidad de este municipio ubicado a una hora de Cali, el cual, cada tanto, causa impresión con sus oleadas de violencia extrema. En abril de este año, el ministro de Defensa, Guillermo Botero, realizó un consejo extraordinario de seguridad en Tuluá a raíz de los números en rojo por los homicidios de esta ciudad. En ese momento, Botero indicó que, para la fecha, las cifras aumentaron en un 60 %, ya que en 2018 se registraron veinte homicidios, mientras en lo que va corrido de 2019 se han presentado 32 casos.

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El comandante de la Policía de Tuluá, Guillermo Carreño, dio algunos detalles sobre las circunstancias que rodearon las decapitaciones. La principal hipótesis, según la Fuerza Pública, es que las cabezas habrían sido dejadas como un mensaje intimidatorio entre bandas delincuenciales que se disputan las rentas ilegales del municipio. Sin embargo, para conocer en profundidad los hechos, El Espectador se contactó con algunos funcionarios de las autoridades tulueñas, miembros de la comunidad y periodistas que cubren orden público, quienes accedieron a hablar con este diario desde el anonimato, aduciendo motivos de seguridad.

Sin alias “Porrón” y “Pipe”

Entre diciembre de 2014 y enero de 2015, las autoridades capturaron a alias Porrón y alias Pipe, líderes de la banda criminal La Inmaculada, la cual desde hace aproximadamente diez años domina el mundo criminal en Tuluá. El hecho llamó la atención de todo el país, pues estos dos hombres extorsionaron a Faustino Asprilla, exjugador de la selección de Colombia, obligándolo a abandonar su finca en esa zona. El cantante de música popular conocido como el Charrito Negro también tuvo que dejar en su momento la región por las extorsiones de la banda delincuencial.

Desde que estos dos temidos criminales están tras las rejas, las disputas y purgas dentro del grupo ilegal han desatado una cruenta batalla por quién se hará cargo del negocio del narco y microtráfico, las extorsiones y la venta de armas ilegales, entre otros. A su vez, el enfrentamiento que La Inmaculada tiene con la banda de La Santa Cruz y los frecuentes operativos de la Policía han logrado desbaratar, por momentos, su estructura criminal. Por ejemplo, en mayo pasado, con la captura de siete miembros de La Inmaculada, la Policía señaló que había desmantelado al grupo.

Otro hecho que prendió las alarmas de las autoridades municipales y del departamento ocurrió en agosto del año pasado, cuando fue capturado Carlos Alberto Muñoz, supuesto jefe de una banda de narcotraficantes que tenía su centro de operaciones en Moscú (Rusia) y quien fue extraditado al país europeo. Según las autoridades rusas, el presunto traficante fue el “creador de una organización delictiva con alcance internacional que, mediante alianzas con bandas del crimen organizado en ese país, dirigía el envío de cocaína procedente de Colombia hacia Moscú, en vuelos comerciales que arribaban al aeropuerto de Sheremétievo”.

::Capturan a supuesto narcotraficante colombiano pedido en extradición por Rusia::

Las autoridades colombianas señalan que Muñoz, desde su natal Tuluá, coordinaba sus actividades ilícitas con la naciente Casa del Valle, un grupo de narcos descendientes del cartel del norte del Valle que hoy estaría intentando restablecerse bajo ese nuevo nombre. En los últimos meses ha circulado la versión que de este plan hacen parte los hijos de exjefes del narcotráfico que operaron en esta zona (Martín Bala, el Alacrán y Capavicho, entre otros).

Asimismo, en las disputas por el control del narcotráfico en Tuluá han sido atacados antiguos miembros del antiguo cartel del norte del Valle y sus familiares. Por ejemplo, a finales de marzo pasado, en el municipio tulueño, fue víctima de un atentado Arturo de Jesús Herrera, alias Bananas, conocido por haber sido cercano del clan narcotraficante Henao Montoya y del capo Iván Urdinola. Las autoridades señalaron que Herrera fue uno de los cerebros de una de las masacres de Trujillo a finales de los años 80 y la de Río Frío (1993) en Valle del Cauca. Semanas después, por el ataque contra alias Bananas fue capturado alias Checa, quien perteneció a la banda delincuencial del Indio William, responsable de cometer la masacre de un cuerpo élite de la Policía en Jamundí en 2006, junto a Don Diego.

En noviembre del año pasado, también se supo que sicarios en moto atacaron a tres familiares del fallecido capo Iván Urdinola. Los hechos, en los que no hubo heridos, están bajo investigación en la Fiscalía, la cual señaló en su momento que el caso está priorizado. “Muchos exintegrantes de las mafias o familiares de excapos de la droga vuelven a la ciudad a reclamar bienes que quedaron en manos de testaferros o lugartenientes. Sin embargo, lo que encuentras es bala”, señaló Miguel Yusti, asesor de seguridad de la Gobernación del Valle.

¿”Mexicanización” de la violencia en Tuluá?

El escritor y periodista Gustavo Álvarez Gardeazábal, oriundo de este municipio y quien recientemente publicó el libro Las guerras de Tuluá (2018), le contó a este diario que la sevicia con la que se cometen algunos crímenes en el municipio se originó a principios de este siglo, cuando el negocio del narcotráfico empezó a depender de los carteles mexicanos. “Ciudadanos mexicanos llegaron a Colombia en la época de los paramilitares y varias personas se fueron a trabajar con ellos. Luego, los que llegan a mandar en las bandas criminales de Tuluá son estos tipos y por eso se ven las decapitaciones, al estilo cartel de Sinaloa”, señaló Gardeazábal.

::Cae heredero de los hermanos Comba en Tuluá::

El asesor de seguridad de la Gobernación del Valle, Miguel Yusti, señaló que la situación puede recrudecer con la llegada de los emisarios de los carteles mexicanos al país. “Estamos a nada de ver cadáveres colgados por los puentes de Tuluá, Jamundí o Buga, como lo hacen estas mafias mexicanas en Sinaloa, Jalisco o Baja California. Con la liquidez económica que entra por parte de estos grupos, ellos son los que ponen sus reglas y sus modalidades para operar. Los asesinatos de disidentes (de las Farc) pueden tener relación con este hecho. La coyuntura de elecciones regionales también puede agravar la situación”.

La presencia de fichas de los carteles de México es una preocupación no solo en Tuluá, sino nacional. El coronel Carlos Bueno, jefe de operaciones de la Policía Antinarcóticos, señaló en abril pasado en Noticias Caracol que este año han capturado a 25 personas que tendrían nexos con la mafia mexicana, mientras que en 2018 fueron detenidas 49. Principalmente, serían emisarios de Ismael el “Mayo” Zambada, sucesor en el mando del cartel de Sinaloa de Joaquín Loera el “Chapo” Guzmán.

Uno de los miembros de la comunidad que habló con este diario recordó el episodio de “la carta suicida de Tuluá”, cuando, en 1955, un grupo de nueve ciudadanos tulueños decidió denunciar a León María Lozano, alias el Cóndor, jefe de los Pájaros, un grupo parapolicial que perseguía a miembros del Partido Liberal y que contaba con la protección de miembros del Estado. “Estamos a punto de iniciar otra guerra de las tantas que ha tenido Tuluá; sin embargo, el miedo es tal que muy pocos se atreven a denunciar. Mucha gente tiene sospechas sobre qué papel cumplen las autoridades en el municipio. En nadie se puede confiar. Incluso, ya hay señalamientos que, en época electoral, dineros calientes entrarán a las campañas”, señaló la fuente.

 

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