Miguel Ángel Beltrán y sus memorias sobre la cárcel

Este profesor de la Nacional, que ha estado tres veces detenido, todavía no puede volver a las aulas por una sanción de la Procuraduría. La Corte Suprema leerá su absolución el jueves.

Miguel Ángel Beltrán asegura que, ahora que es libre, trabajará arduamente en pro de mejorar las condiciones carcelarias en el país. / Jhonatan Ramos.
Miguel Ángel Beltrán asegura que, ahora que es libre, trabajará arduamente en pro de mejorar las condiciones carcelarias en el país. / Jhonatan Ramos.

El profesor Miguel Ángel Beltrán regresó a la Universidad Nacional hace tres días de la mano de una versión miniatura del Hombre Araña. Era su hijo Inti, de 5 años, quien lo agarraba con la fuerza que, posiblemente, nace de quien, antes de perder todos los dientes de leche, ya había perdido la presencia de su padre en casa luego de un fallo judicial. Entre vítores, aplausos y una lluvia de pétalos rojos, tratando de esquivar los charcos que se habían formado en el pavimento por la lluvia, Beltrán volvió a la institución de la que salió por la puerta de atrás en 2014, cuando la Procuraduría confirmó su sanción para ocupar cargos públicos durante 13 años, “por auspiciar y colaborar con las Farc”.

A las 8:45, del pasado jueves 1° de septiembre, algunos de los hombres recluidos con Beltrán en el Patio 4 de La Picota empezaron a gritar el nombre de su compañero de celda. Él, que dormía profundamente, no entendía bien el alboroto hasta que un guardia le advirtió que tenía cinco minutos para estar listo. Beltrán salió corriendo hacia el teléfono público que en la cárcel conocen como “el bazuco” –porque llamar desde ahí les sale tan caro como mantener una adicción– y llamó a su esposa, Nelsa: “¿Tú sabes algo de mi libertad?”, le preguntó él. “¿Te ha dicho algo el abogado?”. “Yo no sé nada”, respondió ella. Entonces hubo un largo silencio que duró unos segundos y ambos entendieron. “¡Libertad!”, gritó ella.

Esa noche había sido para él igual que las de las últimas semanas: estaba ansioso por saber cuál sería el fallo de la Corte Suprema, que será leído este jueves 8 de septiembre en el Palacio de Justicia. La Corte, entonces, dirá que Beltrán nunca colaboró con las Farc o, cuando menos, que la Fiscalía no hizo la labor que le correspondía: presentar pruebas suficientes para condenarlo. La Fiscalía lo llamó a juicio porque concluyó, con base en los computadores encontrados en el campamento bombardeado de Raúl Reyes, en marzo de 2008, que era Jaime Cienfuegos y se aprovechaba de su posición de docente en la Nacional para favorecer a esa guerrilla. La Procuraduría, por su parte, elaboró la misma hipótesis con base en la misma evidencia.

“Como académico, siempre me ha interesado el tema de la resistencia armada. Siento admiración en que alguien tome las armas y se juegue la vida por ello. Pero ese alguien no soy yo. Mi padre fue policía y nos enseñó a tenerles respeto a las armas: si uno las utiliza, alguien puede morir”, le dijo Beltrán a este diario horas después de que el homenaje en la Nacional hubiera concluido. “Todo esto fue muy duro. Yo pasé de ser un profesor reconocido en mi área a ser tildado de guerrillero. Me alejaron de mi familia, de mis amigos y de mis estudiantes. He recibido mucha solidaridad, pero cuando volví a ser libre no podía dejar de pensar en los presos que al salir tienen que irse a pedir limosna para sobrevivir”.

Al recuperar su libertad, quedó claro que en la Corte Suprema no tuvieron eco ni la decisión del Tribunal Superior de Bogotá, que lo condenó a ocho años de prisión, en octubre de 2014, ni la petición de la Procuraduría, que lo había inhabilitado tres meses antes y además le había pedido a la Corte que se mantuviera la condena. La decisión de la Corte era previsible: este tribunal advirtió, hace más de siete años, que los computadores de Reyes no son prueba válida porque, desde que se incautaron en Ecuador hasta que llegaron a manos de la Fiscalía, no se garantizó la cadena de custodia. Es decir, que no hay cómo asegurar que el material no fue alterado por terceros.

“El pensamiento crítico no es terrorismo”, dice una pancarta de dos metros de altura y letras rojas, a la que le da la espalda Beltrán mientras habla. Su cuerpo huesudo indica que pesaba mucho más cuando fue recluido en La Picota, luego de haber sido detenido en Chapinero el 31 de julio del año pasado. “Iba para una notaría a registrar a Kenai, mi hijo menor”, dice Beltrán. “Kenai es un nombre de Alaska que significa oso. Por eso lo llamo mi pequeño oso”. El niño ya camina, tiene el pelo lleno de rizos color castaño y también estuvo en el acto que organizaron para su padre en la Nacional. Nació 19 días antes del arresto. Para sus padres, tomar la decisión de tenerlo no fue fácil, con un horizonte nublado por la posibilidad de la cárcel.

