“La memoria hace frente a la guerra, reivindica y se impone al olvido”, víctima del Palacio de Justicia

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“Mi vida y el Palacio” es el primer libro de Helena Urán Bidegain, una de las hijas del magistrado auxiliar Carlos Urán Rojas, quien fue torturado y asesinado tras la toma del Palacio de Justicia. Se trata de un relato como ningún otro, cuya base es un informe que ya tiene en sus manos la Comisión de la Verdad.

A Manuel, un niño de no más de 11 años, le debemos la publicación de un libro único en la historia reciente de Colombia. Desde ya se perfila como una de las obras de investigación, relatos vivenciales y contexto histórico más importantes de uno de los peores hechos de violencia del país: la toma y retoma del Palacio de Justicia en noviembre de 1985. A Manuel se lo debemos porque se atrevió a preguntarle a su mamá qué había pasado con su abuelo. Y ella, quien tenía casi la misma edad que su hijo cuando su papá fue asesinado, se atrevió a recopilar su respuesta en el libro Mi vida y el Palacio, el crudo relato de una de los cientos de víctimas de este episodio que, durante años, vivió bajo el engaño del Estado y hoy, 35 años después, sigue siendo testigo de la indolencia del país y sus instituciones.

La autora es Helena Urán Bidegain, una de las cuatro hijas del magistrado auxiliar del Consejo de Estado Carlos Horacio Urán Rojas, quien fue torturado, desaparecido y ejecutado extrajudicialmente por miembros de la Fuerza Pública. Su obra resulta estremecedora por la historia misma, pero también por el nivel de detalle y de reflexión que logró condensar en estas páginas como una especie de catarsis que, durante 35 años, se fue acumulando en ella misma. Urán Bidegain abarca en su narración desde las pesadillas y el trauma de una niña de 10 años que pierde a su papá en el holocausto del Palacio, pasando por el exilio al que se vio forzada junto a su familia, la desesperanza y el rechazo al país que se lo quitó todo, hasta la fortaleza que encontró en la necesidad de seguir luchando por saber la verdad.

Desde el comienzo del libro hay varias referencias al pensamiento liberal y pacífico de su padre. Una de las primeras escenas es en la sala de su casa, donde había una pancarta de una paloma de la paz pegada en una ventana. Era el símbolo del proceso que había arrancado Belisario Betancur con varios grupos guerrilleros, entre ellos el M-19. El mismo que después desataría la tragedia del Palacio de Justicia. ¿Era una convicción en su casa la salida pacífica del conflicto?

Sin duda. Mis padres estaban intentando mover a los intelectuales católicos para que se comprometieran más con la búsqueda de la paz. Querían que las iglesias y parroquias tematizaran el asunto y visibilizaran la importancia del momento que se estaba viviendo. Para ellos era algo muy importante y apoyaron a Belisario Betancur con esa propuesta. Ambos tuvieron que ver con los movimientos de estudiantes católicos y ellos nunca entendieron una salida del conflicto que no fuera pacífica. Por eso es que intentan, a través del Cinep, por ejemplo, apoyar esos intentos de paz.

¿Recuerda a su papá hablando del tema?

No tengo ningún recuerdo puntual sobre esto. Era sencillamente un tema de valores de la casa que estaban presentes. Nacimos con ellos. Además, el trabajo de mis padres estaba allí: en la justicia social y por la lucha de la paz. Nosotros volvimos a Colombia porque mi papá quería ser parte de la reconstrucción de su país. Desde siempre, él tuvo un especial interés y curiosidad por esta rama del derecho. Su familia paisa fue desplazada y seguramente ese hecho tuvo algo que ver en su elección de vida. Desde que estaba en la universidad ya se le notaban sus luchas. Mi papá fue uno de los organizadores de unas manifestaciones en la Universidad de Antioquia que fueron vistas como un acto rebelde. Esto pudo reafirmar su interés por los derechos humanos porque, posiblemente, si no los hubieran reprimido, tal vez todo hubiera acabado ahí.

Además de compartir el color de la piel con su papá, como usted misma cuenta en su libro, ¿qué más tienen de parecido?

Compartíamos las salidas a caminar, y él cantaba mucho. Era muy alegre. Me di cuenta mucho después de que había sido una persona feliz. Él entendió desde muy joven que así la vida estuviera llena de tragedias, valía la pena vivirla de manera alegre. No me acuerdo de haberlo visto renegar o tenerle rabia a alguien. Cuando me di cuenta de esto, me molesté un poco conmigo misma, porque llevaba mucho tiempo de mal genio con esta historia atravesada que me tomó mucho tiempo procesar. Ahora siento que las cosas son un poco diferentes.

