'Monseñor Córdoba quiere imponer su moralidad'

En momentos en que la Corte se apresta a decidir si las parejas homosexuales pueden adoptar hijos o no, Ana y Verónica, quienes llevaron el tema al alto tribunal, le cuentan su historia a El Espectador.

Un apartamento con tamaño de casa en el sector de El Poblado, en Medellín, es el refugio de la familia. Eloísa (la gata) y un pez que no fue bautizado porque sólo iba a vivir dos meses, les acompañan desde hace tres años, cuando decidieron salir de su finca en Guarne. Familia normal, aunque no convencional: la mamá con su esposa y dos hijos.

Esa es la vida de Ana y Verónica, las lesbianas que sacaron del tabú el tema de las parejas homosexuales que quieren tener hijos y le plantaron la cara a la justicia en un proceso judicial que creyeron tan breve como la vida del pez de la sala y, sin embargo, lleva el mismo tiempo que aquel.

Amigas de infancia y casadas muchos años después en Alemania, se han pasado la vida de juzgado en juzgado esperando que les concedan la adopción de su hija de cuatro años. Que se la concedan a Verónica, porque Ana es la madre biológica.

De ellas se ha dicho que son extranjeras, que no son familia, que no pueden vivir con menores. Por primera vez y sólo después de cumplir el ritual de 7:30 p.m., el de acostar a sus hijos (ya son dos), accedieron a contar su historia, mientras esperan que la Corte Constitucional decida por fin sobre su petición de adopción, avalada en las dos primeras instancias.

¿Por qué se decidieron a hablar?

Ana: Porque estamos indignadas con los comentarios de monseñor Juan Vicente Córdoba. Su posición discriminatoria incita al odio hacia los homosexuales a partir de prejuicios. Piensa que para formar una familia la identidad sexual es lo importante y que los homosexuales son personas antinaturales, degeneradas, que corrompen a los niños.

Pero lo que él ha dicho parece distinto a la postura tradicional de la Iglesia católica.

Ana: La Iglesia y él. Él no reconoce que detrás de la identidad sexual hay personas con educación, valores y ética. Como si eso lo definiera totalmente la orientación sexual. Por la sexualidad juzga lo demás.

Ustedes se conocieron en primaria. ¿Cuándo sintieron atracción una por la otra?

Ana: En 2004, en un viaje a Portugal y España. Éramos amigas, pero no nos veíamos, y Vero estaba en Europa, mientras yo en EE.UU. Un día decidimos vernos, pero a ella le daba pereza EE.UU., así que fuimos a Europa. Ahí nos encarretamos.

¿Y por qué llegaron a Alemania?

Verónica: Yo hacía mi doctorado en geoinformática en Holanda y Ana vivía en EE.UU. Nos enamoramos y Ana buscó traslado en su empresa para Alemania. Yo vivía entre Holanda y Alemania para verla.

¿Por qué casarse en Alemania?

Ana: Me gusta hacer las cosas por lo legal. Que todo quede claro y en papel. Me preocupaba que Verónica permaneciera en Alemania cuando sólo tenía residencia holandesa. Buscamos el permiso de residencia alemán, pero nos dijeron que no nos lo darían y alguien sugirió que nuestra situación sería más fácil si nos casábamos.

¿Sus familias las apoyaban?

Ana: Al matrimonio fueron mis papás, la mamá de Vero y amigos de Europa. Hicimos cena de lunes por la noche en un restaurante.

Y luego decidieron ser madres.

Verónica: Decidimos inseminarnos. Hicimos documentos en notaría, donde constaba que me haría cargo de los gastos del bebé, que haría el rol de ‘papá’. Estando en embarazo tuve que volver a Colombia, a finales de 2007, y la niña nació a principios de 2008.

¿Cómo fue su experiencia con el matrimonio y la inseminación? ¿Qué tanto trámite hicieron?

Ana: Nos casamos un 28 de noviembre, en Núremberg. ¡En Bavaria!, uno de los estados más conservadores de Alemania. Nos casamos sin problema y eso que éramos extranjeras. Costó 1.200 euros, porque cualquier trámite notarial allá vale un ojo de la cara. Hasta descuento en la tarjeta del tren nos daban, por ser pareja.

¿Qué las animó a regresar a Colombia, sabiendo que no tenían las mismas garantías?

Verónica: Yo tenía el compromiso con la universidad de volver cuando terminara el doctorado. Además, somos colombianas y tenemos derecho a vivir aquí, a que nos reconozcan como personas. Uno no tiene que huir de su país para que lo reconozcan.

¿Y cuándo declararon la unión marital de hecho en Colombia?

Ana: En marzo de 2008, por trabas en la notaría, pese a que desde 2007 la Corte Constitucional había sacado la sentencia sobre el tema.

¿El primer problema en el país?

