"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 5 horas

Los rostros detrás de los drones para la guerra

La muerte de dos expertos en sistemas aéreos no tripulados permite ver hasta dónde ha llegado el país en el uso militar de esta tecnología.

El gobierno contemplaría usar esta tecnología para monitorear las zonas de concentración de las Farc. / Cortesía Ejército

Dos expertos en drones perecieron junto con otros quince militares en el accidente de un helicóptero MI que regresaba a la base de Tolemaida tras una operación contraguerrilla en el Chocó. Ocurrió hace casi un mes y su historia estaba en el anonimato. Se llamaban Gerson Andrés Cortés Avirama, teniente, y Julio Arturo Cardona Vidal, soldado profesional.

Sobre ellos y su trabajo con sistemas aéreos no tripulados no se profundizó, porque su especialidad era el bajo perfil, la inteligencia militar que desde el aire permite que las tropas accedan a zonas dominadas por la guerrilla. Así sucedió en Chocó la última semana de junio, departamento donde el Ejército realizó una operación contra un grupo del Ejército de Liberación Nacional, dedicado a secuestrar y extorsionar comerciantes y hacendados.

La operación, que permitió la captura de sospechosos y el decomiso de fusiles, se concretó gracias a la información recolectada por “el dúo dinámico”, como llamaban al teniente Cortés y a su amigo Cardona, especializados en el manejo a control remoto de drones para sobrevolar “zonas rojas” y capturar fotos y videos, y a partir de allí elaborar planes de infiltración o de bombardeo de campamentos ilegales, si era el caso. Esta tecnología lleva diez años al servicio de las Fuerzas Militares y ayudó a tomar ventajas a nivel táctico frente a guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y bandas criminales.

En la División de Aviación del Ejército explican que para estas tareas se hacen selecciones rigurosas de oficiales, suboficiales y soldados que ya tienen experiencia de combate y cuyos estudios los muestran como talentosos a la hora de recolectar información de inteligencia y manejar tecnología de punta. Esos requisitos los cumplieron Cortés y Cardona y por eso eran una de las parejas apostadas en la base militar de Tolemaida, en el Tolima. Cargaban sus equipos Sanyo en un par de voluminosos morrales y eran escoltados mientras trabajaban.

Ya no usaban fusil sino su arma infalible, los ojos de posteriores “maniobras terrestres” a cargo de sus compañeros. Antes las tropas de a pie dependían de información aérea captada por aviones de inteligencia que sobrevuelan selvas, montes y llanuras a centenares o miles de metros de altura y aportan mapas satelitales muy valiosos, pero lo que informan los silenciosos drones a baja altura es mucho más específico, rápido y eficaz; desde información geográfica hasta posicionamiento del enemigo en tiempo real, lo que aumenta la capacidad de reacción. Los comandantes de batallones y brigadas los califican como “excelentes” a la hora de tomar decisiones en el “teatro de operaciones”, “porque cada vez descartamos más zonas grises”, es decir, la falta de información para saber por dónde desplegar un cerco o evitar una emboscada.

Ahora la avanzada de cada operativo son estos personajes que instalan antenas de largo alcance y trabajan con una señal satelital conectada a una pequeña aeronave, modelo RQ-11B-Raven, de 1,5 metros de largo y con peso de 2,5 kilos, que transmite datos a una pantalla de computador portátil. Hace tres años la División de Asalto Aéreo del Ejército compró doce a la firma estadounidense AeroVironment y con su asesoría entrenó a once uniformados colombianos en Paipa. Un año después graduó 17 especialistas más.

El que ellos llaman “un sistema” lo integran tres avioncitos, dos estaciones de control desde tierra y operadores “de vehículo” y “de misión” que hacen turnos de ocho horas. Son indetectables desde tierra, están equipados con cámaras de resolución HD de visión diurna y nocturna, tienen autonomía de diez kilómetros y una hora y media de vuelo a alturas entre 30 y 170 metros, con velocidad promedio de 30 kilómetros por hora. Cada uno tiene cámara a color electro-óptica y cámara infrarroja con iluminador láser. De este modelo se han vendido al menos 23.000 a una veintena de países, que han reportado 700.000 horas de vuelo en escenarios de combate real. El modelo Puma mejoró las prestaciones.