El recuerdo de la ilusión de Helena Urán de 10 años aguardando esperanzada a que su papá timbrara en la casa es conmovedor. Allí explica que esa sensación de que él iba a regresar duró mucho tiempo, incluso en la Helena ya adulta. ¿Cómo es eso?

Lo pensé mucho tiempo. Muchísimo. Es algo muy extraño, porque sentía una presencia. Esto lo he leído y se lo he escuchado a personas que también han perdido a seres queridos. Sienten la presencia del otro y yo la sentía tal cual. Tenía la certeza de que en algún momento iba a timbrar. Cuando nos fuimos de Colombia, ya era más difícil. Con el tiempo entendí que no iba a parecer, pero la sensación estaba ahí todo el tiempo. Todo el tiempo. Pero todo cambió en la segunda exhumación (2018), porque por primera vez vi sus restos. En especial sus dientes. Ver la imagen de mi papá riéndose, con sus dientes amarillos como los tendré yo hoy en día, porque mi papá sería solo un poco mas joven que yo, cambió todo. En ese momento trágico, al mismo tiempo sentí que se estaba despidiendo.

Cuando Noticias Uno encuentra el casete en donde su padre se ve saliendo del Palacio de Justicia, usted explica que su madre, Ana María Bidegain, no solo sintió el dolor profundo de revivir la pérdida de su marido, sino que ahora estaba recargado por el desconsuelo de descubrir un engaño, pues siempre les dijeron que Urán murió dentro del Palacio. ¿Qué sintió usted?

Al comienzo me sentía como en una nebulosa. No podía creer esa historia que nos estaban contando. Me costó tiempo aterrizar. Pero claro que sentí el engaño. Fue horrible. Engaño, burla y desamparo. No solamente atentaron contra la vida de alguien, sino que lo mantuvieron oculto durante tanto tiempo. Engañaron a una familia, a una mujer con cuatro hijas que quedó sola y a todo un país. ¿Qué puede esperar uno? ¿A dónde más podemos ir? ¿Qué es lo siguiente? Es como si pasara un terremoto y uno no supiera de dónde agarrarse. Si el poder supremo, que es el que está para darte contención, es el que te golpea, pues...

¿Todavía tiene esa sensación del Estado colombiano y del país?

Ahora reconozco que hay gente maravillosa y valiosa que se juega la vida todos los días para que las cosas cambien. En algún momento también tuve dificultad para verlo así. Tenía mucha rabia con Colombia. Esos que se juegan la vida todos los días son los verdaderos héroes. Pero esa sensación contra el Estado la seguiré teniendo mientras sigan estando los mismos de siempre. Por ejemplo, el presidente Iván Duque es el hijo de quien entonces era el ministro de Minas (Iván Duque Escobar), que quedó encargado de limpiar el Palacio de Justicia. Está claro que el presidente no es responsable de lo que haya hecho su papá, pero de todas formas esa continuidad y esos hilos que se mantienen intactos no me cuadran. Por eso es difícil esperar algo del Estado colombiano.

Cuando la exfiscal Ángela Buitrago empieza a mover el expediente de Urán, encuentra su billetera en el Batallón de Inteligencia y se da cuenta que a él lo torturaron y fue víctima de un crimen de Estado. Usted explica que en ese momento se dio cuenta de que el asesinato de su papá iba a durar “toda la vida”. ¿Qué significa eso?

Lo que me quedó claro es que, al ser un crimen de Estado, y por ser él víctima de violencia política y de un caso tan importante en la historia de Colombia (su crimen), es algo que me va a acompañar toda la vida. Esa historia va a estar ahí y todos los años vamos a estar recordando porque, como además se mantienen en la impunidad, es todavía más difícil.

Ustedes salieron de Colombia, primero, a Venezuela y Uruguay. Trataron de regresar, pero volvieron las amenazas. A su mamá le advirtieron que “dejara todo así”. Estuvieron también en Estados Unidos y España. Timbraban en su casa en las madrugadas y enviaban anónimos. ¿La Fiscalía nunca investigó estas intimidaciones?

Nunca. Esto solo se lo contamos a la Fiscalía cuando Ángela Buitrago cogió el caso y mi mamá le contó lo que había pasado en ese momento. Cuando la fiscal nos contó lo que estaba encontrando, la posible tesis de que lo habían asesinado miembros de la Fuerza Pública, cobraron sentidos esos timbrazos que recibíamos en la madrugada, los mensajes y ese sentimiento de que alguien nos perseguía. Pero aquí lo complicado es que cuando uno no ha hecho nada malo, y solamente pregunta qué pasó con el familiar, es muy difícil pensar que, por eso, nos estaban persiguiendo. Creo que a mí me pasó igual después, en 2010 (a su casa le enviaban artículos escritos por su papá).

