Pareja gay a la Corte Interamericana

En 2009, Ana Léiderman y Verónica Botero interpusieron una tutela para que esta última tenga derechos legales sobre los hijos biológicos de Ana, que crían y educan juntas.

Ana Léiderman y Verónica Botero, quienes llevan una década conviviendo juntas, cargan a su hija de siete años y a su hijo de cuatro.

Raquel cumple siete años y Ari cuatro. Ha pasado el tiempo y el caso de Verónica Botero y Ana Léiderman sigue engavetado en la Corte Constitucional y ni siquiera lo discuten.

Esta pareja de mujeres interpuso una tutela en el año 2009 porque, a pesar de que Ana es la madre biológica de los niños, el Estado colombiano no ha dejado que Verónica tenga derechos legales sobre los hijos que crían y educan juntas.

Como el tema según ellas “está en un punto muerto, ni para adelante ni para atrás”, porque la Corte no decide nada y le da largas y largas al tema, es causal para decir que en Colombia se agotaron las instancias y que ahora van a enfilar baterías para llevar el caso a la Corte Interamericana. Allá hay un grupo LGBTI y además una comisión especial para evacuar casos en los que se involucren niños.

Y es que en Colombia no sólo llenan los requisitos de cualquier adoptante —mayoría de edad, exámenes psicológicos, exámenes para comprobar que no tengan enfermedades de transmisión sexual (a los niños también. Tuberculosis, serología, venérea…), registros médicos y de nutricionistas de los niños, no tener antecedentes penales y haber registrado la unión de hecho hace más de dos años—. Ellas llevan conviviendo casi 10 años, Raquel va a cumplir siete y ellas se casaron en Alemania antes de que naciera su hija mayor.

Viven una vida normal, aparte del hecho de que son una pareja de dos mujeres. Las dos trabajan, Ana Elisa es ingeniera textil y trabaja desde la casa y Verónica es la decana de la Facultad de Medio Ambiente de la Universidad Nacional. Se conocieron desde el colegio, cuando tenían nueve años, y son amigas desde entonces. Cuando se graduaron cada una cogió su camino, pero siempre estuvieron en contacto. Ana se fue a Estados Unidos y Verónica estudiaba un doctorado en geoinformática en Holanda cuando decidieron, en unas vacaciones, viajar por Europa juntas y la amistad se convirtió en algo mucho más serio. Tanto que Ana pidió a sus jefes en Adidas en Estados Unidos que la trasladaran y terminó en Alemania, lo más cerca que logró de Holanda para ver a Verónica. Allá se casaron en una notaría y decidieron al poco tiempo que querían tener hijos.

Ana se sometió a varias inseminaciones y fue en la cuarta que quedó embarazada. Nació Raquel.

Regresaron a Colombia y empezó su empeño porque Verónica tuviera legalizados sus derechos y también sus deberes con su hija. Un proceso tan tortuoso que hoy, cuando la niña va a cumplir siete años y Ari, el niño menor, cuatro, la Corte no ha dicho “ni mu”.

Son una familia normal y corriente. Solo que son dos mamás que en medio del buen humor se atreven a decir lo difícil que será para los pretendientes de los niños tener dos suegras. Dos mujeres preparadas e inteligentes que conforman una familia muy particular.

Si ganan la pelea, el caso sentaría un importante precedente en todo el continente en materia de derechos humanos de la población LGBTI. Si pierden en Colombia, seguirán su vida normal y corriente, pero seguirán en la lucha, esta vez ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

 

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