Para el momento en que lo arrestaron en un retén policial, Beltrán llevaba nueve meses oculto en una casa, esquivando la orden de captura que se había emitido tras el fallo del Tribunal. Lo que él nunca ha escondido es su inclinación por la ideología de izquierda. Su padre era una especie exótica de policía en los años 50: mientras la Policía estaba llena de uniformados que apoyaban a los chulavitas -asesinos patrocinados por conservadores que perseguían a los liberales-, él defendía las ideas de Jorge Eliécer Gaitán. En los años 80, Beltrán formó parte de la Unión Patriótica, partido del cual exterminaron a más de 3.000 de sus integrantes. Beltrán se considera un sobreviviente.

Hace 13 meses, cuando fue internado en La Picota, comenzó a afrontar la experiencia de la cárcel por tercera vez. La primera ocurrió en 1988, como estudiante de sociología, de la Nacional, y de ciencias sociales en la Universidad Distrital,. Fue detenido casi cuatro meses por participar en una manifestación a la que había convocado la Central Unitaria de Trabajadores. “Lo asimilé como una experiencia positiva y muy interesante. Tuve acceso privilegiado a gente del M-19, del Epl, del Eln, de las Farc. Tenía 24 años y mucha rebeldía”, dice Beltrán. La segunda vez, sin embargo, la curiosidad del recién adulto que apenas empezaba a conocer el mundo estaba fundida en sus roles de profesor, esposo y padre.

La pesadilla de la segunda vez comenzó el 22 de mayo de 2009, cuando fue detenido en Ciudad de México, donde hacía estudios posdoctorales. Fue expulsado. En Colombia fue recibido por la Policía, que lo mostró a los medios escoltado por hombres de uniforme verde oliva, chalecos antibalas y armas largas. Beltrán trató de disimular su humillación y su tristeza, se paró erguido y, con un chaleco antibalas sobre su camisa, se dejó tomar fotos sin ocultar la cara. El entonces presidente, Álvaro Uribe, repetía que se trataba de un terrorista de las Farc. Beltrán salió de la cárcel Modelo en junio de 2011: un juez especializado concluyó que él no era el terrorista que pregonaba el presidente Uribe.

Acostumbrado a hacer investigaciones sociales, su contacto con integrantes de distintos grupos guerrilleros derivó en dos libros: “Crónicas del otro cambuche” y “La vorágine del conflicto colombiano: una mirada desde las cárceles”. En la Modelo aprendió las reglas básicas de supervivencia de un antiguo vecino del barrio Kennedy, en el sur de Bogotá, donde ambos crecieron: Jairo Lesmes Bulla, quien purgaba una pena de siete años por el delito de rebelión y era conocido como “el embajador” de las Farc. Lesmes Bulla, quien ya está libre también, le aconsejó que no dejara de hacer ejercicio, que leyera mucho y que nunca –¡nunca!– entrara en confrontación directa con los guardias del Inpec.

Esas recomendaciones se convirtieron para el profesor Beltrán en una guía de supervivencia. Con permiso de su compañero de celda se despertaba a las 3 a.m. a leer durante dos horas; cuando el sol empezaba a despuntar se iba a correr 45 minutos; y nunca confrontó a un guardia del Inpec. Pero sí peleaba. Exigía sus derechos. “Nunca me pegaron, supongo que ellos van midiendo a su adversario, yo había estudiado todo el Estatuto Penitenciario. Pero una vez golpearon a un compañero de patio en la Modelo, hasta causarle un aneurisma. Le mandé una carta al director del Inpec, al general (r) Ricaurte, reprochando lo sucedido. A él le pegaron porque le había respondido mal a un guardia que le reclamó por no afeitarse”.

Vivió enfermo por las condiciones sanitarias de los alimentos y del agua, y su dentadura se vio seriamente afectada. “La cárcel se vive como una tragedia”, dice el profesor. Él, además, halló refugio en los libros de gigantes de la literatura que también habían vivido el encierro, como Dostoievsky, quien en sus escritos recriminó no sólo las condiciones infrahumanas que soportan los presos sino la falta de privacidad que los agobia. En la noche del jueves pasado, durante 15 minutos, Beltrán volvió a sentir la dicha de estar solo. Ni su familia ni su abogado, David Albarracín, estaban listos para ir a recogerlo porque no sabían que él saldría libre.

Beltrán está hablando de lo raro que se sintió el jueves al saber que dejaría la Picota cuando es interrumpido. Es el Hombre Araña: tiene hambre y exige comer. Su padre, Miguel Ángel Beltrán, estaba en la cárcel cuando él nació. Pero ahora es un hombre libre y puede atender a su pequeño Hombre Araña, cuyo nombre, Inti, es la palabra de la lengua indígena quechua para el sol.

 

653005

2016-09-04T17:05:05-05:00

article

2016-09-04T21:54:04-05:00

ee-admin

none

Diana Durán Núñez

Judicial

Miguel Ángel Beltrán y sus memorias sobre la cárcel

55

9259

9314