En el libro explica que durante mucho tiempo se sintió culpable de esa violencia política. ¿Por qué una niña de 10 años y una adolescente, colombo-uruguaya, pero nacida en Bélgica, podría ser responsable de semejante violencia que vivió el país y sigue siendo testigo?

Creo que uno siempre tiende a pensar qué fue lo que hizo mal para que esto pasara. Sobre todo en la niñez. Y además siempre tratamos de buscar un culpable. Al principio sí sentí que algo había hecho mal. Porque, además, siempre recordaba un sueño que había tenido antes de la toma en el que a mi papá lo atropellaban por culpa mía. No sé por qué tenía esa sensación. Después sentí vergüenza. Pero con el tiempo me di cuenta de que no tenía que sentirme así, porque no había hecho nada. Al contrario, soy la víctima de esa violencia política.

Desde que la Fiscalía declaró el caso de su papá como un crimen de lesa humanidad el expediente ha permanecido congelado. Una fiscal tuvo la intención de acusar a los generales retirados Jesús Armando Arias, Rafael Hernández y Carlos Alberto Fracica, pero el asunto se embolató. ¿Qué otra decisión se ha tomado en el expediente?

Absolutamente ninguna. Solo se ha hecho la segunda exhumación (una orden de la Fiscalía que causó polémica, pues ya tenían claramente identificados los restos de Urán). Después de Ángela (Buitrago) pasaron el caso a la oficina de Derechos Humanos y no ha pasado nada. Este año pude hablar con el fiscal auxiliar Jairo Humberto Oróstegui y le pregunté que cuánto tiempo más se iban a tomar para resolver la situación jurídica de Arias, Hernández y Fracica. Y me dijo: “Ah no, pues no sabemos porque antes hay que mirar qué fue lo que pasó con las otras 60 personas que estaban en el baño con su papá”.

¿Cómo así?

Le pregunté que si lo que me estaba dando a entender era que ellos no creían que mi papá hubiera salido vivo y le dije: “Para usted los videos, la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos de 2014 (donde se estableció la tortura, desaparición y ejecución extrajudicial de Urán) y el resto de evidencia no son ciertas”. Y me contestó: “Nosotros no podemos definir todavía eso. Ellos lo pueden ver de una manera, pero nosotros de otra”. Si en 35 años no han hecho prácticamente nada en el caso de mi papá, ¿cuánto les va a tomar hacer algo en el de esas 60 personas? No tienen ninguna intención en avanzar en nada. Y todo esto es como una paradoja, porque aunque no creo en la justicia, al mismo tiempo no puedo dejar de intentarlo y presionando para que algo pase.

Por eso su frase sobre: “Quien sea víctima entiende que no hay nada que pueda detener esa pulsión por tener claro qué pasó”.

Solo las víctimas sabemos por qué insistimos de la verdad. Es algo que viene de adentro.

Usted relata el episodio en el que trató de hablar con el expresidente Juan Manuel Santos, en un momento clave para el país en el que los diálogos de paz en La Habana estaban teniendo serios reparos por parte de militares y otros uniformados. La época coincidió con la absolución del coronel (r) Alfonso Plazas Vega en 2015, que celebró el mismo Santos. ¿Qué sintieron como víctimas en ese momento?

Aquí en Europa todo ese proceso lo vendieron como una novedad, porque decían que las víctimas realmente iban a estar en el centro. Y sí, estaba muy bien para venderlo y conseguir plata, pero ya cuando tocó este caso del Palacio, las víctimas otra vez éramos las que teníamos que pedir perdón. Todo lo que pasó en ese momento, más la carta que le envié a Santos y nunca me contestó, me reafirmo lo difícil que es sacar este caso adelante y los 800 candados, muros y cajas de seguridad que hay. Sin embargo, yo seguí apoyando el proceso porque no hacerlo, no era una opción. La alternativa no sirve. Sin embargo, sí me pareció importante alzar mi voz y así nos dimos cuenta que cuando uno toca ciertos temas, hasta ahí llega el amor por las víctimas.

No contestarle su carta, más las declaraciones sobre el caso de Plazas Vega terminaron de agravarse con el acto de perdón que ordenó la Corte IDH y se realizó en plena Plaza de Bolívar en noviembre de 2016 en el que el expresidente no reconoció a los desaparecidos…

Eso fue terrible. Nosotros habíamos pensado cómo presentarnos ese día porque son momentos importantes para una familia, porque de alguna manera permiten procesar todo. Pero llegamos allá, nos tocó hacer una fila larguísima bajo la lluvia, nos sentaron detrás de todos los funcionarios del Estado. No nos dejaron hablar a las cuatro, sino solo a una. Pero nos levantamos todas y rodeamos a mi hermana, como cuando al presidente lo rodean sus ministros y la cúpula. Fue un acto simbólico en ese sentido. Y cuando se acabó el evento, entró una comitiva de militares y nos sacaron como diciendo: “Aquí seguimos y nosotros somos los que decimos cómo son las cosas”. Fue una demostración de poder y una agresión constante. Ese evento fue para ganarse el chulito de haber cumplido con la orden de la Corte IDH. Pero no fue sincero para nada. A mí me avisaron la noche anterior a decirme que a las cinco de la mañana salía el avión. Y yo con mi hijo corriendo para no perder el avión.

