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hace 8 horas
¿Un Robin Hood a la colombiana?
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La historia olvidada del bandolero Reinaldo Aguirre Palomo

Hace 80 años, por estos días, la noticia en la región cafetera era la muerte de Reinaldo Aguirre Palomo, un singular bandido que hizo historia con sus asaltos al ferrocarril de La Dorada o el cable aéreo a Manizales. Le atribuyeron poderes mágicos, le dedicaron versos, le conocieron dotes de imperdible enamorado, y vivió protegido por los miserables con quienes siempre repartió su botín.

Hace 80 años murió el bandolero Reinaldo Aguirre Palomo.Tomada de letrasenelojo.blogspot.com

“Reinaldo Aguirre murió y el mundo está conmovido y a los ricos les volvió la calma que habían perdido”. Con este y otros versos de la entraña popular, hace 80 años, por estos días, entre los caminos de Tolima y Caldas se comentaba la muerte de un bandolero de leyenda. Una especie de Robín Hood a la colombiana, que se hizo célebre en los años 30 con su banda de forajidos porque asaltó el ferrocarril entre Honda y La Dorada; se tomó el cable aéreo que existió entre Manizales y Mariquita; y se volvió el azote en las residencias campestres o entre los estafetas de los bancos, con una novedad en su modus operandi: más de la mitad de su botín lo repartió a los desvalidos.

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Nacido en 1912 en la vereda de San Jerónimo del municipio de Mariquita (Tolima), Reinaldo Aguirre Palomo creció en una casa de campo y, al igual que sus padres y familiares, desde niño aprendió a usar el azadón y el machete para encarar la labranza. Sin embargo, esa no fue su faena predilecta. En una región de alta producción cafetera, lo suyo resultó ser la vaquería. Desde la adolescencia mostró destreza para el arreo del ganado y la doma de caballos, y así fue a dar a una hacienda situada en el área rural de Armero, donde se convirtió en el hombre de confianza del hacendado Nicomedes Perdomo, con quien empezó a moverse entre las ferias de pueblos.

En ese ir y venir llegó a la provincia de Líbano, donde el último coletazo de la colonización antioqueña, ya en el siglo XIX, había dejado un conglomerado de pueblos anexos con una cultura afín de economía cafetera. Líbano era el centro de la producción, con tanta bonanza que, entre rentables trilladoras nacionales, ostentando tecnología, competían también acreditadas casas de Alemania y Estados Unidos. No obstante, en medio de la pujante industria cafetera, de forma paralela se desarrolló un proletariado organizado. Un sindicato de gremios unidos de cuya evolución surgió con el tiempo un movimiento insurreccional que hizo historia: los bolcheviques del Líbano.

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Desde la primera vez que Reinaldo Aguirre Palomo visitó Líbano quedó seducido por esta historia. El 29 de julio de 1929, desde la convicción de que iniciaban una revolución, unos 300 hombres con fusiles guardados desde la guerra de los Mil Días habían intentado tomarse al pueblo. Sin embargo, entre la guardia civil y un piquete de voluntarios se armó el contraataque.  Tres años atrás había surgido el Partido Socialista y Revolucionario y, ante la oleada de protestas en el país, el gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez  impuso la llamada Ley Heroica (Ley 69 de 1928) que prohibió las huelgas y toda organización que fomentara la lucha de clases.

En este contexto político, tras repeler el ataque que incluyó asaltos en algunas haciendas cafeteras, la guardia civil encabezó la persecución de los insurgentes. Al día siguiente llegó como refuerzo un pelotón de caballería y, desde Ibagué y Manizales, un contingente de 400 soldados y policías desató la represión. Aunque varios líderes de los bolcheviques del Líbano lograron huir hacia el Valle y Caldas, a la cárcel del municipio, a otras de pueblos aledaños y hasta al Panóptico de Ibagué fueron conducidos muchos prisioneros. En adelante, a petición del alcalde Mamerto González y de los notables del Líbano, este enclave cafetero se convirtió en centro estratégico militar.

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Sin embargo, en la memoria de su gente nunca se olvidó la insurrección comandada por el dirigente obrero y zapatero de profesión Pedro Narváez, los carpinteros Higinio Forero y Bernardo Villalobos, o los sastres Jesús Talero y Waldino González. Por eso, desde que Reinaldo Aguirre Palomo conoció los detalles de este suceso regional ocurrido meses atrás en Líbano, nunca dejó de buscar a sus protagonistas para escuchar su relato. En cada feria ganadera, en las diversas cantinas, pero en especial en el Café Montecarlo, entre sus labores de vaquería o en sus conquistas de certero enamorado, empezó a reunirse con los que regresaban del presidio para volver a oírlos.

