Entrevista con Víctor Madrigal-Borloz
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“Me preocupa el lenguaje populista”: experto de la ONU sobre temas LGBT

El experto independiente de la ONU sobre orientación e identidad de género llama la atención sobre las campañas políticas que han logrado llegar al poder atacando los derechos de la población LGBT en su agenda política. Habla, además, sobre religión y las reacciones que generó el beso entre la alcaldesa electa de Bogotá, Claudia López, y la senadora Angélica Lozano.

Víctor Madrigal-Borloz, experto independiente de la Organización de Naciones Unidas sobre orientación e identidad de género.  / Race and Equality
Víctor Madrigal-Borloz, experto independiente de la Organización de Naciones Unidas sobre orientación e identidad de género. Race and Equality

Esta semana, Colombia es escenario de varios eventos LGBT que buscan crear alianzas y debatir sobre la situación actual de las sexualidades diversas. Víctor Madrigal-Borloz, experto independiente de la Organización de Naciones Unidas sobre orientación e identidad de género, ha sido uno de los invitados especiales en la programación que ha incluido un encuentro con la red de personas afros LGBT, el lanzamiento de una red de litigantes en temas LGBT de América Latina y la instalación de la conferencia regional de la Asociación Internacional de Gays, Lesbianas, Bisexuales, Trans e Intersexuales (ILGA por su sigla en inglés).

El abogado costarricense tiene a su cargo la misión de evaluar cómo se aplican los instrumentos internacionales para superar la violencia y la discriminación motivadas por la orientación sexual o la identidad de género de las personas y su función incluye también presentar informes sobre esta problemática ante el Consejo de Derechos Humanos y la Asamblea General de la ONU. El Espectador habló con Víctor Madrigal-Borloz desde Cartagena, donde líderes afros LGBT le expresaron sus preocupaciones sobre las violaciones a sus derechos en un evento organizado por Caribe Afirmativo y Race and Equality.

Con la elección de gobiernos conservadores, en varios países de América Latina existe la amenaza de retroceder en materia de derechos LGBT. ¿Le preocupa?

Lo que me preocupa es el lenguaje populista que usan los gobiernos que están accediendo al poder y que tienden a relacionar el goce de derechos de las personas LGBT con una agenda política. La agenda de los derechos humanos tiene que trascender sobre lo económico o político porque es una universalidad.

¿Es decir que los derechos de las personas LGBT están siendo usados como botín político?

Tenemos lecciones de campañas políticas que han sido llevadas a cabo exclusivamente sobre problemáticas LGBT, pese a que sus países tienen muchos problemas. Por ejemplo, las elecciones presidenciales que se han desarrollado discutiendo el matrimonio igualitario en países que tienen problemas enormes en el sector salud o el económico. ¿Por qué esa agenda captura la imaginación popular y la convierte en una posibilidad de rédito político? Existen actores políticos que procuran capitalizar sobre esa promesa de los votos que ofrece el tomar un punto de vista radical.

¿Cuáles son los países que más preocupan?

A mí me preocupan todos los países, porque no hay ningún contexto en el que la temática LGBT esté protegida de las vicisitudes del cambio político. A lo largo del mundo, tenemos evidencias de cómo el cambio político puede afectar una agenda que aparentemente está consolidada. Por ejemplo, en Estados Unidos hay cuestionamientos sobre las medidas que protegen o no a la población trans. Estas fueron tomadas en una administración y, ahora, otra administración asume un punto de vista político distinto.

¿Cuáles son las formas de violencia y discriminación más frecuentes contra personas LGBT?

Se manifiestan en todas las gamas en que es posible pensar la violencia. Desde las más grotescas, como la privación de la vida, hasta unas menos grotescas, pero no menos dolorosas, como la discriminación sistémica, la exclusión de espacios y la negación. Considero también que tiene un lugar especial la violencia ejercida por el Estado o la auspiciada por la ley, porque esta es llamada a proteger a la persona no a negarla. Y por eso me preocupan particularmente los 69 países que criminalizan la homosexualidad y alrededor de 18 donde las identidades de género diversas también están criminalizadas. En diez países está penada la homosexualidad con la pena de muerte y en cinco de ellos se aplica.

¿El mundo está cerca de reducir esas cifras?

Cada año hay dos o tres países que desmantelan los sistemas de criminalización.

Entonces, ¿en treinta años ya no se penalizará el hecho de ser LGBT?

Hace un año y medio, rendí mi primer informe ante del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas y manifesté que había 3.000 millones de personas viviendo en ambientes de discriminación en 71 países. Pero la India descriminalizó hace unos meses y restó a esa cifra unos 1.300 millones de personas. Creo que es posible que el ritmo sea más rápido.

