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hace 2 horas
Veinte años del asesinato de Jaime Garzón, en la pluma de su hermano, Alfredo

Jaime Garzón, la victoria del humor

Uno podría decir con absoluta firmeza que, si bien lo aniquilaron, su potencia quedó incólume y su posibilidad de afectarnos persiste más allá de su presencia física. Ese es el gran fracaso de sus asesinos.

Jaime Garzón Forero, periodista, humorista y crítico, asesinado el 13 de agosto de 1999. / Archivo El Espectador
 
 

Cuando uno se enfrenta a un crimen como el de mi hermano Jaime, la sensación es de interrupción, no solo de la vida del ser querido, sino también la de la propia vida. Todo lo que uno venía construyendo de repente se paraliza o, cuando menos, pierde intensidad, y otros asuntos toman su lugar: investigaciones, indagatorias, disputas, encuentros con abogados, pleitos, diligencias. De repente, las fuerzas vitales se ven todas desperdigadas ante esa muralla que es el Estado, el mismo que le quitó la vida. Han pasado 20 años y la sensación es abrumadora. ¿Cuál es la relación entre los esfuerzos encauzados a obtener justicia y la justicia obtenida? El balance es infame… ¿Obtendrá Jaime justicia? ¿Sabremos quiénes fueron los verdaderos culpables? ¿Las verdaderas razones del asesinato?

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A esta altura podemos decir que el proceso ha arrojado una serie de claridades: en primer lugar, que el crimen de Jaime no fue una acción cometida por un par de sujetos, Carlos Castaño y José Miguel Narváez, hasta ahora los únicos condenados. En segundo lugar, que el asesinato está enmarcado dentro de un ataque sistemático y generalizado contra la población civil y, especialmente, contra sectores de oposición.

Podemos, a esta altura, también reconocer que los casos de Jesús María Valle y Eduardo Umaña, ambos abogados defensores de derechos humanos, como los de Mario Calderón y Elsa Alvarado, activistas e investigadores del Cinep, responden a un mismo modus operandi y que sus investigaciones señalan hacia el mismo grupo de culpables: la Terraza, paramilitarismo, DAS, Policía y Ejército.

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Podemos inferir que las acciones de estos humanistas inmolados estorbaban a la consolidación paramilitar, que, a la luz de las certezas acumuladas en este tiempo, sabemos que se trata de un proyecto político y económico cuya monstruosa estructura sigue arraigándose en todos los contextos: estatales, mediáticos, judiciales y civiles. El asesinato de Jaime ocurre en este escenario y su propósito es el de implantar terror, esto es, inmovilizar a la sociedad por un tiempo indeterminado, coartar toda forma de libertad y de pensamiento, romper brutalmente el sentido de nuestras palabras y de nuestras acciones.

Ahora, ante las nuevas respuestas surgen nuevas preguntas: ¿Quiénes podían estar interesados en desatar este tipo de conmoción? ¿Cuál era el propósito de estos “refundadores de la patria”? ¿Lo lograron? ¿Siguen intentándolo? ¿Quiénes son esos que están por encima de Carlos Castaño y de José Miguel Narváez, así como del general (r) Rito Alejo del Río y del coronel (r) Plazas Acevedo? Los cimientos de ese proyecto político/económico que los paramilitares quieren ayudar a consolidar coinciden con las viejas causas de esta interminable espiral de violencia de la que no logramos salir: la concentración de la tenencia de la tierra, la exclusión y persecución política, la negación a toda costa de una justicia social y económica, en últimas, el sabotaje a todo intento de paz. Y bajo esta perspectiva, ¿no cabría pensar que el exterminio de los líderes sociales no es otra cosa que la continuación de ese proyecto político?

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A menudo me pregunto qué tendría que decir Jaime de su propio proceso. Sin duda hilaría más fino de lo que cualquiera de nosotros podría, seguramente urdiría preguntas incómodas y haría uso de su agudeza para ayudarnos a analizar ese aparato complejo y aplicaría para ello su don, su infinita potencia, la del humor. Spinoza dice que un individuo se define por su grado de potencia, y que esa potencia consiste en un cierto poder para afectar y ser afectado, pero solo podremos saber de ese grado de potencia experimentándolo. El grado de afectación de Jaime por este país fue tan elevado y sus acciones afectaron a tantos que uno podría decir con absoluta firmeza que, si bien lo aniquilaron físicamente, su potencia quedó incólume y su posibilidad de afectarnos persiste más allá de su presencia física. Ese es el gran fracaso de sus asesinos.

La herramienta que usó Jaime de manera tan genial para afectar a otros fue el humor. Según Spinoza, la alegría es toda pasión que aumenta nuestra potencia de actuar y, por contraste, la tristeza sería aquello que disminuye nuestra potencia, que nos arrebata la fuerza, que nos inmoviliza. Diseminar las pasiones tristes es la estrategia del déspota para hacernos impotentes, en cambio, la alegría nos inviste de potencia, nos posiciona en la línea de acción que es el lugar donde aquellos que se arrogan el poder no nos quieren ver.

El día en que el féretro de Jaime estuvo en la Plaza de Bolívar, un joven sostenía un cartel que decía “Violentos, tienen dos opciones: no matar más o matarnos a todos”. Y en verdad, uno alza la mirada y todo apunta a que los “violentos” decidieron matarnos a todos. Sabemos que físicamente es imposible, pero ellos agenciaron otras formas de aniquilamiento: el miedo, la censura, la desesperanza. Querrán quebrantarnos hasta anularnos. Yo creo que asumir la propia potencia es la vía en la que tanto insistía Jaime, hacerse responsable de ello, resistir hasta que algo se agriete, dejar de ser quien recibe quejumbroso las acciones de otros y empezar a ser quien las causa. Ese fue el camino que caminó hasta las últimas consecuencias y el que dejó trazado. Esa es su victoria, la incontestable victoria del humor.

* Caricaturista de este diario y hermano de Jaime Garzón.

Vea nuestro documental "Jaime Garzón, 20 años sin la risa que nos hizo pensar".

 

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2019-08-13T22:45:35-05:00

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Alfredo Garzón Forero*

Judicial

Jaime Garzón, la victoria del humor

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