El primer suceso que le dio un giro a su vida, como lo resalta el escritor Eduardo Santa en su obra “Crónica de un bandido legendario”, fue la guerra contra el Perú. El 1 de septiembre de 1932, un grupo de civiles y militares del vecino país invadió Leticia (Amazonas) desconociendo los términos del tratado limítrofe Lozano-Salomón, y el gobierno liberal presidido por Enrique Olaya Herrera invocó la unidad nacional y el país se fue a la guerra. De inmediato, se desató un delirio patriótico que llevó a muchos jóvenes a presentarse como voluntarios para defender a Colombia, y uno de esos entusiastas resultó ser Reinaldo Aguirre, que se enroló a las filas en el Batallón de Honda.

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En el Ejército aprendió no solo a disparar armas sino a enfrentar los rigores de la infantería. Mientras unos contingentes desembarcaron en cañoneras en el río Putumayo hasta llegar a Guepí, él y sus compañeros cumplieron una osada travesía de varias semanas por las selvas del Caquetá y después en lanchas artilladas hasta Tarapacá, que finalmente se tomaron en febrero de 1933. Meses después ambos gobiernos acordaron un armisticio y, en Ginebra (Suiza), el Consejo de la Sociedad de Naciones exhortó al Perú a retirarse del trapecio amazónico.  El 24 de mayo de 1934, las dos naciones firmaron el Protocolo de Río de Janeiro que selló la paz. Reinaldo Aguirre volvió a Honda transformado en un héroe.

Era evidente que ya no quería ser un simple jornalero en Mariquita o un avezado vaquero en Armero, sino un reputado militar. Pero se atravesó el episodio que volvió a trastocar su destino. Un día de descanso, con dos compañeros del regimiento decidió tomar un baño en el río Gualí, pero buscando el sitio idóneo dieron con un paraje donde retozaba un grupo de jóvenes mujeres. Él estaba desnudo, ellas le reclamaron que el suyo era un lugar reservado. El asunto no terminó en buenos términos. El lío fue que entre las ofendidas estaban las hijas del comandante del Batallón de Honda, que no solo ordenó enviarlo al calabozo, sino que en adelante se dedicó a mortificarlo.

Hasta que una noche, con su fusil de dotación, un revolver y buena cantidad de munición, huyó del batallón y se volvió desertor. Se escondió por algunas semanas en casa de un amigo en las montañas de Fresno (Tolima), pasó brevemente por la casa de sus padres para explicarles su decisión y luego, junto a dos labriegos que había conocido en sus días de vaquero, cambió de orilla y se situó al lado contrario de la ley. Inicialmente se dedicó al abigeato, y  vendía la carne de las reses hurtadas en carnicerías de Fresno, Venadillo y Mariquita, pero después se dedicó a asaltar residencias campestres o a quienes transportaban dinero de los bancos entre municipios.

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Lo paradójico es que, de forma simultánea a los asaltos y robos, buena parte de lo hurtado empezó a ser repartido entre viudas, ancianos, discapacitados o mendigos de la región. Así lo describe Eduardo Santa en la obra citada: “El dinero de los asaltantes empezó a circular en abundancia en algunos de esos medios donde antes reinaba la miseria”. Por supuesto, los mismos beneficiados pobres empezaron a esconderlo, a informarle los movimientos de la tropa, a agradecerle con su silencio. Además, se convirtió en un sujeto alucinante que se dejaba ver o desaparecía como por arte de magia. No faltaron quienes le atribuyeron dotes sobrenaturales para escabullirse.

Alguna vez una profesora de escuela adelantaba una colecta en Venadillo para reparar los pupitres de sus alumnos, y apareció un anónimo cantante imitando a Carlos Gardel como si fuera el mismísimo “zorzal criollo”. Resultó ser Reinaldo Aguirre Palomo con uno de sus disfraces. Más de una vez lo dieron por muerto y hasta hubo baile para celebrarlo, pero volvió a reaparecer de la nada dejando apenas el rastro de su caballo a las afueras de algún pueblo, mientras él visitaba a alguna de sus flechadas por el amor. Hasta que decidió subir la vara de sus osadías y, entre Armero y Guayabal, dirigiendo una banda de hombres a caballo, en 1934 asaltó el ferrocarril que se movilizaba a La Dorada (Caldas).

