Las últimas constancias que Jesús María Valle le dejó a su hermano

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En diálogo con El Espectador, Darío Valle Jaramillo, uno de los hermanos del defensor de derechos humanos ultimado en 1998, se despachó contra la justicia que no hubo, la impunidad que todavía hay y la verdad que —dice— no habrá jamás en este caso.

Tras la investigación que reactivó la Corte Suprema de Justicia hace casi un mes, el crimen de Jesús María Valle Jaramillo volvió a cobrar protagonismo en la escena pública. Y aunque pasaron ya 22 años, las denuncias que en su momento hizo el presidente del Comité para los Derechos Humanos de Antioquia resultaron proféticas: las Convivir y el paramilitarismo dejaron una estela de horror de la que todavía no se repone Colombia. Su hermano menor, Darío Valle Jaramillo, cuenta por primera vez en esta entrevista las confesiones que Jesús María le hizo en los tiempos más azarosos de esos ejércitos ilegales. También se declara pesimista y asegura que sabe que esa muerte quedará impune, así todos sepan de dónde provinieron las balas. Además, como exfuncionario del CTI de la Fiscalía, narra que hubo una operación para torcer el proceso que indagaba por los verdaderos financiadores de las Autodefensas. Así fue la charla de Jaramillo Valle con El Espectador.

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Casi siempre que se habla de Jesús María Valle se cuenta la última etapa de su vida: su lucha por la defensa de los derechos humanos en Antioquia y sus denuncias contra los violentos. Pero poco se sabe de su infancia, de su vida en Ituango, de sus luchas en la universidad y en su primera juventud. ¿Podría contarnos un poco sobre esa faceta desconocida?

Jesús María es el último bastión de una generación borrada por el horror del paramilitarismo, generación de la cual hicieron parte, entre otros, Pedro Luis Valencia, Leonardo Betancourt, Héctor Abad Gómez y Luis Fernando Vélez. Nació en 1943 en un hogar compuesto por Jesús Valle, oriundo del corregimiento La Granja (en Ituango), y Blanca Jaramillo, quienes contrajeron matrimonio en el corregimiento de El Aro (también en Ituango). Realizó sus estudios secundarios en el Liceo de la Universidad de Antioquia, donde fue designado para dar el discurso final de bachillerato. Se graduó como abogado en 1970. Su proyecto de vida fue siempre la expresión comprometida y consecuente con el humilde, el desplazado, el desaparecido, el torturado, el perseguido injustamente. Políticamente, perteneció al Partido Conservador, siendo diputado de Antioquia, renunciando más adelante a dicho cargo y a dicho partido por serias y profundas discrepancias ideológicas. Fundó y trabajó en movimientos comunitarios como la Liga de Usuarios de Empresas Públicas de Medellín Si estuviera vivo, estaría apoyando con ahínco las justas y necesarias decisiones del alcalde Daniel Quintero con respecto a dicha empresa. Fue aspirante a la Constituyente de 1991, presidente del Colegio Antioqueño de Abogados y del Comité para los Derechos Humanos en Antioquia.

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Hace 22 años Jesús María Valle fue asesinado por sicarios de la banda La Terraza en su oficina en Medellín. ¿Cómo fueron esas últimas horas de Jesús María?

Jesús María era un hombre de principios. Me decía: “Darío, ni los principios ni la familia se negocian jamás. He tenido como principio de vida defender al más vulnerable de la sociedad. Sé que me van a matar, pero de aquí no me muevo. Seguiré defendiendo a mi gente de El Aro, de La Granja, a mi pueblo, ya denuncié ante los gobernantes. No quieren escuchar mi llamado, pero lo seguiré haciendo hasta que me maten. No tengo temor a morir por mi gente”. Eso me lo dijo hasta sus últimos días. Era serio y me decía: “En este momento no me puedo quedar callado; el gobernador, las autoridades están avisadas del sufrimiento de mi gente, las violaciones, los asesinatos a sangre fría y no se conmueven porque están en connivencia con los malvados paramilitares. Ante tal situación no me callaré jamás. Seguiré hablando hasta el día que me den y sé que pronto me darán”. Y aunque era prudente, decía: “Hay situaciones como la que estamos viviendo de masacres horripilantes que no nos permiten guardar esa prudencia que muchos me piden y que el dolor en el alma no me lo permite y me quita el miedo a la muerte como venga y cuando llegue”.

¿Qué otras charlas recuerda usted con Jesús María?

