Domingo, 15 de agosto de 1999

A pesar del miedo: Héctor Abad Faciolince tras el crimen de Jaime Garzón

El 15 de agosto de 1999, dos días después del asesinato del periodista, Héctor Abad Faciolince escribía estas palabras en las páginas de El Espectador.

Este artículo fue escrito dos días después de su muerte.Archivo El Espectador.
 
 

LOS ASESINOS, TAL como yo me los figuro, son personas que no se ríen, o que, si mucho se ríen del dolor ajeno, o se ríen del miedo en que vivimos los desarmados, o se ríen de la perplejidad y la impotencia en que nos deja siempre la sangre que ellos derraman. Los asesinos sólo se ríen de lo que no da risa, se ríen de su propia brutalidad. Los asesinos tiran la piedra (tiran el tiro) y esconden la mano; son cobardes, no tienen ni siquiera la valentía de asumir sus crímenes, y se les eriza el espinazo con un furor de bestias ante el abismo de su propia infamia. No se arrepienten (son despiadados y no conocen la compasión) se estremecen de gusto al ver cómo nos sumimos en el estupor y en el desconsuelo. De eso se ríen, de nuestro miedo, y con eso gozan, con nuestro espanto. Se ríen porque otra vez consiguieron destrozar un pedazo de nuestra frágil felicidad, para hundirnos más hondo en la depresión y en el desconcierto.

Ya estamos avisados, a los asesinos no les gusta la risa; ya lo sabemos, los asesinos odian la ironía; quedamos advertidos, los asesinos no admiten la irreverencia. Ellos tienen las armas para aterrorizar y a nosotros nos dejan el terror. A la carcajada de la alegría que intenta sobreponerse al miedo, ellos responden con la desoladora carcajada de las metralletas. A nuestro intento de hablar y denunciar, ellos responden con la violencia que hace callar, que nos obliga a la sumisión y al silencio.

No aguantaron la agilidad mental y la gracia de Jaime Garzón; odiaron su ingenio; no soportaron que quisiera meterse entre los bandos de la guerra para intentar acercarlos a caminos más razonables. Las únicas razones que los asesinos comprenden son las de la fuerza, y su poder de convicción reside en infundir miedo, en provocar terror. El terror tiene su luciferina y escondida eficacia: nos clava a los no violentos en el desasosiego. Sí, son eficientes los terroristas, y les tenemos miedo porque a nosotros no nos gusta la muerte (como a ellos) ni nos queremos morir. Como los asesinos no aman la risa ni la alegría ni la vida, entonces reparten muerte.

Pero lo que ellos, los asesinos, no pueden calcular es la capacidad de resistencia que va creciendo en nosotros cuando una tristeza cae sobre otra tristeza, y cuando los crímenes se superponen en una larga lista. Estos dolores nos van dando, a los inermes como una coraza de amargura, una especie de resignado desprendimiento que nos permite mostrar el pecho, serenos, como un blanco: vengan, aquí también estamos nosotros, los que queremos reírnos, los que no los soportamos a ustedes y solamente los podemos combatir con nuestras palabras y nuestro desprecio. Vengan, asesinos, hagan lo mismo, una y otra vez. Pero mucho que nos maten, eso sí, sépanlo, como la sed de alegría es más terca que la sed de muerte, por muchos más muertos que siembren, detrás habrá otros pacíficos, otros risueños, otros inconformes, que se levantarán y seguirán gritando que estamos contra ustedes, asesinos, siempre contra ustedes, aunque solo sea con la fragilidad de las palabras; contra ustedes, asesinos, por mucho que nos sigan matando, siempre contra ustedes y a pesar del miedo, así sea con el último hilo de nuestra risa y de nuestra voz, contra ustedes hasta el instante que nos quiebren la garganta y otras gargantas se abran para gritar nuevamente contra ustedes.

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HECTOR ABAD FACIOLINCE

Judicial

A pesar del miedo: Héctor Abad Faciolince tras el crimen de Jaime Garzón

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