Verónica: Uf, uno más. Cuando acompañaba a Ana a una cita médica y decía que era su esposa, comenzaban las miradas pendejas. Pero al final me dejaban entrar.

Aparte de los comentarios, ¿de qué manera sienten que se les vulneran sus derechos como pareja en Colombia?

Verónica: Ana cotiza en la misma seguridad social que yo para cubrir a los niños, porque yo no puedo por bobadas legales. Que monseñor me diga homosexual, no me importa. Lo que me indigna es que por su culpa discriminan a los niños, les quitan derechos.

¿Cuáles son esos derechos que les están negando a sus hijos?

Verónica: Yo me muero y mis hijos no heredan. Ana se queda sin trabajo y yo no puedo cuidar a los niños con mi seguridad social. Por ser docente de la universidad pública más grande de este país, mis hijos tendrían derecho a estudiar allí con descuentos especiales, pero resulta que no, porque para la ley no son mis hijos. Y yo les limpio el vómito por la noche y los cuido cuando Ana viaja. ¡Eso me tiene con rabia!

Ustedes querían explicarle a la Corte por qué piden la adopción de la niña. ¿Cómo les fue?

Ana: El lunes pedí cita y me dijeron con descaro que monseñor Córdoba no fue por allá, que sólo hizo una visita informal. Si él fue oído por los magistrados, tenemos derecho a que nos oigan también.

Pero él estuvo allá el 24 de abril...

Ana: Claro. Hay fotos. Está documentado en el blog de Mauricio Albarracín. Aparece monseñor con los tres magistrados conservadores. Por eso le dije a la secretaria del presidente de la Corte que, si eso fue una cita informal, quería una.

¿Y aceptó?

Ana: Aún espero respuesta.

Su caso ha tenido resonancia en los medios. ¿A qué se debe esto?

Como la tutela original era de Rionegro, Antioquia, muchos pensaron que éramos un par de montañeras. Nadie imaginó que en este caso había personas formadas reclamando un derecho. Ni que teníamos ayuda profesional de Colombia Diversa, Dejusticia y el abogado Germán Rincón.

Ustedes inicialmente no habían pensado en la adopción...

Pensábamos vivir en EE.UU., que Ana entregara la patria potestad de la niña y cinco minutos después la adoptábamos, pero descubrimos que —además de la adopción común— existía la figura de la adopción consentida y nos pareció perfecta. Entonces acudimos al ICBF para tramitarla.

¿Cómo iban a incluir a Verónica como la otra madre de la menor?

Fuimos a la regional Rionegro porque vivíamos en Guarne (Antioquia). La trabajadora social se interesó por el caso, pero no dependía de ella. A los 15 días nos contestaron —en una carta sin radicado ni fecha—, que a pesar de que la Corte garantizaba los derechos, no concederían la adopción porque nuestra unión marital llevaba sólo 11 meses de declarada.

¿Y no se supone que una unión marital se considera declarada cuando lleva dos años?

Exacto. Además, nosotras llevábamos tres años juntas. También dijeron que no éramos familia, de acuerdo con el artículo 42 de la Constitución.

¿Fue ahí cuando desistieron de tramitar su demanda en el ICBF?

Decidimos no perder tiempo con Bienestar Familiar, contactamos a Germán Rincón y Colombia Diversa y pusimos la tutela, pero no pidiendo adopción, sino defendiendo los derechos de la niña, violados al no dejarla tener apellidos, ni heredar, ni gozar de sus derechos patrimoniales.

¿Qué pasó con la tutela?

El fallo de primera instancia fue apelado por el ICBF ante el Tribunal Superior de Antioquia, que volvió a fallar a favor de nosotras y pidió a Bienestar Familiar verificar cómo estaba la niña.

¿Y qué dice el informe del ICBF?

Nada, porque no existe informe. El ICBF no conoce a la niña, pero nos niega los derechos argumentando que está preocupado por ella. Van dos años desde que recibió esa orden de verificar.

Y la niña ya tiene un hermano.

Verónica: Mientras tanto nos pasamos a vivir a Medellín y ya tenemos otro hijo. La niña tiene cuatro años y él dos. Nuestra vida funciona igual, pero si a la niña le pasa algo en el colegio, si se enferma o tiene que ir al médico, comienzan los problemas.

Ana: Nosotras no nos escondemos, vamos juntas a las citas del colegio, del médico, para que nos conozcan a las dos como las mamás. Así evitamos que algún idiota nos venga a poner problemas.

¿Y cómo fue el trámite para esa segunda inseminación ?

Ana: Lo hicimos en Colombia, con donante anónimo, en un banco de semen de Medellín.

¿Y les pusieron alguna traba para acceder a la inseminación?