Su humanismo hasta sus últimos días fue increíble. Poco antes de morir, en una conversación que sostuvimos, me decía: “Qué bueno vivir largamente en una sociedad más equitativa, donde se diga: ‘Yo gano, si todos ganamos’; donde exista una sola religión basada en el amor, la solidaridad y la justicia social. Pero para vivir en una sociedad tan desequilibrada, corrupta e injusta, es mejor desaparecer prontamente”. Su talante muestra el grado de amor por el otro, de dolor ante el sufrimiento y su deseo de que las autoridades, en cabeza del gobernador Álvaro Uribe Vélez, su secretario de gobierno, Pedro Juan Moreno, el Ejército y la Policía, actuaran en defensa de los pueblos masacrados y no fueran complacientes con quienes estaban realizando tales atrocidades. En su penúltimo día de vida, cuando se presentó a la Fiscalía a rendir declaración tras ser denunciado por “calumniar” a los militares, noté su completa paz y satisfacción al reafirmarse en sus denuncias. Porque como él me decía: “Hay que decir la verdad, cueste lo que cueste”. Y esas verdades que dijo Jesús María perduran y perdurarán por siempre. Verdades que hoy empiezan a ser confesadas y confirmadas públicamente con cinismo y desfachatez por sus verdugos.

¿Qué decía su hermano sobre esa cruzada paramilitar en Antioquia, las masacres que se multiplicaron y la sevicia de esos ejércitos ilegales?

Él fue muy enfático conmigo y llegó a decirme lo siguiente: “Estoy muy preocupado por la situación social del país, uno de los más violentos de la Tierra por presentarse aquí asesinatos de toda índole, secuestros, extorsiones, desapariciones, tomas de poblaciones, atentados terroristas y amenazas de muerte, que se han vuelto parte integrante de nuestra crónica cotidiana”. Por eso, predicaba la necesidad urgente de desatar acciones para enfrentar ese plan macabro que se cernía contra Colombia. Plan macabro desencadenado por esa endemia delincuencial, terrorista y de corrupción que padece el país.

Hoy sabemos la tragedia que significaron para Colombia las Convivir en los años más feroces del paramilitarismo; sin embargo, cuando Valle denunciaba esos horrores, parecía una voz demasiado solitaria. ¿Cree usted que Colombia tiene una deuda histórica con Valle por haber mirado para otro lado mientras la sangre corría en los territorios?

Estoy totalmente convencido de la deuda inmensa que tiene toda Colombia, no solamente con Jesús, sino con Pedro Luis Valencia, Héctor Abad Gómez, Leonardo Betancur, Luis Fernando Vélez y todo el que haya ofrendado su vida por la defensa de los derechos humanos. La sociedad civil, en su inmensa mayoría, se muestra indiferente, apática e insensible ante esa causa y la muerte de quienes se comprometen con ella. Eso marca la soledad de quienes defienden al que está siendo vulnerado en sus derechos.

El discurso que dio Jesús María Valle en el décimo aniversario de la muerte de Héctor Abad Gómez parece profético. Ese 25 de agosto de 1997, además de reiterar sus denuncias sobre el horror paramilitar, declaró: “Aquí estamos y estaremos siempre en el fragor de la lucha o en la quietud de la muerte”. ¿Usted cree que él se sabía un hombre muerto por sus denuncias?

Indudablemente. Ese fue el día en que un buen sector de quienes comulgaban con las ideas de denunciar abierta y decididamente el horror del paramilitarismo entró en pánico y empezó a desfilar hacia el exilio. Decirles ese día al gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe Vélez, y al comandante de la Cuarta Brigada, general Carlos Alberto Ospina, que antes de ellos “el meridiano de la cultura y la política pasaban por Antioquia” y que ahora pasaba “el meridiano de la violencia”, la muerte y desolación; decirles que siendo ellos cabezas del departamento se suscitaron las primeras masacres, empezaron a aparecer en los perímetros urbanos hombres armados, generando estados de terror y zozobra, cayendo asesinados campesinos y dueños de tiendas sin ton ni son; decirles que aparecían “fuerzas oscuras” reemplazando a la autoridad legítimamente constituida y que además estábamos empezando a exportar violencia para otros departamentos a través de las Convivir, engendro del gobernador, era ponerse la lápida encima, y eso lo sabía Jesús

¿Por qué parece que apenas ahora se empieza a investigar la verdad sobre dichas masacres? ¿No ha tenido el Estado colombiano voluntad de investigar a los autores intelectuales de esos hechos?

La justicia en Colombia no es aplicable contra los poderosos, por los intereses políticos y económicos que se mueven alrededor del poder. Jesús me decía: “Yo no espero nunca que aquí ese tipo de masacres culminen con una buena investigación y condenas para los autores intelectuales”. Por muchas razones: el poco interés de las autoridades de investigar a los poderosos, las trabas y mañas que manejan los abogados de los poderosos para dificultar la investigación y la corrupción e impunidad galopante en el país. Nunca ha existido voluntad del Estado para investigar a los poderosos y menos en este caso, cuando el involucrado principal es cabeza del poder en “cuerpo ajeno”.

Por ese expediente y por el crimen de Jesús María Valle, el hoy exsenador Álvaro Uribe fue llamado a versión libre por la Corte Suprema de Justicia hace pocas semanas. No obstante, tras su renuncia al Senado, es muy probable que esa investigación vuelva a la Fiscalía. ¿Confía usted en el fiscal Francisco Barbosa y en la entidad que 22 años después del crimen de Valle sigue debiéndole al país muchas respuestas en este proceso?

