Natalia Ponce de León: A través del espejo

Su nombre hoy no sólo es una ley que otorga penas más severas contra quienes atenten contra las mujeres, sino que desde su fundación apoya a quienes fueron víctimas de ataques con ácido.

La Fundación que lleva su nombre se propone “defender, promover y proteger los derechos humanos de las víctimas de ataques con químicos”. / Camilo Ponce de León

Había días en los que Natalia Ponce de León quería morirse. Con vendas que le cubrían el cuerpo minado por heridas lacerantes, con la morfina surcando sus venas, con los párpados inmóviles, con la luz quemándole los ojos, con el espanto y el desasosiego de no poder mitigar la urgencia de sus propias preguntas: ¿Dónde estoy? ¿Qué me está pasado? ¿Por qué a mí?

A veces quería creer que todo se arreglaría. Que despertaría una mañana y abandonaría el hospital para recuperar el pulso de su vida, tal y como era antes del jueves 27 de marzo de 2014, cuando Jonathan Vega volcó sobre ella un litro de ácido sulfúrico y toda la carga enfermiza de su obsesión. Natalia Ponce de León era, y sigue siendo, una amante confesa de la música, de los viajes, del vino, de los placeres de la risa y de la vida que transcurren en los espacios abiertos. Tres días después de que sufriera uno de los ataques con ácido más salvajes que se recuerdan en Colombia, el agente químico que había quemado una tercera parte de su cuerpo seguía carcomiendo su piel con la voracidad de una plaga. No se trataba de un mal sueño: Natalia Ponce de León tendría que sobrevivir a más de una veintena de cirugías y a un mes y tres semanas de duelos intermitentes con la muerte.

A veces quería zambullirse en un sueño profundo. En el hospital Simón Bolívar de Bogotá no abundan los espejos. Los objetos reflectantes son un peligro que puede provocar la desesperación de los pacientes que han sufrido quemaduras graves. Cincuenta días después de su ingreso, el jueves 15 de mayo de 2014, Natalia Ponce de León –profesional en medios audiovisuales, que entonces tenía 33 años y que nació en Bogotá– fue conducida hasta la séptima planta del hospital. Allí, en una habitación angosta, por primera vez desde el ataque, tuvo su primer encuentro con la otra Natalia: la nueva versión de sí misma que la miraba a través de un espejo. El renacimiento de Natalia Ponce de León –el libro escrito por la periodista Martha Elvira Soto– narra sus primeras impresiones: “Mi cara estaba desfigurada, morada y roja en algunos sectores. Solamente dije: ‘Ma, estoy como un monstruo’, y me eché a llorar. Quería que todo el mundo saliera de inmediato y que alguien me durmiera”.

El doctor Jorge Luis Gaviria –su cirujano– le pidió que escribiera una carta explicando cómo había sido su período de internamiento en el Simón Bolívar, el hospital que, según sus propias palabras, le salvó la vida y se convirtió en su segundo hogar. Natalia Ponce de León aceptó la petición. Escribió la carta y aprovechó la oportunidad para dar cuenta de las carencias del centro médico. Destacó que durante el tiempo que estuvo ingresada fue testigo de la falta de medicamentos, alimentos, agua, sábanas, pañales y otros productos de higiene. Siendo consciente de que algunos aspectos de su situación podían situarla en una posición privilegiada, se preguntaba a menudo: “¿Cómo hacen las demás personas que no tienen dinero en su bolsillo o un medio de transporte para poder solucionar un tema así, a altas horas de la noche?”.

Colombia es uno de los países con el mayor número de ataques con ácido del mundo. Según datos del Instituto Nacional de Medicina Legal, 926 personas fueron víctimas de ataques con agentes químicos durante el período de 2004 a 2014. La repercusión mediática alcanzada por el caso de Natalia Ponce de León propició que la opinión pública y las autoridades pusieran el foco de atención en un delito con alarmantes índices de impunidad. Una característica destacable de los ataques con ácido es la discriminación de género. La mayoría de las víctimas, las que han recibido las lesiones más severas, han sido mujeres.

Natalia Ponce de León hizo acopio de una fortaleza que ni siquiera ella sabía que tenía. Poco a poco se convirtió en voz y símbolo de una tragedia que durante mucho tiempo estuvo rodeada por un cerco de silencio. “Es la primera vez que me paro acá –explicó ante la Cámara de Representantes en junio de 2015–. Los ataques con ácido destruyen a una persona totalmente en su estado físico, mental y emocional. Hay mujeres que han llegado a suicidarse. Sólo les pido que esta ley salga adelante”. Casi seis meses después de que pronunciara estas palabras, el 25 de noviembre, el Congreso colombiano aprobó una ley que lleva su nombre y que castiga con mayor severidad los ataques con agentes químicos que antes eran considerados “lesiones personales”. Cuando la noticia llegó a oídos de Natalia Ponce de León, decidió que había llegado el momento de dar la cara: quería presentarse ante el mundo sin las máscaras médicas que exige su tratamiento.

Un pequeño espejo de aumento que le regaló su tía Marinita la acompaña en su proceso de reconocerse y de descubrir que la agresión que sufrió no pudo borrar algunos rasgos característicos de su rostro: sus ojos rasgados, sus cejas gruesas y la expresión de su cara cuando sonríe. Desde abril de 2015 dedica la mayor parte de su tiempo a una fundación que lleva su nombre. La Fundación Natalia Ponce de León se propone “defender, promover y proteger los derechos humanos de las personas víctimas de ataques con químicos”.

Natalia Ponce de León quiere convertirse en conferencista. Quiere compartir su historia y su mensaje con personas de diferentes lugares del mundo. Quiere formar una familia. Quiere ser madre. Quiere mantenerse firme en su propósito de ayudar a mucha gente. Algún día, Natalia Ponce de León quiere plantarse ante el hombre que la atacó, hacerle saber que en su corazón no hay un ápice de rencor hacia él. Quiere decirle, mirándolo fijamente a los ojos: “¡Aquí está Natalia Ponce de León Gutiérrez de Piñeres, viva. Míreme!”.

*Columnista de El Espectador