Al teniente Gerson Andrés Cortés Avirama le causaba emoción ser un combatiente de guerra digital modelo siglo XXI, porque a los 27 años de edad era pieza clave de un asalto contraguerrillero sin necesidad de disparar un arma, sólo manipulando controles similares a los de un videojuego. En el barrio Junín de Popayán, él y su hermano, el sargento Diego Fernando Cortés Avirama, son reconocidos porque desde niños decidieron que la milicia sería su vida. En el colegio Inem Francisco José de Caldas, donde estudió el bachillerato Gerson Andrés, se interesó por la vida militar del Sabio Caldas, marchaba como parte de los Amigos de Ejército y lo recuerdan como un fortachón que soñaba con pertenecer a las Fuerzas Especiales.

Sus padres, Diego Fernando y Ángela, recuerdan que el hermano mayor le regalaba uniformes mientras él le ayudaba al papá en las obras de construcción a las que se dedica con tal que le comprara botas o un arnés para entrenar escaladas o descensos. Una vez se graduó, se presentó como aspirante a oficial en la Escuela Militar José María Córdova, en Bogotá, donde cumplió el sueño de ser oficial del Ejército. Incluido ese tiempo de formación, sumó ocho años en el Ejército y pensaba durar toda la vida, hasta que llegara a general. “La última vez que hablé con mi muchacho fue el sábado 25 de junio a las seis de la tarde”, dijo la madre. El domingo el helicóptero en el que viajaba fue declarado desaparecido y luego lo encontraron estrellado en inmediaciones de Pensilvania (Caldas). “Era tan avispado que guardaba la esperanza de que se hubiera lanzado a tiempo para salvarse”, dijo el padre. La esposa de Gerson espera un hijo.

Catorce años llevaba en la guerra su “socio”, Julio Arturo Cardona Vidal, de Vegachí (Antioquia). El típico campesino sin muchas oportunidades que luego de prestar el servicio militar se postuló como soldado profesional y fue escogido. Desde 2013 lo trasladaron al grupo de aviación, un nuevo reto que le sirvió justo en el momento en que pensaba retirarse, cansado de los viajes y los riesgos de la guerra. Para Lady Johana Toro, su esposa, era el héroe de la familia, que también incluye dos pequeños hijos que lo esperaban de regreso en una modesta casa del barrio Gaitana, en Ibagué. Un día antes de la tragedia la llamó para verificar los datos de contacto en caso de emergencia, luego les mandó un video en el que les dijo que los amaba. “Se despidió y me pidió que cuidara a los niños, como si presintiera algo”.

En el Informe al Congreso 2006-2009, el entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, se refirió a los drones como parte de una estrategia “jamás realizada” con “recursos nuevos destinados a mejorar nuestra capacidad tecnológica, que superaron los 23 mil millones de pesos”. Una parte salió del presupuesto del Ministerio de Defensa, otra de las utilidades comerciales de la Industria Militar (Indumil). Recibieron respaldo financiero del Departamento Nacional de Planeación y a nivel científico de la Corporación de la Industria Aeronáutica Colombiana (CIAC). Desde entonces figuran en los reportes de Defensa Nacional los “vehículos aéreos no tripulados” bajo la sigla UAV.

En noviembre de 2013, el ya presidente Santos volvió sobre el tema en la celebración de los 94 años de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC). Aseguró que Colombia había avanzado tanto en el manejo de drones que no tenía que envidiar el “escenario mundial. “Los aviones no tripulados nos prestan un servicio invaluable. Nosotros los adquirimos desde la época en que yo era ministro de Defensa y los hemos seguido adquiriendo”.