Esto es sencillo de responder: allí están plasmadas las mañas de los abogados del poder. Si yo no he cometido delito alguno no tengo por qué temerle a quien me debe juzgar. Que me juzgue el que quiera y no escoger a quién yo hice nombrar para que me juzgue. La Fiscalía es un ente que desde su creación no ha tenido un fiscal general de peso. Todos los que han llegado, que ha sido por politiquería, se han destacado por su mediocridad en todos los aspectos. Con el agravante de ser este señor Barbosa el fiscal de bolsillo de este Gobierno, cuyo presidente verdadero está en “cuerpo ajeno” y es a quien va a juzgar. Mi confianza en ese proceso bajo su responsabilidad es, matemáticamente hablando, de menos cero.

Usted trabajó en el CTI de la Fiscalía entre 1995 y 1999, justo en los tiempos en los que arreció la peor violencia de las Autodefensas, cuando mataron a su hermano y las verdades sobre los financiadores del paramilitarismo quedaron al descubierto parcialmente tras el allanamiento al parqueadero Padilla. ¿Qué recuerda de esa época y por qué les quitaron ese expediente?

Entre 1995 y 1999 se vivieron momentos angustiosos por el asedio y la presión constante de los grupos delincuenciales a funcionarios del CTI. Asedio y presión que se convirtió en muerte para algunos compañeros. Aunque mi cargo era de investigador en el área económica, prácticamente me desempeñé la gran mayoría del tiempo como asesor de la dirección en Antioquia. Luego del operativo en el parqueadero Padilla, de Medellín, fui llamado a colaborar en la revisión de los documentos encontrados allí. Un grupo de fiscales e investigadores seleccionados, de gran solvencia moral, estuvimos durante cinco meses depurando y analizando dicha información. Y cuando íbamos a realizar los cruces de documentos claves, llegó la orden de Bogotá de trasladar el proceso. El interés era evitar que se conociera el real compromiso de banqueros, industriales, comerciantes, terratenientes y poderosos del país con el paramilitarismo en su financiación y ayudas. Toda la documentación se fue a reposar en los estantes del olvido. Ese acto de impunidad me reafirmó lo que pregonaba Jesús: “Aquí no existe justicia para los poderosos, solo para los de ruana”.

¿Qué decía Jesús María Valle del entonces gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe Vélez?

Jesús siempre me lo manifestó y lo hizo también públicamente: “A Álvaro Uribe Vélez como gobernador de Antioquia lo acuso de cohonestar y patrocinar la conformación de grupos paramilitares en Antioquia”.

¿A qué atribuye usted que en su momento un sector radical de la oficialidad antioqueña graduara a Jesús María Valle como “enemigo” de la fuerza pública? ¿Lo era?

Te puedo asegurar, porque así lo aprecié y lo constaté, que Jesús, con su forma de proceder, tuvo más amigos que enemigos en el Ejército y la Policía, a quienes asesoraba en diversos aspectos de la vida. Lo que sí es una verdad de Perogrullo es que a la alta oficialidad del Ejército y la Policía le estorbaba que Jesús la señalara de que patrocinaba las actividades del paramilitarismo en Antioquia. Tener la entereza de denunciar las atrocidades que cometen las instituciones armadas del Estado era bautizarse como calumniador y enemigo de la fuerza pública.

¿Algún día el país sabrá quién o quiénes ordenaron el crimen de Jesús María Valle?

En Colombia no existe justicia. O sí, existe solo para el gamincito callejero que se roba un pan en la avenida Oriental de Medellín y después de una “investigación exhaustiva” lo encuentran culpable y lo condenan a 42 años de prisión, y eso hace parte de grandes titulares de prensa. En el caso de Jesús, por los lados de la justicia nunca se sabrá quiénes ordenaron su asesinato, pero todo el pueblo colombiano sí sabe quiénes y por qué lo asesinaron. Como decía mamá: “Huevo es y gallina lo pone”.

En el largo listado de defensores de derechos humanos asesinados, Jesús María Valle apenas es recordado en Colombia y, con el paso del tiempo, cada vez menos. ¿Qué hacer para preservar su memoria y su legado?

Permítame disentir. Como apóstol de los derechos humanos, Jesús dijo: “Aquí estamos y estaremos siempre, en el fragor de la lucha o en la quietud de la muerte”. Era su frase de combate y todavía sigue vigente, porque ese 27 de febrero de 1998 sus contradictores mataron el cuerpo, pero eternizaron su mensaje y le imprimieron una dimensión histórica, apuntándole siempre a la igualdad, el equilibrio social, la coexistencia pacífica, la conciliación, el consenso, la justicia social y el respeto por la dignidad humana. Jesús lo entregó todo, incluso la vida, en aras de esos ideales. Con su muerte se buscaba silenciar su mensaje y, por el contrario, ese símbolo ético, esa fuerza de su pensamiento, amplió el campo de acción sobre los derechos humanos. Como se dice en los textos católicos: “Jesús vive y vivirá para siempre”.

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