Días después, sin disparar un solo tiro, incursionó en la fábrica de tabaco en Ambalema, conocida como la Casa Inglesa, y mientras se dedicaba a intimidar a los directivos, no dejó de divertir a las mujeres. Esa misma semana aparecieron escritos de este talante en las paredes: “¿Cuándo volverás con tu pistola al cinto, para verte volar sobre mi propio corazón?”. Fue tan famoso en el Tolima que el periodista del diario La Época de Ibagué, Ernesto Polanco Urueña, le dedicó un poema épico que empezaba diciendo: “Ante la tarde llanera y sobre un caballo moro, al plan del Tolima baja Reinaldo Aguirre Palomo”. Pero en la medida en que crecía su leyenda, también aumentaba la recompensa por su captura.

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Hasta que lo sorprendieron en Palocabildo en casa de una de sus amantes, y lo llevaron preso al Panóptico de Ibagué, en cuyas puertas se arremolinó mucha gente para recibirlo con aplausos. Solo permaneció privado de la libertad seis meses y nadie supo explicar por dónde se evadió. Lo cierto es que reapareció con un golpe sonoro que lo puso en la mira nacional. En aquella época, debido a la prosperidad cafetera, desde 1923 funcionaba un cable aéreo de 72 kilómetros y 380 torres entre Manizales y Mariquita para enviar, además de bultos de grano, remesas de dinero o mercancía. Reinaldo Aguirre y sus hombres lo asaltaron, no solo una vez, sino que lo cogieron de foco permanente.

La historia de sus andanzas que se desvaneció con el tiempo, en su momento marcó una época en la región cafetera. Ante el ruego de los hacendados que ya no sabían si sus propios labriegos eran o no cómplices de Aguirre, desde Bogotá tuvieron que enviar un contingente de Policías para tratar de atraparlo. Nunca dieron con su rastro y, por el contrario, después de meses de especulaciones sobre su paradero, rumores de su muerte o la impaciencia de los dueños del Cable Aéreo, retornó con su gatillo en Armero. Asaltó el banco principal, y luego se ocultó con su pandilla en los cerros de Lumbí, en cuyas cavernas y matorrales que conocía de memoria, constituyó su cuartel general.

Los asaltos no se detuvieron y, a la usanza del Robín Hood inglés, nunca perdió su hábito de compartir el botín con los menesterosos. Pero todo tiene un final y el de Reinaldo Aguirre comenzó después del ataque al agente comercial de la firma “Merino y Compañía” que controlaba la exportación cafetera en Honda. Era el comienzo de 1940. De conformidad con el plan acordado, sus hombres atravesaron un tronco en la vía que conducía a Líbano. El agente comercial y su conductor intentaron repeler el asalto, pero ambos cayeron asesinados. Ese fue el tope del aguante entre las autoridades. Tras la captura de uno de sus secuaces, se organizó un enorme operativo para acabar con su saga.

Con información del detenido, el 24 de febrero de 1940, medio centenar de hombres del Ejército y la Policía rodearon una quinta situada a las afueras de Mariquita, con la certeza de que allí se ocultaba el escurridizo fugitivo. Después de las tres de la tarde, se desencadenó una nutrida balacera sin que el contingente oficial lograra su cometido. Sin embargo, después de un prolongado silencio, cuando el comandante del operativo daba la orden de derribar la puerta, se oyó un disparo seco al interior de la casa. Soldados y policías entraron en tropel y la sorpresa fue encontrar el cuerpo sin vida de Reinaldo Aguirre Palomo y, en una de sus manos, el revolver con el que se había quitado la vida.

Un testigo manifestó tiempo después que primero bebió una pócima de cianuro y luego se disparó en la cabeza. En el acta del levantamiento del cadáver quedó anotado que en uno de sus bolsillos tenía una moneda de diez centavos y en el otro una cajetilla vacía de cigarrillos. Junto a él, una especie de testamento para advertir que elegía ese camino porque no iba a volver a una cárcel, que consideraba la mayor de las injusticias. A manera de epílogo, su enfática conclusión de bandido fugaz: “Mi vida estaba destinada para morirme por mí mismo”. La noticia se regó por Tolima y Caldas y más de uno volvió a respirar tranquilo en Manizales. Entonces se iniciaron los versos que la memoria ya no guarda.  

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Redacción Judicial

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La historia olvidada del bandolero Reinaldo Aguirre Palomo

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