La Fuerza Aérea invirtió US$17 millones en la compra de tres. Hubo contactos con una docena de fabricantes internacionales, especialmente norteamericanos y europeos. Se probó un Hermes 450 de origen israelí y ya se contaba con un minihelicóptero a control remoto de la firma Neural Robotics, usado para la vigilancia de bases y para misiones de reconocimiento.

Santos reveló entonces que la FAC, en la base aérea de Apiay, en Villavicencio, con dinero aportado por 20 empresarios y la Gobernación del Meta, incluyendo recursos de las regalías, desarrolló un UAV hecho en Colombia. “Ya hizo sus pruebas la semana pasada y funcionó como un relojito, a un costo, por supuesto, mucho menor”. El país no cuenta con presupuesto para producir drones como los que Estados Unidos usó en su guerra contra Osama Bin Laden y Al Qaeda, y ahora contra el Estado Islámico, pues este tipo de aeronaves son más sofisticadas. Es la llamada generación de los Predators, con autonomía de vuelo de horas y miles de kilómetros, capaces de cargar bombas o misiles y a un costo entre 10 y 50 millones de dólares.

La aspiración colombiana era producir aeronaves de observación y rastreo capaces de sobrevolar carreteras, oleoductos y poblados de regiones importantes, facilitando controles de seguridad. Para lograrlo se sumó la Escuela de Aviación Marco Fidel Suárez desde Cali, así como la Corporación de Alta Tecnología, creada para investigaciones de este tipo. Desde 2013 se cuenta con drones criollos y con simuladores de vuelo hechos aquí, equipos móviles en los que Cortés y Cardona sumaron muchas horas de vuelo antes de convertirse en soporte de operaciones encubiertas reales.

El modelo ideal del uso de estos recursos, según el informe de Santos, fue la operación Jaque, realizada el 2 de julio de 2008 en las selvas del Guaviare para la liberación de un grupo de secuestrados por la guerrilla de las Farc, entre ellos Íngrid Betancourt. Se utilizó soporte nacional y un dron estadounidense, el Boeing Scan Eagle. Por el incidente diplomático que generó, no habló de que meses antes se usaron para preparar el ataque contra el campamento de la guerrilla donde fue abatido alias Raúl Reyes en territorio ecuatoriano (operación Fénix, marzo de 2008). Cuando el gobierno del país vecino se enteró, ordenó la compra de seis drones de fabricación israelí para vigilar la frontera con Colombia.

En las Memorias al Congreso del Ministerio de Defensa 2009-2010, a cargo de Gabriel Silva Luján, se habla de la formación de grupos especializados en “vehículos tácticos UAV”, tanto en operación como en diseño, fabricación, mantenimiento y desarrollo. La CIAC reporta la fabricación de seis con asesoría de la firma española Casa, con base en el contrato de transferencia tecnológica titulado “Acuerdo derivado Eads Casa-Mindefensa”.

También se informa del cambio de materiales compuestos para los paneles de los pisos de tales aviones, buscando mejor rendimiento aerodinámico. La planificación y producción se hizo con asesoría de las firmas Aeroprof-Helicompuestos y Pegasso. Luego se autorizó la compra de los equipos de comunicaciones para cada uno de los aparatos.

A finales de 2014, la CIAC e Indumil reportaron que para el desarrollo de los drones vincularon al programa a expertos de universidades de Bogotá con el fin de “desarrollar e implementar un sistema sostenible de observación aérea con aeronaves no tripuladas para labores de vigilancia, reconocimiento y patrullaje de la Fuerza Pública, en el campo de la seguridad y defensa nacional, y demás entidades del Estado que lo requieran”.

Según un reporte del teniente coronel Eliot Benavides González, pensando, incluso, en fases de “industrialización y comercialización” para ofrecerlas “en áreas de exploración energética y preservación del medio ambiente”. Esa es la etapa en que se encuentran hoy, ya con capacidad de “fabricar prototipos de componentes aeronáuticos con fundamento científico”.