¿Cree que algo de estas constantes violaciones a sus derechos como víctimas puede cambiar en la Jurisdicción Especial para la Paz o en la Comisión de la Verdad?

Después de que allí le dieron libertad condicionada al general (r) Arias Cabrales, a mí me generó mucha desazón. ¿Cómo es posible que al único que ha condenado la justicia ordinaria lo deje en libertad la justicia que es supuestamente para la paz? Y lo hicieron sin que él contara nada de la verdad que dice tener. Lo que es más posible que pasa es que no diga nada, pues ya está viejo y tal vez solo trate de dilatar el proceso. Uno sí ve que la JEP está haciendo cosas, pero al mismo tiempo tengo mis dudas.

¿Por qué?

Porque pasan cosas que uno no sabe si son a propósito o qué. Cuando pasó lo de Arias Cabrales, yo le escribí a Patricia Linares (expresidenta de la JEP) y ella me remitió al magistrado que estaba en ese momento a cargo del caso. Le pregunté si me podían dar la decisión completa y me dijeron que no. Me respondió una magistrada que había trabajado toda la vida en la justicia penal militar y otro más que firmó la decisión, había trabajado en el DAS. Entonces uno dice: ¿será que lo hacen a propósito?

¿Cree que el caso se ha debido quedar en la justicia ordinaria?

La verdad es muy difícil, porque como hemos visto que la justicia ordinaria no ha hecho nada, entonces uno quiere creer que, tal vez, en la Justicia para la Paz podremos saber más. Pero eso lo pensé inicialmente, antes de que le dieran la libertad condicionada a Arias Cabrales. Ahora uno ve que solo pidió que lo aceptaran allá y le dieron la libertad sin más. De todas formas, creo que si va a pasar algo con él, valdría la pena que nos escucharan a nosotros. No solo dejarlo decir lo que quiera decir porque seguramente va a decir que nunca hubo desaparecidos.

De las muchas preguntas que plantea en el libro, hay una que tiene que ver con lo que su papá creería sobre el esfuerzo de construir un mejor país. Imposible saber qué pensaría, pero, ¿qué cree usted?

Que no seguir luchando e intentando conseguir verdad, o resignarse, sería lo peor. Tener esa utopía, como lo decía Eduardo Galeano, es seguir caminando y es lo más importante. Creo que mi papá pensaría eso. Que hay que seguir buscando. Y yo, ahora que estoy más vieja, sí lo comparto. Antes no daba un peso por Colombia. Creía que era un Estado fallido, con gente indolente que no le importa nada y que solo tiene corrupción. Ahora lo veo de otra manera. Sobre todo siento que en los últimos años ha habido un despertar increíble de los jóvenes que es muy esperanzador. La gente ya no tolera esa indolencia que nos tocó a nosotros. Y mientras la gente reaccione y rechace esos actos, hay mucha esperanza de que las cosas puedan ser mejor.

¿Por qué cree que su libro es importante leerlo?

El libro permite entender la importancia de un Estado de derecho, así suene abstracta la idea. Pero creo que si la gente entiende cómo funciona la institución y qué es un crimen de Estado y todas sus implicaciones, en existir un sistema grande y fuerte para que todos callen la verdad, los lectores pueden exigir un país mejor. Mi intento es que, a través de mi historia, ojalá se genere un poco de empatía y más conexión social. Porque callarse no es una opción. Hacer memoria, en cambio, hace frente a la guerra, reivindica, se impone al olvido y al saltar al espacio político y público reconstruye el tejido moral de la democracia, y es por eso que escribo.

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A Manuel y a su mamá, Helena Urán Bidegain, les debemos este testimonio indispensable para entender la realidad del caso del Palacio de Justicia que llega a los 35 años de la toma como un bálsamo para contrarrestar la desazón por la impunidad que sigue reinando el expediente. Su valentía al exponer su vivencia ante un país que, como ella misma lo confiesa, ha sido indolente ante su tragedia, nos deja una enseñanza crucial: aunque el Estado y sus instituciones insistan en mantener la verdad en silencio, mientras haya víctimas que insistan en la reivindicación de la memoria de sus seres queridos, será imposible que ese pacto oscuro prevalezca.

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