“Mucho gusto, yo soy el que se robó su carro”

Pareciera que en lugares como el Complejo Judicial de Paloquemao en Bogotá jugaran al Día de Inocentes durante varios meses al año.

En lugares como el Complejo Judicial de Paloquemao en Bogotá da la sensación de que juegan al Día de Inocentes durante varios meses al año, por cuenta de los paros que dejan a muchos niños sin mesada y a pacientes sin medicina,  o por las estrategias  dilatorias de algunos abogados que suelen valerse de ese recurso para alargar y alargar los procesos con el fin de que los tiempos expiren o para que las víctimas se agoten. Por culpa de situaciones como esas, se prolonga la incertidumbre de inocentes y culpables.

Pero en un día normal, el alboroto allí es rutinario. Desde temprano, al tiempo con la llegada de los funcionarios, los periodistas persiguen la voz de jueces, fiscales y abogados de renombre a cargo de esas historias que se volvieron de primera plana. Cuando entran a cuadro Abelardo de la Espriella, Mario Iguarán, Luis Arturo Jiménez o los Jaimes Lombana, Granados y Bernal Cuellar, los micrófonos se encienden.

El lugar es como un centro de acopio donde se acumulan cientos y cientos de robustos cartapacios y se desarrollan, definen y archivan esos expedientes polémicos, álgidos y mediáticos del país. El  caso Fidupetrol, los robos de Interbolsa y Agro Ingreso Seguro o el eterno  carrusel de la  contratación son comidilla cotidiana en el mundo de la información; de ahí que a diario estén acuciosos reporteros tras los pasos de quienes intervienen en los procesos que concitan el interés general.

Excepto los días de vacancia o las jornadas de paro promovidas por Asonal Judicial, la actividad allí no se detiene. Con frecuencia los pasillos de las salas, como en las grandes producciones policiacas, se vuelven hervideros saturados de cámaras y grabadoras y destellos de luces y flashes; más, si el asunto tiene que ver con el caso Colmenares —otro año en el limbo—, algún borracho asesino, el Monstruo del Batán o el Demonio de Equus 66, versiones nuevas y en estrato superior del mítico Johnny el Leproso, un bandido condenado en los tiempos cuando no existía la inmediatez azarosa de las redes sociales y los medios virtuales.

Ciertamente, desde ya se advierten los tropeles de 2017, cuando inicien las comparecencias a los estrados del confeso violador y asesino Rafael Uribe Noguera y, posiblemente, su defensa pretenda eternizar el proceso recurriendo a  toda suerte de sofismas para morigerar la sentencia o buscar la inimputabilidad. En esas jornadas no habrá solamente una ringlera de periodistas detrás de la noticia, sino un agolpamiento de indignados reclamando justicia.

Si el tema es de titular de prensa, nada contrario aparta la atención, salvo el paso del curtido juez 29, aquel barbudo con aspecto de San Pedro que seguro en más de una ocasión habrá causado el delirio de los reos, como si en telequinesis los llevara al escenario de la justicia divina. O salvo el paso de la despampanante juez 49, un lempo de mujer, caribe ella, que llega a la sala de audiencias con la elegancia de una reina de belleza, pero que vierte en el estrado la severidad de una togada imperturbable.

Seguro sabe que detiene el tráfico y que en las horas del mediodía, a las afueras del edificio, los tramitadores que merodean la zona detienen su vocinglería, y hasta José Orlando Rincón, veterano lotero de corbata con capul, se embelesan con su paso flotante. Todo queda en suspenso, el mundo se puede caer y nadie se da por enterado. A las dos de la tarde, cuando se supera el letargo por la modorra posterior al almuerzo y porque la mujer se inmersa en los expedientes, todo vuelve a su cauce normal.

Pero contrario a las pasiones y sensaciones que despiertan enjuiciados famosos, abogados de renombre, fiscales vehementes o la juez susodicha, en Paloquemao nadie se inmuta cuando el presidiario no es célebre o tristemente célebre, su delito o su culpa son menores, o su defensor no es de laureles. Esos penados, tal vez con historias más fuertes, son los que proliferan, pero también los que no distraen y pasan desapercibidos con las manos esposadas y la escolta celosa de los guardias del Inpec.

Mirando a esos caídos en el infortunio recordaba a uno que conocí hace algunos años, cuando no por razones  periodísticas, acudí al mismo lugar. Eutimio se llamaba, como el personaje creado por el ya inmortal Pepe Sánchez, quien, varios lustros atrás, en escenas del céntrico barrio La Concordia retrataba con humor las discordias cotidianas de este país donde a fuerza de un hecho tras otro la realidad supera la ficción. Fue en los tiempos en que me hurtaron un carro rojo en el frente de mi casa, un Renault 18, marca muy demandada por jaladores y reducidores de autopartes.

En el vehículo conté con pasajeros ilustres: Iván Zuleta, Félix Carrillo y Jaime Araujo Cuello por la época de los enredos judiciales de Diomedes Díaz por la muerte de Doris Adriana Niño. Tuve de copiloto a Valentina R, talentosa y reconocida actriz, el día que debí evadirme de unos pilluelos energúmenos que solían buscarme en el periódico donde trabajaba porque no les había caído en gracia que en las páginas se divulgara su prontuario.

El carro aquel es de las cosas con las que uno puede encariñarse porque se vuelven parte de la vida, como personajes de nuestra propia historia, pues sucedieron en su interior tantos episodios  buenos, malos, riesgosos y emocionantes, como kilómetros recorridos. En él me creí Ayrton Senna, fui feliz y aventurero; pero también triste, la noche en que quedaron los estertores de mi padre y rompí los límites buscando una central de urgencias.

Era tan inmenso el ángel que andaba conmigo en el Renault 18 rojo, que tres horas después de que me lo robaran, sucedió algo imposible, sobre todo en una urbe inmensa y laberíntica como Bogotá: dos policías lo encontraron en las goteras del suroriente sorprendiendo al presunto ladrón cambiándole las placas originales por unas falsas. Aunque me avisaron inmediatamente, el carro quedó en poder de la Fiscalía porque debía ser objeto de una serie de inspecciones legales antes de que me lo devolvieran.

Un día de esas diligencias posteriores  a las que fui citado,  en el umbral del juzgado correspondiente un joven espíritu de la golosina -era Eutimio- se me acercó y me dijo: "Disculpe, ¿es usted la persona que puso la denuncia por el robo de un Renault 18?". Sorprendido le respondí que sí, que era yo.

Pero mi sorpresa fue mayor cuando escuché una respuesta que todavía me pregunto si es fruto del cinismo, la ingenuidad o del arrepentimiento. Un acto que no es propiamente una inocentada y que hoy la sociedad  esperaría de tantos enjuiciados y sospechosos, famosos o de poca monta, con tal de que la justicia llegara tan pronto como se llenan de escándalos judiciales las primeras páginas. Eutimio me contestó: "Mucho gusto, yo soy el que se lo robó":