La FAC se apoya para esto en la Dirección de Defensa Aérea de la Jefatura de Operaciones Aéreas y el Centro de Desarrollo Tecnológico Aeroespacial para la Defensa (Cetad), así como en el desarrollo de sensores de vuelo controlados con el aplicativo Horus. Documentos de la Aeronáutica Civil revelan que el trabajo se ha especializado tanto que la Fuerza Aérea desarrolló “un UAV con geometría equivalente a la de un halcón para mitigar el peligro de la fauna en sus bases aéreas”.

Esto porque las aves son un factor de riesgo durante decolajes y aterrizajes. Los resultados han sido magníficos: “Tiene apariencia de ave rapaz y su vuelo está diseñado para emularlas… su efecto es aumentado cuando las que perciben la presencia del dispositivo electrónico, capaz de emitir sonidos similares al de esas aves, emiten llamadas alertando a los demás individuos”. De ahí surgió un sistema para utilizar en aeropuertos civiles como Bogotá, Medellín y Barranquilla, los que más accidentes de ese tipo reportan.

En una década los sistemas no tripulados se incorporaron como una necesidad operativa en el Ejército, la Fuerza Aérea y la Armada, que no se quedó atrás y destinó fondos y personal que ya presentó, con la asesoría de su aliada Corporación de Ciencia y Tecnología para el Desarrollo de la Industria Naval Marítima y Fluvial (Cotecmar), prototipos de vehículos aéreos no-tripulados (UAV) para asistencia de operaciones en ríos y vehículos submarinos no tripulados (USV) para inspecciones en las costas.

Desde finales del año pasado, la Aerocivil puso en marcha la reglamentación de estos aparatos para que su uso en manos de particulares no se desborde. Quien los manipule debe contar con mínimo 40 horas de vuelo y 200 despegues y aterrizajes certificados por centros de instrucción. Sean comerciales, recreativos o deportivos, requieren licencia de la Dirección de Servicios a la Navegación Aérea de la Aerocivil.

El procurador general de la Nación, Alejandro Ordóñez, presidente de la Comisión Asesora para la Depuración de Datos y Archivos de Inteligencia y Contrainteligencia, advirtió durante un seminario internacional, convocado en la Procuraduría a propósito de la aplicación de la Ley Estatutaria de Inteligencia y la Prevención de los Derechos Humanos (Ley 1621 de 2013), que esa entidad estará vigilante para que no se cometan excesos de parte de la Fuerza Pública en el uso de tecnología de inteligencia que puede poner en riesgo la privacidad y seguridad de los ciudadanos. Una alerta fue enviada a la Defensoría del Pueblo.

¿Qué uso posterior a las operaciones encubiertas se les dará a fotografías y videos captados por drones militares en ciudades y pueblos?, es una pregunta que se hizo entonces y todavía no se ha resuelto. Otros interrogantes surgen porque estas aeronaves están protegidas como “gastos reservados de defensa nacional”.

Universidades como la Nacional, que en la sede de Medellín ofrece cursos como “Aplicación de los vehículos aéreos no tripulados para la generación de productos cartográficos” -para levantar o actualizar mapas-, reclaman para un escenario de posconflicto que el país conozca qué tipo de flotilla de drones tienen las Fuerzas Armadas y qué uso se les dará si se firma la paz con las guerrillas. A eso la fuente de la Aviación del Ejército dijo que muchos de ellos se usan en beneficio de la población civil, cuidando redes de hidrocarburos (en especial oleoductos en Arauca y Nariño) y de energía, así como autopistas. También han probado su utilidad a la hora de medir el impacto de desastres naturales como inundaciones e incendios. La Tercera División del Ejército los utilizó para el operativo de seguridad que desplegó en el departamento del Cauca durante Semana Santa.

La siguiente decisión bajo estudio del Gobierno Nacional es que estos UAV sean utilizados para monitorear las veredas y zonas de concentración de guerrilleros de las Farc que se acojan al proceso de paz, claro, con la ONU como garante del proceso.

Mientras tanto, como Gerson Andrés Cortés y Julio Arturo Cardona, hay un centenar de militares especializados en drones que así no combatan en el frente de batalla, arriesgan sus vidas para no perderles el rastro a los delincuentes más peligrosos.