Ana: No. Hicimos el trámite como cualquier colombiano. Pero el Estado me está obligando a ser mamá soltera. Me está diciendo con quién debo criar mis hijos, y eso me parece una intromisión. Una discriminación como tantas otras por las cuales no he visto a la Iglesia ofrecer excusas. Muchos años discriminaron a los negros, a la mujer, no nos dejaron estudiar o ir a la universidad, hasta dijeron que el matrimonio civil acabaría con la familia colombiana. Es que tienen memoria selectiva.

Bueno, la academia del país certificó que los homosexuales pueden tener hijos.

Verónica: No sólo la de acá. Los centros académicos de EE.UU. dicen que no hay problema en que los homosexuales tengan hijos. Es más, son niños más tolerantes y respetuosos de la diferencia. Que me digan cuántos hijos son disfuncionales porque los papás son homosexuales.

Ana: Es como si alguien dijera que los conservadores no pueden adoptar porque son conservadores; o los judíos, por ser judíos. Monseñor no tiene por qué imponernos su moralidad.

‘Nos dejan tener pareja, pero no piensan que queremos hijos’

¿Cuál es la mayor discriminación que han sufrido en Colombia?

Ana: El Estado con sus leyes, la Iglesia con sus comentarios. Y foristas de internet ultrarreligiosos o ultraignorantes. Odio que me toleren. Si me toleran, no me respetan.

¿Qué se les pasa por la cabeza cuando debido a su orientación sexual les dicen que no son ‘normales’?

Ana: Somos poco convencionales, pero totalmente normales. Y si monseñor habla tanto de la familia y de ser normal, le recuerdo que ser célibe no lo es.

No es el caso, pero, ¿Verónica podría adoptar un hijo si se postulara sola?

Verónica: Cumplo todos los requisitos: tengo más de 25 años, soy mayor que la niña por más de 15, tengo trabajo estable, sin antecedentes penales... no estoy loca.

¿Y andan con documento de unión marital en el bolso?

Verónica: Mire, al niño le resultó un trauma en un testículo. Ana estaba de viaje y lo llevé al pediatra. Le aclaré que yo era la esposa de la mamá, no hubo problema y lo operaron. Pero para entrar a la Embajada de EE.UU., a tramitar la visa de los niños, no bastó con decir que somos pareja.

El problema es que no hay legislación.

Ana: Es que el Estado es miope. La Corte nos deja tener pareja, pero no considera que a lo mejor esa pareja quiera tener hijos.

‘Que yo me case con otra mujer no le hace daño a nadie’

¿Hasta qué punto cree que los comentarios de la Iglesia vayan a influir en la decisión de la Corte Constitucional frente al interés de ustedes de que se las reconozca como familia?

Verónica: Los comentarios de monseñor están indignando a la opinión pública y terminan oponiéndose a la idea de que una pareja homosexual pueda criar un par de niños que, en el caso nuestro, están completamente adaptados. Les puede preguntar a las mamás de los compañeros del colegio. Todas nos consideran otra pareja de mamás. Es más, viven muertas de la envidia porque nosotras somos más solidarias en la crianza compartida.

¿Por qué será el rechazo de algunos a la idea de que en el país dos mujeres puedan ser pareja?

Ana: No lo sé. ¿Le estamos dañando el matrimonio a otra persona por casarnos con una mujer? Hay temas que sí les dañan sus matrimonios y de esos no hablan: la pobreza, la calidad de la educación o la falta de acceso a los anticonceptivos (en parte culpa de la Iglesia). Que yo me case con otra mujer, que yo quiera a otra mujer, que decida convivir con ella, es algo que no daña a nadie.

 

 

Aclaración necesaria

Por Marcela Sánchez, vocera de Colombia Diversa

En este caso, la mamá biológica ha dado su consentimiento para que su compañera pueda adoptar a su hija,  tal como lo permite la legislación colombiana en la figura de adopción consentida.  Al tener la madre todos los derechos y deberes con su hija, es su compañera únicamente, quien debe solicitar la adopción, para poder tener los mismos derechos y deberes sobre la niña. Esta a su vez quedará con protección plena en caso de que su madre biológica llegara a faltar.
 
Para el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, en ningún caso de adopción individual, la orientación sexual es un criterio determinante para negar la adopción. Esto quedó demostrado en el caso del ciudadano norteamericano Chandler Burr, a quien el mismo ICBF tuvo que restablecer la custodia plena de sus hijos adoptivos, luego de habérsela suspendido injustamente solamente por el hecho de ser gay. Demostrando en un caso concreto que las diferencias de trato basadas en la orientación sexual están prohibidas.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos, recientemente condenó al Estado de Chile por discriminar a una mamá lesbiana al quitarle la custodia de sus hijas, únicamente por ser lesbiana. Esta Corte  afirmó que “Un derecho que le está reconocido a las personas no puede ser negado o restringido a nadie y bajo ninguna circunstancia con base en su orientación sexual”.