¿Qué opina de la sentencia que despenalizó la homosexualidad en India?

Es un hito para los derechos de las personas LGBT, además por el rol sustancial que juega India en el continente asiático. Es una de las sentencias más extraordinarias a escala internacional en esta materia, porque analiza la diversidad humana y ata directamente la idea de la diversidad y la inclusión social con los conceptos básicos de dignidad y autonomía personal, que subyacen a toda la convicción de lo que son los derechos humanos.

¿Cómo ve el panorama de Colombia?

No tengo un proceso instalado para recabar información y ofrecerle la posibilidad al Gobierno de un contradictorio. Entonces, no voy a emitir criterios sobre la situación de Colombia, pero de forma general creo que es un país inserto dentro de esas tensiones y contratensiones que yo reconozco. Hay una sociedad civil vibrante que ha realizado litigio de manera activa, hay un contexto de reconocimiento de derechos y, al mismo, tiempo diálogos que tienden a cuestionar estos avances.

El beso entre la alcaldesa electa de Bogotá, Claudia López, y su pareja, la senadora Angélica Lozano, fue criticado por varios sectores. ¿Por qué todavía esas manifestaciones de afecto generan rechazo?

Históricamente, los mecanismos de normalización funcionan inhibiendo que las personas LGBT ocupen el espacio público con pleno dominio de sus identidades y parte de ese dominio es expresar su amor a quienes aman. Tomarse de la mano o besarse, por ejemplo, son actos que no son penados socialmente si son ejercidos por personas heterosexuales, pero en el momento en que son hechos por personas del mismo sexo se consideran de mal gusto, en lo mínimo, y transgresores, en lo máximo. En ese caso, la visibilidad es importante.

¿Por qué un acto de afecto hermoso y puro podría ofender?

Me parece también que hay riesgo de que ciertos sectores utilicen las reacciones para promover una agenda excluyente que conecte esos miedos primitivos, esos prejuicios, porque da un rédito. La instrumentalización del afecto es un asunto muy peligroso. Hay que tener cuidado, al igual que los discursos de odios.

¿Es necesario hablar de la orientación sexual de un representante político hoy?

Es necesario que las personas tengan la libertad de poder vivir y dar visibilidad a todas las facetas de sus identidades si así lo quieren. Quienes consideren que visibilizar sus afectos y sus identidades es una parte importante de quienes son deberían poder hacerlo. La reciente alcaldesa electa de Bogotá es un ejemplo interesante, pero no único. El primer ministro de Luxemburgo habló en la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre su experiencia personal como hombre gay y primer ministro, y eso genera conciencia de que las personas LGBT históricamente hemos estado en todos los espacios. Pero, ¿hasta qué punto hemos podido ocuparlos con nuestra naturaleza?

La religión ha sido históricamente usada para oprimir a las personas LGBT. ¿Cuál es el papel de sus representantes en la propagación de discursos de odio?

La religión puede jugar un papel fundamental de inclusión o un papel nocivo y fundamental en la promoción de mecánicas de exclusión. Yo trabajo siempre con la convicción de que el diálogo es importante y por eso, cuando hago visitas de país, pido reunirme con los grupos de fe, y de eso he sacado tres conclusiones: 1) La religión no es en sí misma excluyente del respeto a los derechos de las personas LGBT. 2) Las personas de las que hablamos son los hijos, los padres, los tíos, los hermanos de las personas que pertenecen a esa religión. 3 Los cambios son posibles. Cito el caso de Islandia, donde me reuní con la obispa y me contó que el proceso de inclusión tomó un par de décadas, pero fue posible el cambio.

Entonces la religión por sí sola no discrimina, son sus representantes.

Yo no soy teólogo, no hablo desde la teología sino desde los derechos humanos. Lo fundamental es reconocer que existe libertad religiosa y libertad de conciencia hasta tanto esa libertad no sea instrumentalizada para dañar a otros. Por definición, las religiones que existe dentro de ese espacio no pueden promover la violencia y la discriminación. Y cuando se ubican ahí están en el ámbito de lo delictivo, no en el de la religión.

Siempre se le ve hablando en representación de las víctimas LGBT, pero, a lo largo de su vida ¿usted ha sido discriminado?

Cualquier persona que nació y creció en la América de los años 60, como lo hice yo, lo hizo en contextos de criminalización y patologización y, por definición, fuimos víctimas de discriminación por la ley y por las estructuras. Nadie que haya crecido en ámbitos de criminalización creció completamente libre.

*Esta entrevista fue posible gracias a la invitación de la organización Race and Equality

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Pilar Cuartas / @pilar4as

Judicial

“Me preocupa el lenguaje populista”: experto de la ONU sobre temas LGBT

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